Enfermos de pasado

La obsesión independentista del nacionalismo catalán no se entiende fácilmente. Cuando se ha sufrido un batacazo electoral después de situarse detrás de la pancarta de la independencia, cuando las encuestas señalan que CiU sufriría otro porrazo en las urnas de celebrarse nuevas elecciones; cuando ni la legislación catalana, ni la española ni la internacional contemplan la secesión, cuando en el Parlament de Cataluña ni siquiera existe la mayoría necesaria para reformar el Estatuto; cuando una eventual consulta de autodeterminación será –por ilegal– impugnada o declarada acto nulo, cuando sus promotores corren el riesgo de ser juzgados por prevaricación, cuando eso ocurre, ¿por qué el nacionalismo catalán impulsa una Declaración de Soberanía y del Derecho a Decidir del Pueblo de Cataluña que afirma que «el pueblo de Cataluña tiene, por razones de legitimidad democrática, carácter de sujeto político y jurídico soberano»? Cuando el índice de desempleo en Cataluña es del 22,3%, cuando la Generalitat de Cataluña paga nóminas y facturas gracias al Plan de Proveedores y al Fondo de Liquidez Autonómica promovidos por el Estado, cuando el mundo de las finanzas y el empresariado manifiestan sus críticas en público, cuando una Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión Europea con todo lo que implica, cuando eso ocurre, ¿por qué ese empeño en la «transición nacional» de Cataluña? Cuando el diseño de las encuestas oficiales favorables evidencian el sesgo partidista, cuando la mayoría de los ciudadanos de Cataluña se siente «tan catalán como español», cuando el proceso hacia la independencia empieza a resquebrajar la convivencia, cuando el conflicto aparece en el horizonte, cuando eso ocurre, ¿por qué la obsesión independentista sigue ahí? Se puede hablar de un Artur Mas que confunde el deseo con la realidad e intenta sacar tajada de la coyuntura, de la necesidad de ocultar una mala gestión con el reclamo independentista, de una competición por la obtención de recursos económicos, políticos y simbólicos. Eso es cierto. Pero resulta insuficiente para explicar la obsesión independentista. Hay algo más.

José Ferrater Mora (Reflexiones sobre Cataluña, 1955) escribió lo siguiente: «No es conveniente olvidar que el pasado ha de ser efectivamente el pasado en lugar de convertirse en el reflejo de cualquier melancólico recuerdo. Si no lo hacemos así caeremos enfermos de pasado y nos resultará difícil curarnos de tan traidora enfermedad». El filósofo catalán tenía razón. Y sigue teniéndola. Enfermos de pasado, ese es el diagnóstico del nacionalismo catalán. Ahí está la clave de la obsesión –esa idea que con tenaz persistencia asalta la mente– independentista del nacionalismo catalán. ¿Qué enfermedad de pasado? Me van permitir que recurra a otro prohombre catalán. El periodista y escritor Agustí Calvet, «Gaziel», en su ensayo Introducción a una nueva Historia de Cataluña (1938), señaló que las historias de Cataluña «incluyen generalmente un prodigioso equívoco» al hablar de «una entidad política y orgánica que es un puro fantasma: Cataluña considerada como un Estado catalán». El problema está –prosigue Gaziel– en «esta figura mitológica» –el Estado catalán– que se «proyecta sobre el pasado y el porvenir» de los catalanes. Ese fantasma que obnubila el espíritu, condiciona el presente e hipoteca el futuro.

La enfermedad de pasado del nacionalismo catalán –el mito del Estado catalán– se fundamenta y manifiesta en una creencia irrefutable por definición: Cataluña es una nación y, en consecuencia, tiene derecho a decidir libremente su futuro. Tiene derecho a constituirse en Estado independiente. Una falacia que subsiste todavía. Los ejemplos sobran. Tomen nota –me limito a los últimos años– del crescendo vivido entre 2006 y 2013. Acto inicial: el Estatuto de Autonomía de Cataluña (2006) habla de «los derechos históricos del pueblo catalán» que justifican que Cataluña quiera «desarrollar su personalidad política en el marco de un Estado que reconoce y respeta la diversidad de identidades de los pueblos de España». Acto final (por ahora): la Declaración de Soberanía y del Derecho a Decidir del Pueblo de Cataluña (2013): «El autogobierno de Cataluña se fundamenta también en los derechos históricos del pueblo catalán, en sus instituciones seculares y en la tradición jurídica catalana. El parlamentarismo catalán tiene sus fundamentos en la Edad Media… el pueblo de Cataluña tiene, por razones de legitimidad democrática, carácter de sujeto político y jurídico soberano».

A partir de la falacia del pueblo catalán construido como una nación milenaria depositaria del derecho inalienable a devenir Estado independiente, a partir de esta enfermedad de pasado, toman cuerpo los tres elementos que dan cuenta y razón de lo que hoy sucede: la inmersión ideológica, la cultura de la queja y la perversión de la democracia. La inmersión ideológica –el proceso gracias al cual se transmiten las ideas nacionalistas dominantes vía educación, información y entretenimiento– difunde una concepción de Cataluña que acaba transformándose en doctrina oficial. La cultura de la queja –la invención de un imaginario absoluto al que se atribuyen intenciones malignas: la España expoliadora y homogeneizadora– cohesiona la sociedad alrededor de quien la protege del enemigo. Finalmente, la perversión de la democracia: el nacionalismo catalán –obviando que en democracia los derechos políticos se ejercen en el marco jurídico señalado por la ley– considera que existe un «derecho a decidir», de carácter natural, que otorgaría al pueblo catalán el «derecho a decidir libremente su futuro». Artur Mas: ante el «derecho a decidir no hay leyes ni constituciones». La enfermedad de pasado que proviene de la Edad Media. El ser nacional de Cataluña que daría derecho a constituirse en Estado independiente. Artur Mas: «Toda nación tiene implícitamente el derecho a decidir su futuro… somos ciudadanos de un pueblo que ha sido libre y lo quiere volver a ser». Francesc Homs, consejero de Presidencia de la Generalitat de Cataluña: «Si diéramos marcha atrás, moriríamos como nación».

La pasión por la nación imaginada. El fervor por la diferencia que desata emociones, ardores y exaltaciones. El nacionalismo funerario que desencadena la veneración de los antepasados con su consiguiente liturgia. Ese nacionalismo que hace una lectura presentista del pasado con la intención de obtener réditos de índole diversa. Y el mesianismo de quien se adjudica la misión de conducir al pueblo sometido a la consecución de la libertad, la riqueza y la plenitud. La redención. Francesc Homs, otra vez: «Cataluña tiene ahora la oportunidad de redimir la derrota de 1714». Para ello –mistificación histórica, recalentamiento identitario, narcisismo de las pequeñas diferencias, populismo, unanimismo, prescripción de la realidad, construcción de un enemigo siempre al acecho, fantasía, providencialismo, redención, recuperación del paraíso perdido– todo vale. Incluso, la deslealtad institucional, el incumplimiento de la ley, el resquebrajamiento social y la extranjerización de parte de la ciudadanía.

Gaziel, en el artículo ya citado, concluye: «Yo querría una Historia de Cataluña que se olvidara para siempre de contar lo que debiera haber sido y no fue, para decirnos lo que ha sido y lo que es, para ver si así podíamos llegar, por fin, a ver claramente lo que puede ser». Para ello, hay que superar la enfermedad de pasado de un nacionalismo que genera frustración, acritud y resentimiento. Un nacionalismo que, obnubilado por cortesanos y corifeos, debilitado por la pérdida progresiva de apoyo político, social, empresarial y mediático, falto de la repercusión exterior deseada, está creando ya anticuerpos.

Miquel Porta Perales, escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *