Enfermedades de la democracia

Por Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (LA VANGUARDIA, 05/12/07):

A lo largo de la guerra fría cabía definir A la democracia a partir de una comparación con su contrario, encarnado por los regímenes comunistas. Hoy la democracia se confronta consigo misma y ya no se ve adornada de aquel realce que permitía poder prescindir de una reflexión en profundidad sobre lo que cabe esperar de la propia democracia. Dicho esto, cabe constatar que la democracia parece enferma en algunos países.

Las elecciones suelen caracterizarse por una alta tasa de abstención o el voto a posturas extremas, y la población critica a la clase política en bloque, que sería corrupta, incompetente o en todo caso alejada de las expectativas. Cuando el ideal democrático no se transforma completa y cabalmente en vida democrática, los regímenes políticos pueden adoptar varias vías o modelos. El primero es el del populismo. Un líder más o menos carismático pretende abolir las distancias entre el poder y el pueblo; promete al país que seguirá siendo el mismo aunque cambie, realza la idea de nación y alimenta una demagogia que tiende a la fusión con las clases populares. Si tiene recursos, como el petróleo en Venezuela, el poder distribuye una porción de modo clientelista. Hugo Chávez encarna este modelo. El recuerdo de su pasado sulfuroso en un golpe de Estado militar no ha contrariado su reciente auge. Controla estrictamente los medios de comunicación. Pero ha sido elegido y reelegido democráticamente.

El segundo es el de democracia contemplativa. La fragilidad de la representación política y por tanto de las mediaciones entre el poder y la población deja al descubierto un vacío que se llena mediante un aumento de activismo de parte de quien ejerce el poder, que no aspira a una fusión con el pueblo ni se preocupa de las relaciones políticas entre el poder y la población aunque tampoco trata de abolir la distancia que los separa. Concede gran importancia a los medios de comunicación, que le ayudan a mantener su legitimidad y no hace nada por reforzar la representación política. La Francia de Nicolas Sarkozy ilustra adecuadamente este modelo. Los ministros trabajan bajo el control directo del presidente, sin excesiva autonomía; los parlamentarios que le garantizan una mayoría cómoda marchan vista al frente y procuran constantemente debilitar cualquier oposición tanto a su derecha como a su izquierda. Por una parte, la política de “apertura” consiste en integrar personalidades socialistas en los engranajes del poder ofreciéndoles ministerios, misiones especiales, presidencia de comisiones; por otra, especialmente a través del ministerio responsable de la inmigración, debilita a las derechas extremistas cazando en sus dominios y aprovechando sus temas preferidos. Los medios de comunicación tienen una gran importancia. El poder no cuestiona su principio de independencia, pero despliega esfuerzos constantes para aparecer de modo bien visible y, si es posible, para que interioricen sus propias expectativas.

El tercero es el del autoritarismo. En este caso, la democracia, sin llegar a ser totalmente escarnecida, se ve alterada por prohibiciones, controles de todo tipo, medidas brutales que abofetean la separación de poderes. No se trata de fusión con el pueblo (populismo) ni de relativa distancia sin que funcionen las mediaciones tradicionales (democracia contemplativa): el modelo es el de la Rusia de Vladimir Putin. Es una democracia limitada, aquejada de cortapisas; una democracia que funciona a expensas de la buena voluntad del jefe del Estado, que recurre a la fuerza para acallar a la oposición.

No es una dictadura en sentido estricto, pues el poder se legitima en las elecciones y no en la apelación a las fuerzas armadas. Y controla férreamente los medios de comunicación para tener al pueblo en un estado de subinformación y pasividad.

Populismo, democracia contemplativa y autoritarismo pueden – cada uno a su modo- enmarcarse en el ámbito de la democracia pero se acercan a sus mismos límites; parecen apuntar más bien a otra cosa, sea mejor o peor. El populismo podría ser antesala de procesos totalitarios combinando, bajo formas violentas, movilización popular y acción del Estado. La democracia contemplativa podría ser el preámbulo de un endurecimiento autoritario de un poder que no avanza en su programa y que trata de imponer sus opiniones a una población incapaz de encontrar las mediaciones políticas necesarias para subrayar el mordiente conflictivo de sus demandas. Por último, el autoritarismo puede preceder a la dictadura pura y simple.

Pero, por otra parte, merecen analizarse otros escenarios mucho más optimistas. El populismo puede ser un elemento transitorio previo a la instauración de un sistema político representativo y relativamente autónomo, menos favorable a la fusión entre el poder y el pueblo: Latinoamérica ya ha conocido procesos de este tipo en su historia reciente. La democracia contemplativa puede coincidir con un periodo de reformas, modernización o ruptura que descansa sobre el agotamiento del anterior sistema, pero puede preceder también a una recomposición que entrañe la reformulación de las divergencias izquierda/ derecha. Y el autoritarismo no impide esperar un renacimiento de la vida política.

Las vías del cambio político son variadas y la democracia no es el horizonte infranqueable de nuestro tiempo. Al contrario de las afirmaciones de Francis Fukuyama con motivo de la caída del muro de Berlín, estamos lejos de haber entrado en el fin de la historia.