Enfermos de partidismo

En 2022, muchos creíamos que el 2023 supondría el clímax de la tensión política en España. La elección de la Fundéu de polarización como la palabra más destacada parecía el broche a un año que empezó, como ahora, con una sucesión de crisis mediáticas para el Gobierno (reformas del Código Penal, caso Mediador y deslocalización de Ferrovial) y en el que terminamos hablando de violencia política. Pero en 2024 la política española ha vuelto a subir el diapasón. Desde el ámbito progresista se alzan algunas voces señalando que la sociedad española no está polarizada, que todo es puro teatro de la clase política. Creo que las posturas de los que piensan que España ya se ha roto y los que piensan que no es para tanto pueden reconciliarse. Basta con dejar de hablar de la polarización como un cajón de sastre y apuntar al tipo de polarización predominante en nuestro país. Mi tesis es que la sociedad española está enferma de una forma particular de polarización: el partidismo. Esta enfermedad aparece en el mundo de la política, pero pronto se extiende a la sociedad y, si nada lo remedia, acaba mutando en sectarismo. Desde hace una década tenemos suficiente evidencia acerca del partidismo en España, pero creo que las declaraciones de algunos de los protagonistas de la política española de las últimas dos semanas resultan más convincentes que todos los datos que yo pudiera mostrar.

Enfermos de partidismo
Javier Olivares

El partidismo se da cuando los ciudadanos se sienten vinculados de un modo más fuerte a los partidos políticos que a los grupos sociales o causas que estos partidos representan. Es decir, cuando uno apoya al PSOE no porque uno sea de izquierdas, crea en políticas igualitarias o anhele la reconciliación entre catalanes mediante una amnistía, sino porque es del PSOE. La vicepresidenta María Jesús Montero lo explicaba de forma muy clara. A las críticas de Emiliano García-Page tras la debacle socialista en Galicia, respondió: «Uno tiene que saber cuál es la camiseta de su equipo». He aquí la quintaesencia del partidismo. La política actual no va de razones, argumentos o críticas, va de equipos y sus camisetas. El presidente castellanomanchego contestó que «la camiseta del PSOE no es una camisa de fuerza, es una camisa de libertad, donde se pueden decir las cosas con el ánimo de mejorar». Pero esto no es así. Se lo explicó unos días más tarde José Luis Ábalos, quien le confesó apesadumbrado a Carlos Alsina: «Todo lo que dice uno está bien y todo lo que dice el otro está mal. Ésa es la situación de polarización afectiva en la que se encuentra el país».

Ábalos interpreta la situación española a través de la idea de polarización afectiva, un concepto que apenas se utilizaba en España antes de 2019. Quién nos iba a decir hace sólo unas semanas que el ex ministro haría aportaciones tan relevantes a la ciencia política contemporánea. Su periplo mediático ha dejado las mejores definiciones de nuestra política actual. La polarización afectiva a la que se refiere Ábalos se manifiesta como un mayor apego hacia los partidos, líderes y votantes con los que nos sentimos identificados y una mayor hostilidad hacia los partidos, líderes y votantes con los que no compartimos dicha afinidad. No se trata de una separación ideológica, sino de una separación emocional, que no apela a la racionalidad sino a nuestros sentimientos y emociones. La cosa va de identidades y sentimientos, como le explicaba en otra entrevista Ábalos a Risto Mejide. El presentador le preguntó al ex ministro cuál era su problema una vez que había decidido quedarse en el Congreso por decisión propia, a lo que Ábalos, al borde de las lágrimas, respondió con una cita que debería estudiarse en las facultades de políticas de todo el mundo: «Joder, el sentido de pertenencia, [silencio dramático], la identidad». Tantos libros, artículos, documentales y reportajes para explicar algo que creíamos tan complejo y, sin embargo, se podía resumir en cinco palabras con el tono adecuado.

José Luis Ábalos tiene, como politólogo de nuevo cuño, toda la razón del mundo. El problema principal de la política española no es la corrupción, ni la amnistía, sino el partidismo, la identificación extrema de políticos y ciudadanos con partidos e ideas excluyentes. La sensación de hastío de la sociedad con respecto a la política no la produce un nuevo caso de corrupción, que se une a la larga lista de casos de los que ha dado y da cuenta la justicia española de forma diligente. La hartura viene de la lógica partidista que envuelve todo el caso y que sólo el abandonado, el despechao, se atreve a verbalizar. Ábalos no está defendiéndose públicamente de unas prácticas que, si uno escucha con detenimiento sus palabras, fueron mucho más habituales de lo que nos gustaría, especialmente, en los meses más duros de la pandemia. De lo que se lamenta es de que los suyos lo hayan abandonado a las primeras de cambio, y avisa a los que antes le protegían de estar cometiendo una insensatez, de cruzar la mayor de las líneas rojas, de romper la omertá. El problema no son las mascarillas, sino las camisetas de las que hablaba la vicepresidenta Montero; la incapacidad de mantener el más mínimo debate que trascienda el partidismo y su versión más radical: el hooliganismo político.

El partidismo y la polarización identitaria también se ven en los demás temas de la actualidad política española. El viernes pasado, el Gobierno filtró un borrador de informe de la Comisión de Venecia sobre la amnistía y cada bando resaltaba un aspecto del mismo, dependiendo de la posición que había mantenido hasta el momento. Las dos partes utilizaban lo filtrado para apuntarse una victoria y, sin embargo, la lectura completa del borrador se acerca a lo que piensan muchos ciudadanos: que las amnistías pueden ser un instrumento adecuado para desinflamar y reconducir un conflicto político, pero que la amnistía concreta que se debate actualmente en España tiene tantos problemas que la pueden hacer ilegítima e inviable. Algunos de estos son muy entendibles para la ciudadanía y han sido verbalizados por personas progresistas que no están actualmente en el poder: que sería mejor un debate más sosegado, que ganaría con una mayoría cualificada o que merecería un debate constitucional al respecto. Nada de eso va a ocurrir, y no va a pasar por el partidismo. Como tantas veces hemos repetido, la política actual sólo va de ganar.

Decía al principio que una mutación especialmente dañina del partidismo es el sectarismo, el cual supone la moralización de la política. No sólo nos identificamos y alineamos con un grupo, sino que acabamos creyendo que existe un componente moral en esa decisión, que nuestro grupo es moralmente mejor que el otro, que somos moralmente superiores. El sectarismo es el eje principal de defensa del presidente del Gobierno. Su muro y su mensaje de lucha internacional contra esa extrema derecha que, hoy por hoy, ha fracasado en España adoptan abiertamente un tono moralizante. El sectarismo es fruto de la debilidad, de la incapacidad de hablarle a una mayoría de ciudadanos. Cuanto más débil sea el Gobierno, más sectario será su comportamiento.

¿Cómo podemos superar el partidismo y su deriva hacia el sectarismo? Primero tenemos que entender que los partidos políticos, como las empresas, son máquinas egoístas que sólo tienen un objetivo: maximizar los votos. No podemos pedirles comportamientos filantrópicos. La única vía de salida es que los partidos, especialmente los mayoritarios, entiendan que les beneficia hablar más allá de su secta. Nos hemos pasado la última década hablando de que el nuevo sistema multipartidista español representaba mejor a una ciudadanía diversa, pero quizá es momento de volver a hablar de temas que generen unidad en esa diversidad. Una de las soluciones al atolladero actual es que los partidos piensen que también les pueden votar los otros y no sólo los suyos. Ésta es una solución viable porque les conviene que así sea. El sectarismo sirve para mantener prietas las filas, para tapar escándalos y corruptelas, pero te hace más pequeño y, más pronto que tarde, te hace desaparecer.

Luis Miller es sociólogo y científico del CSIC y autor de 'Polarizados. La política que nos divide' (Deusto, 2023).

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