Encrucijadas planetarias

Los espectaculares incendios que han tenido lugar en Grecia este verano han venido a reforzar la sensación, que por lo demás no comparten todos los ciudadanos, de que el aumento de a temperatura del planeta nos pone a todos en peligro. Naturalmente, ha habido incendios antes; igual que ha habido inundaciones o sequías: tanto el escéptico como el receloso tienen dónde agarrarse. Más aún: la prisa con la que muchos políticos, científicos y periodistas se apresuraron a culpar al cambio climático de las lluvias torrenciales padecidas el mes pasado por algunas regiones alemanas denotan un exceso de celo a la hora de crear una sensación de emergencia electoralmente aprovechable. Así que la imagen del desalojo de una isla griega afectada por el fuego, que recordaba a la de los habitantes de Stromboli contemplando desde sus barcas la erupción del volcán en la película homónima de Roberto Rossellini, adquiere significados diversos: lo que para unos simboliza la precariedad del ser humano en un planeta desestabilizado, para otros no constituye sino una lamentable anécdota llamada a repetirse cada verano. ¿Estamos asistiendo ya a los primeros efectos tangibles del calentamiento global, anunciados durante largo tiempo y que sin embargo parecían llamados a aplazarse indefinidamente? ¿O solo vemos lo que queremos ver? Al fin y al cabo, en el norte de España ha hecho fresco a finales de julio.

Encrucijadas planetariasSin embargo, los datos son tozudos. El último informe del Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC), que se hizo público el lunes, insiste en recordarnos que existe un nexo causal entre la concentración de CO2 de origen antropogénico en la atmósfera y el peligroso calentamiento del planeta. Desde este punto de vista, la descarbonización es una obligación ineludible para las sociedades humanas si quieren garantizarse un planeta cómodamente habitable en las próximas décadas. Ni que decir tiene que en el larguísimo plazo las cosas son distintas: incluso el sol tendrá que apagarse algún día. De ahí que la motivación para hacer sostenibles nuestras sociedades no pueda provenir del futuro lejano, sino de la fijación de horizontes de expectativa que resulten inteligibles: el tiempo que nos queda, el siglo en curso, la vida de nuestros hijos o nietos. En todo caso, el pasado profundo puede utilizarse para mostrar que la Tierra tiene una violenta historia: mejor no demos por supuesta la benignidad de sus condiciones. Tal como señala el pensador francés Bruno Latour en su último libro -¿Dónde estoy?, que publicará Taurus este otoño-, la diferencia estriba en que ahora no podemos mirar el mundo sin reparar en el hecho de que somos nosotros -los humanos como especie- quienes lo hemos transformado. Y lo hemos hecho por medio de un número incalculable de acciones cotidianas, resultado a su vez por igual de impulsos antropológicos e innovaciones técnicas, que comienza con nuestro deambular planetario y se acelera a partir de la industrialización.

Hablar de la especie humana como unidad de imputación es, para muchos comentaristas, injusto. Se señala así con razón que lo que se presenta como humanidad universal esconde a aquella parte del todo que impulsó las tecnologías fósiles y disfrutó de sus comodidades sin considerar sus efectos colaterales; ni siquiera en el interior de las sociedades ricas han de pasarse por alto los desequilibrios de poder resultantes. También los críticos con la idea de una transición ecológica que haga recaer sus costes en las clases medias y trabajadoras occidentales encuentran razones para lamentar la falta de matices: ¿no son los países emergentes, con China a la cabeza, los que más contribuyen al calentamiento global y al resto de problemas medioambientales típicos del Antropoceno? De nada servirá que los europeos cambiemos el coche por la bicicleta si los chinos, a su vez, cambian la bicicleta por el coche. Y eso sin olvidar que la aplicación de las políticas de descarbonización está sujeta a contingencias democráticas: si al presidente francés Emmanuel Macron le estalló en las narices la revuelta de los chalecos amarillos tras anunciar el encarecimiento del diésel, el Gobierno de Pedro Sánchez se plantea ampliar el aeropuerto barcelonés del Prat para contentar a sus socios nacionalistas después de pasarse dos años presumiendo de su compromiso con la transición ecológica.

Ocurre que la discusión acerca de las contribuciones particulares de diferentes naciones o grupos sociales al cambio medioambiental global se sitúa en un nivel diferente, que es el relativo al diseño de la estrategia climática y a la negociación de los acuerdos internacionales correspondientes. Para llegar a ese estadio, es necesario forjar antes una unidad de propósito que haga posible canalizar globalmente los esfuerzos e ingenios humanos en la dirección de la sostenibilidad. Pero las discusiones humanas acerca de la estabilidad planetaria tienen poca influencia sobre la estabilidad planetaria: al clima terrestre le da igual que los europeos hayan emitido más CO2 que los africanos. Dicho de otra manera: desde el punto de vista del planeta, la humanidad es una totalidad cuyo impacto produce efectos globales con particularidades regionales. Sin saberlo ni quererlo, la especie humana ha transformado su entorno cuando se adaptaba a él y ahora debe enfrentarse a las consecuencias imprevistas de su propio desenvolvimiento. Aunque existan diferencias entre los humanos, todos somos miembros de una especie biológica -la pandemia acaba de demostrarlo- que produce impacto sobre tu entorno. Tiene por eso sentido afirmar que la humanidad en su conjunto debe actuar como un actor político nuevo, adoptando de manera concertada las medidas necesarias para asegurar la habitabilidad de la Tierra en el medio plazo. Quien descrea de este peligro, por considerarlo un mero producto ideológico de nuestro tiempo, puede preguntarse qué hay de malo en dejar atrás la suciedad del industrialismo y establecer una relación más benigna con ese mundo natural al que -guste o no- pertenecemos.

Nada de lo anterior debe entenderse como el llamamiento a la formación de un Gobierno planetario encargado de decidir autoritariamente con el concurso de los expertos. La unidad de propósito es compatible con una multiplicidad de enfoques: una cosa es abrazar el objetivo de la sostenibilidad y otra decidir cómo puede alcanzarse. Ninguna urgencia debe poner en suspenso el funcionamiento de la política, que en las sociedades occidentales es además democrática: los ciudadanos han de dar su consentimiento, las leyes deben ser aprobadas y las políticas públicas ejecutadas. Pudiera ser que fracasáramos en esta tarea, de tal modo que terminemos por decirnos que es mejor sufrir democráticamente que triunfar autoritariamente.

Pero la realidad es que la estabilización del clima concierne por igual a los países democráticos y a los autoritarios, razón por la cual haríamos bien en conciliar bienestar material y sostenibilidad medioambiental: el sueño del decrecimiento es una quimera de especialistas que quizá solo pueda encontrar algún eco en sociedades que ya son ricas y quieran arriesgarse a ser ricas de otra manera. Para el resto, el bienestar material -que por cierto trae consigo la reducción de la natalidad- sigue siendo un objetivo inaplazable.

En la práctica, coexisten hoy tres aproximaciones a los desafíos del Antropoceno, cambio climático incluido. A saber: el liberal-democrático, que confía en la acción del poder público y en la capacidad innovadora de los mercados, pero se encuentra amenazado por la insurgencia populista y el malestar derivado del resquebrajamiento del ideal del progreso; el comunitarista, que apuesta por el desarrollo de comunidades autoorganizadas que buscan un nuevo tipo de armonía social basada en el cuidado de los bienes comunes y lo tiene muy difícil para trascender el marco local que le es propicio; y el ecoautoritario, representado por China, donde un régimen de partido único en cuyos cuadros abundan los ingenieros busca -sin demasiado éxito por el momento- el equilibrio entre crecimiento y sostenibilidad. Es elemento común a todos ellos la vigencia de acuerdos internacionales que fijan objetivos generales para los que cada nación firmante debe encontrar los medios apropiados; sin que exista una policía global capaz de exigir el cumplimiento de lo acordado.

Sea como fuere, la estabilización climática no tendrá lugar si los habitantes del planeta no se ponen de acuerdo sobre la necesidad de asegurarla. Mucho camino se ha recorrido ya; cada vez son menos los individuos que ignoran la precariedad potencial de nuestra base terrestre. Bien mirado, los viajes espaciales de los multimillonarios nos hablan de lo mismo: podemos darnos un paseo por ahí arriba, pero es de lo que pasa aquí abajo de lo que tenemos que ocuparnos.

Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Su último libro es Desde las ruinas del futuro: Teoría política de la pandemia (Taurus, 2020).

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