Encrucijada navarra

Por Santiago de Pablo, catedrático de Historia Contemporánea de la UPV-EHU (EL CORREO DIGITAL, 19/06/07):

Precisamente en un momento en que la cuestión de Navarra -pendiente de la decisión final del Partido Socialista sobre un posible pacto con Nafarroa Bai para desbancar a UPN del Gobierno foral- ha vuelto a ponerse en un primer plano, se cumplen hoy 75 años de la decisiva asamblea de ayuntamientos en la que Navarra resolvió, durante la II República, no integrarse en el Estatuto vasco. La decisión tomada por la mayoría de los ayuntamientos navarros el 19 de junio de 1932 tuvo una gran trascendencia histórica, pues, en contra de lo que hoy pueda pensarse, no siempre la relación entre la derecha navarra, el navarrismo y el vasquismo ha sido la misma a lo largo de la época contemporánea.

La proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931, era una oportunidad para solucionar la 'cuestión regional', que la monarquía había sido incapaz de resolver. Sin embargo, en el País Vasco, el PNV seguía siendo, a la altura de 1931, un partido católico tradicional, que, si por un lado recibió el cambio de régimen con la esperanza de ver aprobado un Estatuto vasco, por otro observaba con temor la previsible política anticlerical republicana. De ahí que en junio de 1931, el PNV, la Comunión Tradicionalista carlista y el resto de la derecha católica vasco-navarra se aliaran en torno al proyecto de Estatuto de Estella, inadmisible para la izquierda, al reservar para el futuro 'Estado Vasco' (formado por las cuatro provincias) las competencias en materia religiosa. De hecho, muchos carlistas apoyaron el proyecto de Estella no tanto por el autogobierno que concedía a Euskadi sino porque podía servir de freno a la política laicista de la República. Fracasado el Estatuto de Estella, al ser incompatible con la Constitución de diciembre de 1931, el Gobierno republicano-socialista puso en marcha un nuevo proceso autonómico vasco-navarro, ajustado a la legalidad constitucional. En enero de 1932, asambleas provinciales de ayuntamientos debían decidir si cada territorio quería un Estatuto provincial o único para Álava, Guipúzcoa, Vizcaya y Navarra. En las tres provincias vascas el voto a favor del Estatuto único fue casi unánime, pero en Navarra la opinión contraria comenzó a hacerse sentir (160 municipios a favor frente a 57 en contra).

Elaborado el proyecto de 'Estatuto Vasco-Navarro', la asamblea definitiva de municipios de las cuatro provincias tuvo lugar en el Teatro Gayarre de Pamplona el 19 de junio de 1932. Ante esta decisiva cita estatutaria, los partidos políticos navarros -con la excepción de los nacionalistas, que obviamente apoyaron con entusiasmo el Estatuto, pero que eran claramente minoritarios- se mostraron divididos: la poderosa Comunión Tradicionalista dejó libertad de voto a sus afiliados y varios partidos republicanos y la mayoría del Partido Socialista pidieron el voto negativo, aunque personalidades aisladas de la derecha y de la izquierda reclamaron que se votara a favor. Fruto de esta división, mientras las otras tres provincias aprobaban el Estatuto en la asamblea por abrumadora mayoría, sólo 109 de los 267 municipios navarros votaron a favor del proyecto. Es cierto que varios representantes municipales incumplieron el mandato favorable de sus respectivos ayuntamientos, pero, en cualquier caso, la opción vasquista no habría sido suficiente como para integrar en el Estatuto a Navarra, que quedaba así definitivamente excluida de la autonomía vasca.

El resultado de esta asamblea ha sido objeto de una polémica que comenzó ya en 1932 y continuó incluso en la Transición. Para el nacionalismo vasco, la defección de Navarra fue consecuencia de la 'traición' del carlismo, que en 1931 había apoyado el Estatuto de Estella y que ahora habría dado la espalda a la integración de Navarra en Euskadi. En efecto, junto a sectores carlistas navarros que seguían siendo sinceramente vasquistas, el peso del navarrismo foralista conservador, fuertemente españolista y antinacionalista vasco, se había ido imponiendo en el conjunto de la derecha navarra.

Sin embargo, la oposición navarra al Estatuto no se identificaba con una ideología política determinada. Incluso la oposición de la izquierda fue, proporcionalmente, superior a la de la derecha. Así, de los 196 ayuntamientos derechistas navarros, 85 votaron a favor, 85 en contra y 26 se abstuvieron. Por el contrario, de los 70 ayuntamientos navarros de izquierdas, 23 votaron a favor, 38 en contra y 9 se abstuvieron. Así, es cierto que el entusiasmo carlista por la autonomía vasca disminuyó drásticamente, sobre todo en Navarra, cuando aquélla se separó del problema religioso, pero el navarrismo, clave para entender la postura de Navarra en esa coyuntura, afectaba por igual a derechas e izquierdas. Además, hay que tener en cuenta que la izquierda tenía más fuerza en la Ribera, la zona más castellanizada de Navarra y más opuesta al Estatuto. Por último, el proyecto de 1932 era menos respetuoso con la autonomía interna de cada provincia que el de 1931, lo que contribuyó a poner en guardia a los navarristas frente al posible centralismo vizcaíno.

El resultado de esta asamblea marcó en buena medida la posterior relación de Navarra con los proyectos autonómicos vascos y su eco puede seguirse hasta la actualidad. No obstante, quizás la gran diferencia de 1932 con la situación actual es que ahora sólo los nacionalistas defienden en Navarra su incorporación a Euskadi, que en aquella época también era apoyada por sectores de izquierda y derecha no nacionalistas. En este sentido, el principal líder del PNV en Navarra en la II República, Manuel Irujo, solía decir que el nacionalismo había errado al no empeñarse en convencer a los navarros, antes de la asamblea de 1932, de que entrar en el Estatuto sería, ante todo, bueno para Navarra. Por ello, no es de extrañar que la violencia de ETA haya sido una rémora para que la posible integración navarra en Euskadi sea discutida con normalidad democrática.

En resumen, el resultado de la asamblea de junio de 1932 no fue consecuencia sólo de la coyuntura política ni de la traición carlista sino de la particular identidad navarra, cuyas relaciones con el vasquismo han sido a veces contradictorias. De hecho, lo vasco siempre ha formado parte de esa compleja identidad navarra, por lo que no tiene mucho sentido que los sectores navarristas conservadores interpreten la posible incorporación de Nafarroa Bai al Gobierno navarro como si ello significara poco menos que el fin del mundo. Por su parte, el nacionalismo cometería también un grave error si pensara que su avance electoral le permite obviar la realidad política e identitaria de Navarra, que las últimas elecciones, aun con matices, no han hecho sino confirmar.