Enamorando a los principitos de China

Los “principitos” de China -los hijos de los altos funcionarios chinos que se benefician de privilegios dadivosos en educación, empleo y negocios- están bajo la lupa como nunca antes. Bo Xilai, el hijo de uno de los camaradas de Mao y un supuesto “inmortal” de la revolución, recientemente fue sentenciado a prisión perpetua después de su procesamiento por cargos de corrupción y abuso de poder.

Fuera de China, los principitos también están sintiendo el calor. No hace mucho tiempo, la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos anunció que estaba investigando la contratación de principitos por parte de JPMorgan Chase en Hong Kong, quienes aparentemente hacían acuerdos lucrativos de reaseguro para el banco.

Mientras que los escándalos recientes han puesto a los principitos de China bajo el foco riguroso de los medios, estos se han convertido en mercancías codiciadas para las compañías occidentales que buscan capitalizar sus guangxi (conexiones) para cerrar transacciones multimillonarias. La lista de instituciones financieras que se han involucrado en este tipo de prácticas de contratación parece un quién es quién en la banca de inversión.

Por supuesto, es prematuro concluir que JPMorgan violó la Ley de Prácticas Corruptas en el Extranjero de Estados Unidos al emplear a hijos de funcionarios chinos que supervisaban compañías que contrataban al banco para reasegurar sus ofertas de acciones. Sin embargo, el caso subraya una tendencia mayor: la seducción de los principitos de China par parte de instituciones educativas y empresas occidentales prestigiosas con el fin de promover sus intereses parroquiales en el floreciente mercado chino.

La carrera improcedente para contratar a los principitos comienza en las facultades y universidades líderes del mundo. Como China no tiene universidades que compitan con la “Ivy League” de Estados Unidos, o con Oxford y Cambridge, los altos funcionarios chinos prefieren enviar a sus hijos a estas instituciones.

Dada la opacidad en torno de la admisión a estas instituciones sumamente selectivas (donde la tasa de aceptación normalmente gira alrededor de un bajísimo 8%), resulta imposible decir si los principitos ingresan por mérito propio o por su entorno familiar. Pero vale la pena mencionar que no hay principitos en los programas doctorales más prestigiosos, donde los profesores, no los administradores, toman decisiones respecto de la admisión. Asimismo, en MIT y Caltech, donde sólo sobreviven los verdaderamente talentosos, los principitos escasean.

De hecho, la cantidad de principitos, entre ellos los hijos de altos líderes chinos, que hoy concurren a las universidades de la Ivy League claramente señala la importancia de los vínculos familiares. La hija del presidente Xi Jinping, por ejemplo, estudia en Harvard bajo un nombre falso, mientras que el hijo de Bo Xilai ha sido alumno de Oxford y de la Escuela de Gobierno Kennedy de Harvard, y hoy está estudiando en la Facultad de Derecho de Columbia.

En otras palabras, las facultades y universidades occidentales, al haber identificado a China como un mercado importante para recaudar fondos y construir redes de alto nivel, consideran que los principitos son tan valiosos como una inversión muy rentable. Generar lazos con la elite política de China es un buen negocio, y los principitos pueden ayudar a abrir puertas.

Pero el trato preferencial para los principitos en las universidades (y las escuelas de negocios) de elite tiene costos sociales reales, porque la admisión a estas instituciones es una suma cero. Un lugar asignado a un principito menos calificado es un lugar que se le niega a un candidato con mejores calificaciones.

Peor aún, esta injusticia tiende a autoperpetuarse. Los bancos de inversión y las multinacionales occidentales pueden usar las credenciales académicas de elite de los principitos para justificar su contratación, aún si la verdadera razón es la esperanza de que colocar a un principito en la nómina de empleados le dará a la compañía un generador de negocios en China.

Los defensores de esta práctica insisten en que los principitos son bien educados y altamente calificados. Sin duda, algunos lo son; pero muchos no. Los apologistas también sostienen que el nepotismo es universal, y citan ejemplos de hijos de políticos y líderes empresarios norteamericanos que se han graduado de universidades de la Ivy League y se aseguraron empleos codiciados en el sector privado.

Pero contratar a principitos chinos no es el equivalente moral del nepotismo al estilo norteamericano. Los contextos políticos y sociales en los que ocurren las dos prácticas son completamente diferentes. En Estados Unidos, el nepotismo es difícil de ocultar, y el escrutinio público ayuda a escudriñar sus manifestaciones más evidentes. El proceso democrático, particularmente el papel que desempeña una prensa libre, limita la búsqueda de rentas de los hijos de los funcionarios del gobierno.

En China, en cambio, la corrupción generalizada, la falta de una prensa libre y el capitalismo de Estado implican que la conducta de los principitos no tenga restricciones -y normalmente esté cubierta por un manto de secreto-. Los censores chinos metódicamente eliminan de la cobertura de noticias los quehaceres empresariales de los principitos. Más importante aún, como parte de su estrategia para la supervivencia del régimen, el Partido Comunista chino favorece el nombramiento de los principitos para cargos en el gobierno y en empresas de propiedad del Estado.

Ahora bien, luego de la caída en desgracia de Bo y a la luz de la controversia por la contratación de principitos chinos por parte de JPMorgan, los líderes académicos y empresarios occidentales deben formularse una pregunta difícil: ¿quieren ser cómplices de ayudar al Partido a perpetuar su régimen hereditario?

Minxin Pei is Professor of Government at Claremont McKenna College and a non-resident senior fellow at the German Marshall Fund of the United States.

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