Enredados en los bigotes de Dalí

Daniel Gavela es director general de la cadena SER (EL PAIS, 29/09/04).

“Las elecciones las pierde el Gobierno”. Quien así habla es Mariano Rajoy, vicepresidente del Gobierno y ministro de la Presidencia de Aznar, el más tapado de los prohombres del PP que aspiran a ser designados candidatos a las elecciones generales. Estamos en febrero de 2003, en puertas de las Elecciones Municipales, y no bajan de cien los directores de medios, jefes de redacción y periodistas de renombre que siguen su intervención sobre el Periodismo en campaña, en unas jornadas organizadas por la Asociación de Periodistas Europeos. “Es que yo no creo que las elecciones las gane la oposición. Creo que las pierde el que está en el poder. Las pierde o las gana”, apuntilla el vicepresidente ante el asentimiento general.

Faltan cuatro meses para que Aznar mueva ficha en su favor, por lo que su diagnóstico está desprovisto de la ansiedad que suele acompañar a los candidatos a la hora de pronunciarse sobre los resultados electorales.

Transcurridos seis meses desde las elecciones generales, el PP parece haberse enterado ya de que fue el PSOE el partido vencedor el 14 de marzo, pero nadie en sus filas, salvo acaso los que se han quedado sin empleo, parece haber tomado conciencia de su derrota, paso imprescindible para superarla. Quien no se sabe perdedor, siéndolo, ni el porqué, difícilmente estará en condiciones de ganar algún día.

Sería muy deseable, por el bien del partido y por salud pública, que la catarsis se produjera cuanto antes. Aunque está por ver si se lo van a permitir los que labraron la derrota dejando que Aznar se deslizara por la pendiente del cesarismo. Además de los incondicionales de Aznar -“no hay otra forma de defenderte de la adulación que el que los hombres comprendan que no te ofenden cuando te dicen la verdad”, Maquiavelo- no constituyen obstáculo menor los medios de comunicación que jalearon su aventura guerrera y le hicieron el paseíllo en su imposible conspiración informativa en torno a ETA, entre el 11 y el 14 de marzo.

Pero ni las excusas del partido, cuando lo que hacen falta son explicaciones, ni el enredo mediático posterior a las elecciones van a sacar al PP del atolladero, cuando la legislatura avanza inexorable y en amplios sectores de la ciudadanía se ha instalado una sensación de aire fresco, independientemente de que se reconozcan los méritos de la gestión de los populares en sus ocho años en el poder o de que se pueda discrepar de algunas actuaciones del nuevo Gobierno.

“Probablemente haya grupos o personas que hayan convencido a una mayoría de españoles de que era mejor que no gobernara el PP”, dijo un cabizbajo Rajoy en Telecinco, dos días después de la derrota. Es comprensible que quien se encuentra de la noche a la mañana descabalgado de un Gobierno que creía tener ganado, sienta piedad de sí mismo y se aparte en las primeras horas de aquel guión tan convincente sobre la paternidad de las victorias y de las derrotas.

Se comprende incluso que en una fase de desconcierto se busque la excusa del enemigo exterior como aglutinante de la militancia, sobre todo si el principal responsable de la catástrofe se va de najas en la primera oportunidad, afirmando aquello de “yo no me presenté”, que dijo Aznar, un modelo de líder que obliga a otros a cargar con sus errores de gobernante, mientras él proclamaba su insolidaridad en la derrota.

Rajoy ha desmentido que hubiera existido cruce alguno de reproches en la larga noche del recuento electoral: aquel “por tu mala campaña”, atribuido a Aznar, supuestamente replicado con un “éste es el precio de tu guerra” atribuido a Rajoy. Nadie da fe de este supuesto diálogo y hay que darlo por no celebrado. Pero lo cierto es que Rajoy ha sostenido que las elecciones se perdieron porque el atentado del 11-M hizo reaparecer bruscamente en la campaña la impopular guerra de Irak. Lo que es tanto como decir que las elecciones las pierde el Gobierno. De haber dado a sus militantes el mismo mensaje que dio un año antes a los periodistas, otro clima reinaría en España. Aún está a tiempo.

Desde las primeras horas del día 11-M, Aznar se había procurado un buen escudo mediático para prolongar la sombra de ETA hasta donde fuera posible, pero cuando la noche del 12 de marzo acudió a situarse detrás de la pancarta que él había dictado para la manifestación que él solo había convocado, se encontró desnudo en medio de la multitud. Son muchos los dirigentes del PP y de otros partidos que han confesado que ese día descubrieron que el vuelco electoral estaba en camino. Su control mediático se había impuesto en todas las crisis anteriores, pero esta vez, por la magnitud de la tragedia, el partido no se jugaba en el campo de la opinión sino en el de la información. Y fueron las noticias, y no la opinión publicada, las que desnudaron al Gobierno. Las noticias y la opinión que a partir de ellas cada ciudadano se formó en el momento de ejercer libremente su derecho al voto.

Aquellos días la información chorreaba en Madrid: policías, guardias civiles, bomberos, sanitarios, voluntarios, testigos presenciales, jueces, forenses… todos tenían algo que contar si había periodista que les preguntara. Era tanta la gente en contacto con la información, que tratar de frenarla resultó un intento tan vano como el de retener agua en una cesta. Incluso cabe pensar que la obstrucción y la manipulación informativa actuaron como estímulo para que personas con sentido cívico facilitaran a los medios las pistas que llevaban a la verdad de la autoría.

Sólo hacía falta que apareciera alguien decidido a salirse del guión y todo el tinglado se vendría abajo, por más que televisiones, radios, agencias y periódicos trataran de llevar el montaje en andas hasta la misma jornada electoral. Y así sucedió, y en consecuencia quedaron al descubierto al unísono el Gobierno y los medios que le acompañaban en aquel mal viaje.

El comportamiento de los medios afines al PP y su fracaso en el manejo de la opinión pública ha merecido la atención de Umberto Eco, quien vio confirmada en España su teoría sobre la guerrilla semiológica. Especulaba Eco en 1973 sobre la capacidad del público para leer los mensajes de la televisión de forma independiente a su literalidad. “Es lo que sucedió en España”, sostiene el escritor italiano. “Los mensajes gubernamentales decían, ‘creednos, es ETA’, pero precisamente por la insistencia y la perentoriedad de los mensajes, la mayor parte de los ciudadanos sospecharon que podía ser Al Qaeda”. De nada sirve en casos como éste controlar los medios, porque el efecto guerrilla semiológica no actúa sobre el emitente -el medio- sino sobre el receptor, auxiliado en esta ocasión por los SMS y la comunicación en red.

Por todo ello la cuestión periodística relevante en relación con el 11-M no es preguntarse por lo que la SER hizo, junto a un contado número de periódicos españoles -todo fue distinto fuera de España-, lo relevante es lo que otros medios hicieron y lo que silenciaron. Resulta difícil de creer que redacciones tan potentes como las que existen en Madrid no descubrieran lo que de verdad estaba pasando, a nada que se interesaran por investigar la identidad de los asesinos.

Sabemos que el PP tendrá la oportunidad de reparar el daño electoral en un plazo máximo de cuatro años, pero ¿qué va a ser de los medios que prefirieron la propaganda a la información en circunstancias dramáticas de la vida nacional, donde el periodismo se juega su ser o no ser? Conscientes de la dificultad de recuperar la credibilidad perdida, esos medios han pasado de la ocultación de la verdad a una tragicomedia de enredos, en un intento de dañar la credibilidad ajena. “Los comandos informativos”, se ha llegado a decir en un medio referido a otro, “preceden a los asesinos”. Y lo dicen delante de casi 200 muertos sin que se le caiga la cara de vergüenza. Algunos son tan persistentes en la infamia que pareciera que hacen de ella su razón de existir o de subsistir.

Es probable que con el paso de los meses el PP se abra a la idea de que ni reescribiendo el pasado ni falseándolo se llega a parte alguna, y que el recurso al enemigo exterior sirve para cauterizar las heridas del núcleo duro, pero para gobernar hay que mirar al futuro y al centro, y enterrar los fantasmas del pasado. Pero hay que abandonar toda esperanza respecto a cierta prensa y a cierta radio: seguirán entregados por mucho tiempo a la práctica del método paranoico-crítico que fascinaba a Dalí y que, este año del centenario del pintor, ha alumbrado una nueva forma de periodismo: el periodismo fantasma. Un género en el que cohabitan incestuosamente todos los demonios patrios de la España más rancia: ETA, la masonería francesa, el moro en general, los servicios secretos marroquíes en particular, los núcleos residuales de la resistencia felipista en la Guardia Civil, y cómo no, este periódico y la SER.

Después de trece años como periodista de EL PAIS, creía haberlo vivido todo sobre la gestión informativa en los momentos de crisis y sobre las malas digestiones que el trabajo periodístico bien hecho suele provocar en la clase política y, en demasiadas ocasiones, en los colegas. Nunca me imaginé, por lo tanto, que mi trabajo en la SER me iba a dar la oportunidad de asistir al vendaval descalificatorio desatado contra esta radio por el simple hecho de haber anticipado un puñado de noticias definitivas sobre el esclarecimiento de la autoría del atentado de Madrid. ¿Había otra alternativa? ¿Acaso ocultar la información? Nadie de los que descalifican a la SER ha dicho por qué, atendiendo a qué razón de Estado o a conveniencia de quién.

Lo único profesionalmente inquietante es el juicio que se puedan formar los que no siguieron el trabajo de la SER y sólo lo conocen por la versión de otros medios o la que propaga una determinada formación política. Cada cual es libre de militar en un partido u otro, y leer o escuchar el medio de su preferencia. Pero todo ciudadano se debe un respeto a sí mismo, no renunciando jamás a formar criterio propio sobre lo que pasa. La simpatía que alguien tenga hacia un periódico o hacia una gran figura de la radio nunca debe llevarle a la adhesión incondicional. Puede ser letal, porque andan sueltos periodistas que se creen eso de que un periódico o una radio, o ellos mismos, pueden cambiar el curso de la historia. Yo estoy con Rajoy.