Enemigos en guerra

Molesta a Israel que ciudadanos de países occidentales se manifiesten en contra de la actuación del Ejército israelí en Gaza, en contra del ataque militar a la población civil. El argumento político con el que lo explica Israel, repetido por Estados Unidos, es que ejerce el derecho a la defensa. La mayoría del mundo reconoce el derecho de Israel a existir. Hamás no lo hace en sus estatutos, pero Israel, pese a su imperfecto nacimiento y su atribulada existencia, es una realidad histórica irreversible y los ciudadanos que lo componen tienen derecho a vivir con seguridad en él. En el reverso de esa existencia está la de los palestinos, que tienen derecho a vivir en libertad, incluso a tener un Estado que, de alguna manera, sería el constructo político con el que se cerraría el círculo del hecho histórico de prolongadas y desestabilizadoras consecuencias en Oriente Próximo.

Llevamos semanas asistiendo, más impávidos que escandalizados, a uno de los episodios militares más brutales de la historia reciente de Israel: utilización de las tres armas contra Hamás, el Movimiento de Resistencia Islámica Palestino y contra la población de Gaza. La franja de Gaza es un territorio, de zonas urbanas y fincas agrícolas, de 367 kilómetros cuadrados, limitado al sur por Egipto, el territorio del Estado de Israel en toda la frontera oriental y norte, y el mar Mediterráneo al oeste. Las Fuerzas de Defensa de Israel -nombre oficial del Ejército hebreo- han destruido los que podrían ser objetivos militares, es decir, sedes gubernamentales, cuarteles y otros establecimientos de Hamás, y, además, la infraestructura urbana y los cultivos. El número de víctimas civiles palestinas se eleva a centenares. Una decena de soldados israelíes han perdido la vida en el curso de la guerra y varios civiles israelíes han muerto alcanzados por los cohetes lanzados desde Gaza a las ciudades del sur de Israel.

La existencia de Israel parece inexcusablemente unida a su seguridad y, naturalmente, sus dirigentes están obligados a hacer todo lo posible para garantizarla dentro de los límites que un Estado democrático debe imponerse a sí mismo de acuerdo con las leyes y convenciones internacionales.

El lanzamiento de cohetes desde la franja de Gaza al sur de Israel, a veces con consecuencias mortales, es la causa tras la que se ha amparado Israel para decidir la ofensiva militar más severa lanzada desde 1967, la Guerra de los Seis Días, en la que el territorio, de ser administrado por Egipto, pasó a ser ocupado por el Ejército de Israel. El embrión de Hamás ya existía en el territorio, la correspondiente rama de los Hermanos Musulmanes, la primera organización política islamista, fundada en Egipto en 1929. Fue con motivo de la primera Intifada, en 1987, cuando la organización adopta el nombre de Movimiento de Resistencia Islámica Palestino (Haraka al-Muqwama al-Islamiya al-Falistiniya; cuyo acrónimo árabe es Hamás). En aquel momento, ni siquiera la OLP había sido habilitada para la actividad política, es decir, desprovista de la etiqueta de terrorista. Pero sucedió poco después.

A finales de los noventa, Hamás ejecutó numerosos atentados terroristas en ciudades israelíes.

En verano de 2005 Israel decidió poner fin a la ‘colonización’ de Gaza, sacando de allí a los colonos y a los contingentes del Ejército que se ocupaban de la seguridad de los primeros. ¿Qué ocurrió entonces en ese territorio? Hamás decidió tomar parte en la política institucional palestina y se presentó a las elecciones legislativas del 25 de enero de 2006. Los comicios, escrutados por organismos internacionales, fueron considerados los más limpios celebrados en Gaza y Cisjordania, los territorios palestinos con autonomía limitada ocupados por Israel. Lejos de no contentar a todos los palestinos, especialmente a Fatah, el partido nacionalista histórico palestino, el resultado disgustó a Israel y a sus aliados, los países occidentales, principalmente a EE UU. Prosiguió una campaña de presión para que Hamás aceptase los acuerdos suscritos por el gobierno anterior, del partido Fatah, fundado, entre otros, por Yaser Arafat. La negativa de Hamás a suscribir esos acuerdos, y el malestar creado en la sociedad palestina por la falta de liquidez del Gobierno, boicoteado desde el exterior, con el recorte de las ayudas y el cierre de los pasos fronterizos con Israel, contribuyó a ahondar más aún las diferencias entre Hamás y Fatah. Éstas no se resolvieron, sino que se agravaron con el derramamiento de sangre de la primavera-verano de 2007.

Y ahora, desde hace semanas, la televisión y las páginas de los periódicos nos sirven imágenes de palestinos civiles de Gaza desangrados tras los bombardeos de la aviación y la artillería israelíes. Los protagonistas de la guerra, el Gobierno de Israel y Hamás tenían y tienen razones poderosas para condicionar el fin de la violencia. Los últimos quieren demostrar que su capacidad de resistencia contra el poderoso enemigo les legitima para que EE UU considere la interlocución con ellos. Entre los actuales responsables gubernamentales israelíes, algunos son candidatos de las elecciones legislativas de febrero y éstos, al analizar la ofensiva contra Gaza, valoran el balance de la guerra y, al hacerlo, lo comparan con el precio político que han de pagar por las bajas militares, sin miramiento por el número de bajas civiles que va a generar en las filas del enemigo.

En el siglo XXI, cuando las guerras se hacen sin declaración previa, en el que la seguridad a todo riesgo no existe, en que hay un terrorismo internacional de inspiración islamista, Israel sabe que Hamás dispone de un discurso de fácil consumo doméstico mientras Israel continúe ocupando territorios palestinos, y que tiene en Irán a un aliado poderoso. Israel sabe que los palestinos luchan por la tierra. En los Acuerdos de Oslo, el corolario del esfuerzo negociador fue ‘paz por territorios’. El ‘proceso de paz’, aunque esté inerte, forma parte de la agenda de las relaciones internacionales desde el siglo XX y los protagonistas estelares son el Estado de Israel y los representantes palestinos.

La victoria electoral de Hamás fue vista en Oriente Próximo como la primera gran victoria política del islamismo, un precedente celebrado por unos y lamentado por israelíes y árabes, entre los últimos Egipto y Jordania especialmente. Intentar desenraizar a Hamás de entre los palestinos es propósito condenado al fracaso y hacerlo utilizando despiadadamente la fuerza del Ejército más poderoso de la región contra la población palestina del gran gueto en que se ha convertido Gaza equivale a alimentar el terrorismo internacional y el islamismo violento. Ahí están las amenazas esgrimidas por el segundo de Al-Qaida, Aiman al-Zawahiri, repetición de anteriores pero, en este caso, catalizadas por el padecimiento de Gaza, y que encontrarán terreno abonado fuera de las fronteras de la sitiada Franja.

Hamás irrumpió en la arena política y tuvo éxito electoral; la reacción internacional coadyuvó al fracaso de su gobierno; la actual ofensiva del Ejército israelí tiene visos de ser una sentencia para reducirlo a la trinchera del terrorismo. Demasiada sangre derramada para tan lamentable fin.

Ana Aizpiri Leyaristi, periodista.