Enmienda a la totalidad

Por Joseba Arregi. Fue militante del PNV y portavoz del Gobierno vasco con el lehendakari Ardanza. Es autor de los ensayos Ser nacionalista y La nación vasca posible (EL MUNDO, 07/09/05):

Comienza de nuevo el curso político y, si nadie lo remedia y si lo sucedido a lo largo del verano es un indicio de lo que está por venir, parece que todos tendremos que repetir curso, que la vida política española va a seguir por la misma senda por la que trasncurrió el curso político pasado. Y será una pena: para la cultura democrática, para la consolidación del Estado -de la que está permanentemente necesitado- pues en democracia no depende ni de la gracia divina, ni del mecanismo de la historia, ni de la necesidad moral, sino del sustento de la cultura democrática misma.La repetición del curso político vendrá marcada por la tentación en la que sucumbe el PP de ejercer una política de enmienda de totalidad. Pero no se trata de una enmineda de totalidad a la política del Partido Socialista en el Gobierno, sino de una política de totalidad a su propia forma de hacer política mientras estaba en el Gobierno. El PP ha elegido esa forma de hacer política, porque está convencido de que no debe dejar pasar una al Gobierno de Rodríguez Zapatero.

Pero es un espectáculo bastante bochornoso ver a los distintos portavoces del PP exigir al Gobierno socialista lo que ellos en su día no fueron capaces de hacer, no creyeron conveniente hacer, pensaron que no era necesario hacer. Cree el PP, al parecer, que la forma más fácil de llegar de nuevo al Gobierno pasa por asumir el papel que el Partido Socialista asumió en su día desde la oposición contra la política del presidente Aznar.

Puede que esa forma de hacer política sirva para desgastar al partido actualmente en el Gobierno, pero no parece ser el mejor camino para que potenciales votantes del Partido Popular vean razones de política programática que les convenzan de la conveniencia de votar popular en las próximas elecciones. No es una buena receta intentar copiar el estilo de oposición de los adversarios políticos, si para ello es preciso dar la sensación de que se están enmendando a sí mismos la plana en casi todo lo que hicieron cuando gobernaban, y dando retrospectivamente la razón a los votantes que los apartaron del poder.

También en política es preciso aprender. Y todo aprendizaje exige un mínimo de autocrítica: saber lo que se ha hecho mal, conocer los desaciertos, desentrañar las razones que condujeron a comportamientos y decisiones no correctas. A partir de ahí se puede construir un proyecto político de gobernación que pueda convencer no a los de siempre, sino al conjunto de votantes que cambian su voto y que deciden las mayorías en las sociedades modernas. No basta con repetir machaconamente que de los principios no se abdica: quien primero y más abdica de los principios es quien es incapaz de hacer autocrítica, quien no es capaz de ver que algunos comportamientos son contrarios a los mismos principios que se dice defender, quien desenraíza tanto los principios del contexto social y temporal en el que tienen sentido que los convierte en insignificantes para los ciudadanos.

No puede el PP basar su estrategia de oposición en pedir que el Gobierno de Zapatero haga lo que no hizo el Gobierno de Aznar, y que el Partido Popular consideró que no debiera hacerse. Y no sólo porque por ese camino no va a encontrar a los votantes que necesita para llegar de nuevo al poder, sino porque por ese camino no va a constituirse como alternativa real y efectiva de Gobierno; y la democracia sufre si en ella no se encuentra una alternativa al ejercicio actual del poder. Por servicio al Estado debiera el PP cambiar su estrategia de oposición.

Dicho lo cual, y sin ánimo de establecer equidistancias, no es precisamente el Partido Socialista el más indicado para explicar al PP cuál debe ser su estrategia de oposición, pues cuando lo hace da la sensación de que lo que quiere es que no haya oposición alguna al Gobierno de Zapatero. Las apelaciones al sentido de Estado de los portavoces socialistas dan no pocas veces la impresión de que las mismas cumplen la función de esterilizar y anular la única oposición posible actualmente en la política española.

Porque los demás partidos que no forman parte del Gobierno del presidente Zapatero y que lo apoyan de manera puntual hasta el momento siguen todavía en oposición al Partido Popular y al Gobierno de Aznar. La política española presenta el caso curioso de unos partidos políticos que celebran permanentemente la desaparición del poder del Partido Popular, pero que siguen permanentemente haciéndole la oposición a la única oposición que tiene el Gobierno que ha sucedido después de que el Partido Popular perdiera las elecciones. Siguen anclados en el pasado, sin el cual parece que no pueden encontrar identidad política alguna.

También el Partido Socialista y el Gobierno que sustenta tienen sus propias tentaciones de enmendarse a sí mismos de totalidad.No se puede reclamar permanentemente del partido de la oposición que actúe desde la oposición con sentido de Estado cuando se hace saber a todo el que quiera saberlo que lo que realmente buscan es la soledad del PP y que no pueda convertirse en alternativa de Gobierno, con lo cual se daña a la democracia y al mismo Estado.

Cuando portavoces socialistas dicen que no es correcto ser carroñeros con los desastres y el sufrimiento, más de uno pensará que buena razón llevan, pero que de ello se podían haber acordado en los tiempos de oposición, e incluso estando ya en el Gobierno. Es una frase que enmienda de totalidad su propio comportamiento.Al igual que las alabanzas a la marcha de la economía española desdicen las críticas que desde la oposición se dirigían al Gobierno de Aznar.

Es también una enmienda a la totalidad que algunos portavoces socialistas se hacen a sí mismos cuando ante algunos desastres que han asolado España durante este verano, descubren de repente el factor accidente: no todo está sujeto a la voluntad humana, no todo puede ser regulado, ni para bien ni para mal, por los seres humanos. El accidente existe, sin que por ello desaparezca la responsabilidad de los gobernantes. Pero una responsabilidad limitida, no absoluta: ni en el bien, ni en el mal. Ni ahora que gobiernan ellos, ni antes, cuando los gobernantes eran otros.

No es que la técnica de la enmienda de totalidad no tenga sentido en democracia: es un instrumento sano y útil que permite presentar con claridad las alternativas sin las cuales la cultura democrática se marchita. Pero es una técnica peligrosa cuando la enmienda de totalidad se dirige al propio comportamiento pasado, cuando, en lugar de ayudar a presentar con claridad la alternativa política, la oscurece buscando únicamente descalificar al contrario, y sobre todo, cuando todo en política se convierte en enmienda de totalidad.

La democracia vive precisamente porque existen elementos no sujetos a enmienda de totalidad, porque existe un suelo compartido por todos, o por la mayoría clarísima de las fuerzas políticas, porque los disensos y las alternativas se dibujan sobre el trasfondo de unos consensos básicos que no se cuestionan. Ese es el sentido de la apelación al sentido de Estado, que debe valer tanto para la oposición como para el Gobierno.

Pero da la sensación de que la política española ha entrado por la senda de la enmienda de totalidad improcedente en democracia, por la senda de poner en duda la permanencia del adversario político en el campo de los consensos básicos: cuando el calificativo de extrema derecha para referirse al PP está siempre a disposición, y cuando el discurso sobre los socialistas no va más allá de tenerlos por culpables de la desintegración de España.