Enfrentada y paralizada

El himno, que siempre sublima el ideal, canta una Catalunya «rica i plena». Tras las elecciones del jueves, la realidad es la de una nación enfrentada y paralizada. No es estimulante, pero salir del pozo exige aceptar la realidad y no seguir cavando hacia el centro de la Tierra. Dudo de que Inés Arrimadas y Carles Puigdemont, medalla de oro y de plata el jueves, lo hagan. Pero la esperanza es lo último que hay que perder.

El primer dato objetivo es que el independentismo es fuerte y resistente. Ha conservado su mayoría absoluta y su porcentaje de voto pese al gran aumento de la participación. El segundo es que no lleva a ningún lugar saludable. Ya se ha palpado que la independencia, aunque simbólica, daña la economía, y por tanto el bienestar social. Y que Europa cree que la fragmentación de los actuales estados es un peligro. Pero lo decisivo es que los números no salen. Ni saldrán. El Estado propio no se conquista con el 37,15% del censo del pasado jueves. Y si vamos a los datos más operativos, vemos que el independentismo quizá no retrocede, pero sí está estancado. Desde que Artur Mas puso en marcha el procés tras la gran manifestación del 11-S del 2012, la suma total del independentismo ha evolucionado del 47,9% de aquel año al 47,8% en las plebiscitarias del 2015 y el 47,4% del pasado jueves. Y en diputados la secuencia es 74, 72 y 70. No parece que la República sea un árbol floreciente.

El secesionismo es resistente, pero al convertir un legítimo programa máximo en un programa mínimo e inmediato, lo único que está consiguiendo es polarizar el país entre creyentes radicales y no creyentes enervados. Vamos (o estamos) en una Catalunya partida en dos mitades y sin voluntad de pacto. Ciutadans es un partido reciente, nació ya este siglo como una reacción a lo que creyeron exceso de catalanismo de Pasqual Maragall. Pero mientras el separatismo se ha ido radicalizando y haciendo excluyente, C’s ha ido creciendo. Así, ha pasado de los 3 diputados iniciales (contra Maragall) a 9 en el 2012, 25 en el 2015 y 37 el pasado jueves. Y del 7,5% de votos al 17,9% y el 25,4%. Este sí es un árbol que crece bien regado (por el separatismo).

Y C’s no es la vieja España intransigente y casposa. Si así fuera, los profetas a lo Lluís Llach tendrían que aceptar que esa vieja dama es el partido emergente de Catalunya. C’s es una fuerza joven (en electores y dirigentes), que es más votada en las grandes ciudades, sin ningún pasado antidemocrático y que recoge las aspiraciones de buena parte de las clases medias urbanas. Querer construir una Catalunya futura borrando del mapa a C’s solo se le puede ocurrir a un ideólogo ruralista de boina roja.

El drama de C’s es que solo come a costa del voto no independentista (esta vez no del PSC, que también ha subido, pero poco) y que –hasta el momento– no muestra ninguna voluntad de diálogo o pacto con el separatismo. Hace bandera del no es no. Y por pecado original, o por reacción al catalanismo supremacista, tiene tics que alimentan el choque de civilizaciones. La noche de una victoria electoral que no lleva al poder se pueden decir muchas tonterías. Pero afirmar –como hizo Inés Arrimadas– que es la primera vez que un partido constitucionalista gana las elecciones catalanas ni es cierto ni es inteligente. Cuando la CiU de Pujol, Miquel Roca –padre de la Constitución– y Duran Lleida ganaba las autonómicas, era –como mínimo hasta el 2003– un partido constitucionalista. Como el PSC de Maragall cuando ganó en votos (aunque no en escaños como Arrimadas ahora) a Pujol en el 2003. Y cuando sentencia que «treinta años de nacionalismo no se solucionan en unas elecciones» peca de demasiado unilateral para poder coser un país.

Lo terrible es que esta Catalunya polarizada conduce irremisiblemente a la parálisis. Las dos listas que (si se ponen de acuerdo) elegirán al próximo president tienen a sus líderes en el exilio o en la cárcel. No es lo óptimo. Y temo la posibilidad de que acabemos con un presidente en el exilio (proclamado legítimo, pero fantasma) y una presidenta estatutaria en el interior dependiente de Bruselas. Y que este artefacto choque con la oposición radical de C’s y con un Gobierno de Madrid debilitado (y más rígido) por la agudización la crisis catalana.

Llevamos desde el 2012 sin Govern que gobierne. No es la forma de conseguir la Catalunya «rica i plena». Los empresarios se quejan. O se van. Pero también tienen su tanto de culpa. Bastante clase dirigente se tragó que Artur Mas era business friendly.

Joan Tapia, periodista.

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