Encadenados al terror

No sabemos si son miles o decenas de miles los habitantes de Europa susceptibles de radicalizarse hasta convertirse en asesinos, pero aunque los dispuestos a inmolarse para esparcir el terror no pasaran de unos cuantos cientos, la conclusión es tan desagradable como obvia: debemos vivir encadenados al terror. No al miedo, si lo podemos evitar, y debemos hacer lo posible para evitarlo, pero sí el terrorismo. Por desgracia, los hechos de Barcelona y de Cambrils no serán los últimos, sino un eslabón, el más doloroso porque nos ha golpeado más de cerca, de una larga cadena, la que comenzó en Niza y prosiguió por otras capitales europeas.

La capacidad de matar de los lobos solitarios, que en nuestro país han introducido la variante de atacar en cuadrilla, supera con creces la de las fuerzas policiales y de inteligencia para seguir todos los pasos de los miles y miles de sospechosos. Debe suponerse que el control, legal o no, de las comunicaciones, dificulta en gran medida la formación de células capaces de organizar atentados a gran escala, pero los lobos pasan por el tamiz más fino. Por lo tanto, los ciudadanos expuestos, que somos todos, incluso los correligionarios de los terroristas, no tenemos más remedio que vivir con la posibilidad de convertirnos en víctimas del fanatismo asesino. Nadie lo habría dicho hace poco, pero es así. Y a juzgar por la secuencia de los últimos meses, no va para corto.

Por mucho que duela, y aunque antes de reconocerlo sea importante destacar del islam que se trata de una religión fundamentalmente tolerante, es imprescindible recordar lo que siempre han dicho los estudiosos del terrorismo: sin humus social no hay terroristas, del mismo modo que sin agua no hay peces. ETA se acabó, aunque más que por la persecución policial, tan difícil de esquivar en la era del espionaje tecnológico, por el final del aplauso de los centenares de miles de vascos que habían votado sin inmutarse a favor de los terroristas, a los que consideraban ‘gudaris’ de la patria vasca.

Con esta experiencia a la vista, es imprescindible que dentro de las propias comunidades musulmanas se extienda, no solo el rechazo sino la fuerza del rechazo, la intolerancia hacia cualquier forma de radicalismo en la interpretación del Corán. En paralelo, la idea de que, al menos en el interior de Europa, el espacio más felizmente plural del mundo, no hay guerra de religiones ni de civilizaciones sino canales para resolver las tensiones de forma pacífica y democrática. Aunque cueste decirlo, haríamos muy mal si dejáramos esta exigencia de condena interna a toda forma de radicalismo en manos de la extrema derecha antidemocrática.

Todavía es más difícil intentar ponerse en la piel ideológica y emocional del asesino dispuesto a inmolarse, porque el grado de fanatización es extremo, pero también hay que intentarlo, porque compartimos la condición humana con estas bestias. Si el precedente más antiguo, y el más aplaudido, es el de Sansón, el héroe bíblico que se inmoló a cambio de causar una matanza en masa entre los enemigos filisteos, el más cercano son los ‘kamikazes’ en la segunda guerra mundial. Aquellos chicos estaban convencidos de participar en un sacrificio supremo, exigido por la hora grave de su país. El adoctrinamiento llegaba a los niveles de lavado de cerebro. La consideración de héroes, ensalzada y amplificada por todos los medios. Hay que insistir, sin humus social favorable son imposibles estas formas tan extremas de conductismo asesino.

Los europeos, con la única excepción de la extrema derecha, no nos podemos exigir ser aún más tolerantes, pero sí más inclusivos. En las sociedades multiculturales, es natural que los ciudadanos se agrupen por razones de etnia o religión. Por eso debe ponerse especial atención en la permeabilidad entre comunidades, contra el levantamiento de fronteras sociales. Por eso hay que mantener e incrementar las oportunidades de subir en el ascensor social, o crearlas en los países donde no han existido nunca, de manera singular en Francia.

Xavier Bru de Sala, escritor.

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