Encuestas, medios y tendencias políticas

Hay algo en lo que los políticos y los medios se parecen como dos gotas de agua: tanto uno como otros creen que es posible lanzar palabras, ideas, eslóganes, propuestas sobre la ciudadanía, y sorprenderse cuando la ciudadanía les devuelve lo que les han predicado. Es una constatación que vivimos en sociedades mediáticas. Además, vivimos en unas sociedades mediáticas en las que el filtro de transmisión no son los medios clásicos, sino nuevos medios, los denominados social media, y los viejos se tienen que posicionar, es decir, adaptar, ante los nuevos medios de comunicación social.

En ese contexto se va formando un círculo de mucho interés: los nuevos medios sociales simplifican, distorsionan, envilecen y agrandan el mensaje que los viejos medios elaboran ya sometidos a la competencia de los nuevos, el alcance del mensaje es mucho mayor que antaño, y, en un segundo paso, se llevan a cabo encuestas para saber lo que piensan los receptores de ese mensaje. Y hete aquí que los receptores del mensaje devuelven el mensaje recibido en su versión más simplificada.

Durante meses y meses los medios de comunicación, viejos y nuevos, se dedican a extender el mensaje de que España es un caso de corrupción exagerado en un entorno de países civilizados en los que la corrupción es casi inexistente. Luego preguntan a la ciudadanía lo que piensa, y ésta responde que su mayor preocupación es la corrupción en España, y que la corrupción en España es superior a la de Marruecos y a la de China. Y esta respuesta vale de nuevo titulares en los medios de comunicación, viejos y nuevos, titulares simplificados, envilecidos y distorsionados en los medios de comunicación sociales, con lo cual se refuerza el punto de partida, y todos los medios, nuevos y viejos, tienen que aumentar los decibelios para decir lo mal que están las cosas y la necesidad de romper con todo lo que existe.

Durante meses los medios de comunicación españoles han predicado que la política española consiste fundamentalmente en corrupción, que los partidos políticos son grandes supermercados de autoservicio, que la política se ha convertido en algo radicalmente alejado de las preocupaciones de los ciudadanos, que la crisis es culpa de la Merkel, de los especuladores de Wall Street, de los banqueros internacionales, de la globalización y del capitalismo financiero, y de sus lacayos locales.

Se ha conseguido que se olvide la burbuja de la construcción, se ha dejado de lado el comportamiento de nuevos ricos en el que había caído una buena parte de la ciudadanía española, se ha acallado el hecho de que en este país la primera pregunta, siempre que se de la posibilidad de ella, es «con IVA o sin IVA», no se ha querido recordar a los ciudadanos que el Estado de bienestar que gozábamos estaba financiado con ingresos derivados de la burbuja de la construcción, es decir, con ingresos de burbuja, nadie ha querido recordar a los ciudadanos que éramos bastante más pobres de lo que nos creíamos. Y luego nos rasgamos las vestiduras por la irrupción de movimientos populistas sin programa político ni económico que merezca ese nombre, nos entra un miedo sacrosanto en el cuerpo porque vemos que lo que tanto costó conseguir -y nunca se debe olvidar que el bien público de la convivencia entre diferentes basada en la libertad limitada es un bien muy frágil y que debe ser cuidado y protegido- puede estar en peligro. Pero a nadie parecía importarle hasta hace bien poco repetir una y otra vez que la Constitución se puede cambiar todas las veces que se quiera, que cada generación tiene derecho a su propia constitución, que si no la han votado no pueden reconocerse en ella.

Durante meses y años se ha proclamado a todos los vientos que sin primarias internas en los partidos no hay democracia. Se ha podido escuchar a alguna dirigente del PSOE decir que el actual secretario general es el primero elegido por los militantes: como si hasta ahora los secretarios generales se hubieran elegido a sí mismos, y no hubiera funcionado la democracia interna representativa, en la que los militantes elegían delegados y éstos al secretario general. ¿O es que la elección de delegados estaba manipulada por los aparatos regionales y locales? ¿Y quién asegura que la elección directa por la militancia está libre de manipulaciones y que el elegido no es el querido o previsto por los aparatos?

Es normal que muchos ciudadanos hayan entendido que no hay democracia si es representativa, no sólo dentro de los partidos, sino también en las instituciones de gobierno ¿Por qué en unos ámbitos sí y en otros no? Hemos lanzado un torpedo contra la línea de flotación de la democracia representativa y nos encontramos con populismos y demagogias. Y encima viene el partido en el poder, el PP -y lo que menos me importa es que sea o no por razones electorales- y dice que lo que hicieron en el municipio de Amberes cuando los xenófobos nacionalistas flamencos fueron el partido con mayor número de votos, juntarse todos los demás para gobernar democráticamente Amberes, no es democrático, ¡que se hurta la voluntad de los electores!

La democracia representativa vale en España para los ayuntamientos, para los gobiernos autonómicos y para el gobierno nacional. Y la estabilidad en el gobierno, en todos los niveles, es importante. Y un partido que no tenga mayoría absoluta, ni consiga una coalición que le garantice un apoyo parlamentario o de la asamblea municipal correspondiente, será un gobierno débil, o un gobierno que haga de su capa un sayo, como lo hace Bildu en San Sebastián y en Guipúzcoa, sin preocuparse en cumplir acuerdos de mayoría absoluta en el pleno municipal o en las Juntas Generales.

Pero los que critican la propuesta del PP, en el caso concreto del PNV cuya parlamentaria en Bruselas dijo que iba a llevar el tema al Parlamento Europeo, ha actuado según el espíritu de la propuesta del PP dejando que Bildu gobernara en los municipios de Guipúzcoa en los que fue el partido más votado, aunque no tuviera mayoría absoluta, al igual que en la Diputación Foral de ese territorio, cuando la decencia democrática hubiera exigido una coalición del resto de partidos para impedir que quienes aún no han condenado la violencia y el terror de ETA pudieran gobernar instituciones democráticas.

Los políticos viven de las encuestas, o al menos eso es lo que se les ha criticado siempre: que no son capaces de mirar a largo plazo, que dependen del humor de los votantes, que no saben objetivar las necesidades y las soluciones a los problemas. En una sociedad mediática que se mueve en el círculo cerrado de vender eslóganes y luego encuestar sobre lo que piensa la ciudadanía en los temas en torno a los cuales se han creado los eslóganes, es difícil que los políticos sean los únicos que no queden sometidos a la fuerza de la opinión pública. Aunque luego se les acuse de no saber lo que piensa la gente de la calle, de no pisar la calle, cuando todos sabemos que la calle no existe, que lo que existe es la opinión pública estrechamente condicionada por la opinión publicada.

La multicausalidad es algo que debiera ser muy tenido en cuenta. La desafección hacia la política -en las últimas elecciones de Sajonia el partido más votado, según algunos comentaristas, fue el partido de los no-electores- puede ser reforzado por la corrupción de los políticos, pero no es su única causa. La crisis que ha sufrido España y el mundo occidental va más allá de la crisis financiera y tiene que ver con la transformación de la producción económica y con la globalización. La estructura de las sociedades que han pasado de una economía de producción a una economía de consumo ha cambiado radicalmente, y es mucho más difícil que cuando existían dos grupos sociales claramente identificados, burguesía y proletariado, acercarse a la definición del bien común. Y el Estado de bienestar es algo por lo que merece luchar, pero no se puede luchar sin preguntarse cuánto cuesta y quién lo paga, y sin renunciar a respuestas simplistas.

Hay muchas cosas mal en España, y hay muchas responsabilidades. Sólo cuando cada actor asuma las suyas encontraremos el camino para forjar un futuro algo mejor.

Joseba Arregi fue consejero del Gobierno vasco y es ensayista y presidente de Aldaketa.

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