Encrucijada en la lucha contra el sida

La lucha contra el sida flaquea. Cumplimos treinta años de pandemia, y apenas diez de un esfuerzo global que, a pesar de lo mucho conseguido, parece estar agotándose. Esta semana, Naciones Unidas celebra una crucial cumbre en la que los países donantes, entre ellos España, deberán demostrar con hechos la medida real de su compromiso, y definir los objetivos, estrategias y fondos que se dedicarán en los próximos años a la lucha contra una enfermedad que mata a dos millones de personas al año. Más de 6,5 millones de pacientes reciben ya tratamiento antirretroviral. Casi nueve millones más lo necesitan con urgencia y la cifra seguirá creciendo, puesto que cada día se infectan otras 7.000 personas, 1.000 de ellas niños que nacen con VIH. Ban Ki-moon ha pedido el establecimiento de una meta global de tratamiento: 13 millones de personas para 2015. El borrador de Declaración ha subido la apuesta a 15 millones, pero la negociación sigue en marcha. La voluntad política, como la demostrada por los donantes tras la cumbre de 2001, es capaz de grandes logros. Hoy, la mitad de la cohorte mundial de pacientes está sostenida por uno de los frutos de aquel empuje, el Fondo Global para la Lucha contra el Sida. Cruciales han sido también la reducción de los precios y la simplificación de las terapias gracias a las dosis fijas combinadas, así como la implantación de estrategias para contextos de escasos recursos y sobrecargados sistemas sanitarios, tales como la integración de la atención al VIH y la tuberculosis, o la descentralización a pequeños puestos de salud rurales.

La organización comunitaria de los pacientes, libres ahora del tabú de una enfermedad que era condena de muerte, también ha permitido que el tratamiento llegue a más personas. Y por último, las nuevas directrices de la OMS para impulsar el tratamiento precoz y con mejores medicamentos acercarán los estándares clínicos de los países pobres a los de nuestros sistemas sanitarios. Sin embargo, la voluntad de los países donantes ha perdido fuelle: desde 2009, están estancando o reduciendo sus aportaciones a programas de lucha contra el sida, renqueando en el desembolso de las ya comprometidas al Fondo Global o congelando las futuras. Algunos países, entre ellos España, excusan ahora su falta de compromiso en el caso de malversación que el propio Fondo ha sacado a la luz y que afecta a un 0,3% de los 13.000 millones de dólares desembolsados por la institución desde su creación.

El caso de España resulta llamativo. No deja de ser sintomático del limitado interés que el Gobierno tiene por esta cumbre en la que la delegación está encabezada por el embajador ante el Fondo Global, precisamente la institución a la que España parece haber retirado su apoyo político y financiero. España había sido hasta 2010 uno de los países más implicados en la lucha contra el sida, pero ha recortado las contribuciones ya comprometidas, reduciéndolas casi a la mitad. Tampoco ha anunciado aún, como sí han hecho la mayoría de los donantes, sus aportaciones para el próximo trienio, rematando varios meses de silencio con el anuncio de que las congelará a la espera de que concluyan las investigaciones sobre el Fondo. Esta decisión condena a millones de personas que nada tienen que ver con estas investigaciones a ver suspendidos los tratamientos que les mantienen con vida. Llega además en mal momento, ya que el Fondo va corto de presupuesto. En su última Ronda de Reposición, en octubre, ni siquiera recaudó el mínimo necesario para mantener en funcionamiento sus programas actuales, mucho menos para ampliarlos. Los países afectados por la pandemia no pueden recorrer este camino en solitario. Los donantes deben apoyar explícitamente en Nueva York metas financieras y de cobertura global del tratamiento, y respaldar la implantación del tratamiento precoz: tal y como han demostrado las últimas investigaciones, tratar el sida no sólo mejora la salud del paciente, sino que reduce el riesgo de transmisión del virus de una persona a otra hasta en un 96%. Casi a cero. La comunidad internacional debe reafirmar sus compromisos porque, sin objetivos concretos ni fondos vinculados, la lucha perderá su rumbo.

José Antonio Bastos, presidente de Médicos sin Fronteras.

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