Enrique Múgica en el portal de la Casa de los Espejos

En la calle de Calvo Sotelo de Logroño, justo enfrente del colegio de los Maristas en el que estudié desde los cuatro años, había una casa, muy moderna para aquellos años 50, con un amplio portal de suelo de mármol cuyas paredes laterales eran dos espectaculares espejos que llegaban hasta el techo. A la salida de clase aprovechaba las ausencias del portero para colarme allí y contemplar embelesado la multiplicación de la imagen que se iba empequeñeciendo a diestra y siniestra como en la espiral de un sueño. Era como sumergirte en el pozo de Alicia o en aquella subyugante etiqueta de una botella de anís en la que había una figura sosteniendo una botella de anís en cuya etiqueta había una figura sosteniendo una botella de anís… Tanto se magnifican las experiencias infantiles que, cuando muchos años después conocí la Galería de los Espejos de Versalles, tuve la sensación de que, de pequeño, ya había estado allí.

A mediados de los 70, tras mi año de estancia en los Estados Unidos y la muerte de Franco, volví unas cuantas veces a aquel portal porque la que entonces era mi novia vivía en ese inmueble. Fue allí donde conocí a un hombre avasalladoramente cordial de melena aleonada y efigie de emperador romano sobre quien ya flotaba una leyenda oscura y fascinante. Enrique Múgica Herzog se había casado con la hija del dueño o al menos promotor de la Casa de los Espejos y de su mano había hecho el tránsito del Partido Comunista al Partido Socialista tras su tercer o cuarto paso por la cárcel.

Yo me dedicaba ya al periodismo político en ABC y conocía los antecedentes de los disturbios estudiantiles del 56 que habían provocado la primera gran crisis del régimen con la salida del Gobierno de Ruiz-Giménez y las detenciones de jóvenes idealistas como Sánchez Dragó, Tamames o Múgica. También estaba al tanto del mucho más reciente Pacto del Betis mediante el que los socialistas vascos, encabezados por Nicolás Redondo y el propio Múgica, habían ayudado a los andaluces a elevar a la Secretaría General del partido en el congreso de Suresnes a un tal Felipe González, alias Isidoro.

Todo ello, unido a su ascendiente judío -aquel hombre parecía un vademécum de los fantasmas del franquismo-, me hicieron sentir una enorme atracción por el personaje. Nos hicimos amigos paseando por las calles de Logroño durante las vacaciones. Él defendía la socialdemocracia, yo el liberalismo. Él argumentaba con Le Monde, yo le replicaba con The New York Times. Él me hablaba de Indalecio Prieto, yo de Bobby Kennedy.

Nuestra relación me sirvió de puerta de entrada a los vericuetos y dramatis personae de aquel PSOE por el que Alemania y los propios Estados Unidos apostaban como aglutinante de la izquierda democrática española. No sé si directamente fue quien me lo presentó, pero desde luego sí el inductor de las buenas relaciones que durante casi 10 años mantuve con González, hasta que pasó lo que pasó. Como número dos de facto del partido -Guerra sólo llevaba aún la Secretaría de Información-, Múgica era el responsable de sus relaciones políticas y el interlocutor con todos los organismos unitarios de la oposición. Era flexible y moderado, pero sabía dar el puñetazo sobre la mesa a tiempo. Recuerdo, como si fuera hoy, el día en que anunció en el domicilio de Joaquín Satrústegui en la Castellana que su partido abandonaba la llamada Comisión de los Doce que negociaba con Adolfo Suárez, como respuesta a la legalización del llamado PSOE Histórico. Si los cachorros del régimen querían hacer un doble juego, con la herencia de Pablo Iglesias de por medio, ellos rompían la baraja.

Durante unos meses fueron oficialmente el PSOE Renovado, pero en junio del 77 las urnas zanjaron para siempre la cuestión después de que los brazos en alto y los puños cerrados convivieran esperpénticamente -tal era la amalgama concitada en torno a aquel revival– en algunos mítines del PSOE Histórico. Con González convertido ya en líder de la oposición, Múgica se consolidó como la figura de referencia del ala derecha del PSOE, es decir, quien preconizaba antes que nadie todo lo que el partido terminó haciendo en cuestión de pocos años: aceptar la Monarquía, abandonar el marxismo, cambiar de opinión sobre la OTAN.

Lo que más me atraía de Múgica era la pasión que ponía en la defensa de sus ideas, la demostración diaria de que se podía ser emocionalmente racionalista. También tengo grabadas en la retina las lágrimas de desconsuelo que surcaban sus mejillas en el vestíbulo del Palacio de Exposiciones y Congresos aquella noche de mayo del 79 en que el tridente radical formado por Gómez Llorente, Pablo Castellano y el rector Bustelo ganó la votación contra el abandono del marxismo y forzó la dimisión durante unos meses de González y su equipo.

Como presidente de la Comisión de Defensa del Congreso de los Diputados, Múgica se ocupaba también de guiar la nave del PSOE en un mar tan proceloso como el de las Fuerzas Armadas de la época. Nunca sabremos cuáles fueron los términos exactos de la conversación durante el almuerzo que tuvo lugar en Lérida con el entonces gobernador militar Alfonso Armada y en el que, además de Múgica, estuvieron presentes el líder del PSC Raventós y el alcalde de la ciudad Ciurana. Cuando poco después se desencadenó el 23-F, varios de los golpistas alegaron que los socialistas habían preconizado en ese encuentro «un golpe de timón» y el nombre de Múgica apareció en el hipotético gobierno de concentración que el durante mucho tiempo hombre de confianza del Rey pretendía encabezar.

Aunque durante el juicio él negó como testigo tales acusaciones y sólo Pujol vendría a corroborarlas en sus Memorias mucho tiempo después -según Múgica, en venganza por su firmeza frente a la deriva soberanista del nacionalismo catalán-, la sombra de la sospecha le dejó fuera de juego el suficiente tiempo como para impedirle formar parte del primer gobierno formado por González tras su aplastante triunfo de octubre del 82. Para él fue muy frustrante comprobar cómo, quien tanto había contribuido a desembarcar en Normandía, se veía privado de la gloria de desfilar en París.

Poniéndole como siempre al mal tiempo buena cara, Múgica se entregó entonces con ahínco a otra de sus grandes causas: el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel. Tras unos años de sordo pero eficiente trabajo en comandita con el teórico representante en Madrid ante la Organización Internacional del Turismo, Samuel Haddas, y tras la creación de la Sociedad de Amistad España-Israel -de cuya primera directiva formé parte-, el objetivo se alcanzó en 1986, proporcionando a Múgica una de las grandes alegrías de su vida.

Su peculiar y, en cierto modo, churchilliana travesía del desierto -seguro que el perro negro de la depresión también le asaltó en algún momento- concluyó dos años después cuando Felipe González le encomendó la cartera de Justicia. Múgica ya era por fin ministro y en un tiempo tan turbulento como ese cambio de década en el que se descubrió la implicación gubernamental en la trama de los GAL, él logró dejar su impronta como jurista en leyes tan importantes como la de Demarcación y Planta o la de Sociedades Anónimas, sin que su trayectoria democrática se viera emborronada por ningún trabajo sucio del estilo de los asumidos por sus coetáneos Corcuera, Leopoldo Torres o Javier Moscoso.

Aunque su paso por el ministerio coincidió con la crisis inducida de Diario 16 y el arrollador nacimiento de EL MUNDO como un «Yo Acuso» colectivo -qué lástima que aquel gran equipo vaya mermando por las bajas voluntarias-, nunca en esos tres años hubo un solo conflicto entre Múgica y la prensa crítica al felipismo. Es muy significativo que fuera su sucesor, Tomás de la Quadra, quien se prestara a canalizar la irritación del nuevo régimen mediante aquel proyecto de Ley Mordaza que la pérdida de la mayoría absoluta en el 93 hizo decaer.

El gran acierto político de la gestión del Múgica ministro fue la dispersión de los presos de ETA por las cárceles de toda España. Vasco o, para ser más exactos, guipuzcoano y donostiarra hasta la médula y buen conocedor de los rituales de toda organización clandestina, nadie como él para tomarle la medida a este frente decisivo para la actividad de la banda. Con toda propiedad puede decirse que las disensiones internas que cuartean hoy el planeta etarra son el fruto aplazado de aquella sabia medida.

No en vano el reagrupamiento de presos se convirtió enseguida en una de las banderas más tenaces de la izquierda abertzale y no pocos han interpretado el asesinato de Fernando Múgica Herzog en 1996 como una venganza de ETA, golpeando al ya ex ministro donde más podía dolerle: en su familia. El ángel fieramente humano que, evocando a su admirado Blas de Otero, siempre ha llevado consigo Enrique Múgica, afloró ante la tumba de su hermano. Después de tantos años de rendiciones póstumas, su «Ni olvido, ni perdono» nos reconcilió por un instante con la voz del corazón y el ansia de justicia.

No faltaron quienes alegaron que este trauma personal podía ser una rémora a la hora de ejercer las funciones de Defensor del Pueblo cuando en el año 2000 -poco después de haber revalidado por octava vez su escaño por Guipúzcoa- fue designado para el cargo por el Gobierno de Aznar, previo acuerdo con el PSOE. Bien al contrario, los hechos demostraron que esa terrible experiencia le proporcionó la empatía necesaria para ponerse en el lugar de las víctimas durante el periodo crítico en el que, ya con Zapatero en el poder, su memoria y su dignidad estuvieron a punto de ser sacrificadas en el ignominioso altar de una negociación política con la banda.

Pocas entrevistas tan memorables hemos publicado en la historia de este periódico como aquella que, firmada por Esther Esteban, apareció en nuestra portada el 12 de febrero de 2006. Las frases de Enrique Múgica que sirvieron de titulares no podían ser más elocuentes: «El fin de ETA que exigimos es la rendición incondicional. Tiene que haber vencedores y vencidos… El único diálogo que cabe es el de la escoba con la basura».

En esa misma conversación, el ya confirmado como Defensor del Pueblo para un segundo mandato, adelantaba que si en el nuevo Estatut había elementos que atentaran «contra los derechos de los españoles» -aún no se había agotado el trámite parlamentario-, interpondría recurso de inconstitucionalidad. Dicho y hecho. Enrique Múgica recurrió nada menos que 112 artículos y cuatro disposiciones adicionales del texto que el Gobierno aseguraba haber dejado «limpio como una patena» tras su paso por el Congreso. En unas declaraciones publicadas hace bien poco en El Siglo explicaba el sentido profundo de su gesto: «Para mí, la Constitución no es un punto de partida, sino el punto de llegada de tantos años de lucha y de combate por la libertad».

Su beligerante independencia le mereció la inquina de los nacionalistas y le dejó marcado ante los ojos del propio partido del que procedía. Ésta es la auténtica clave de su no renovación para un tercer mandato. Es verdad que, cumplidos ya los 78 años, la edad era un hándicap, pero Alberto Oliart acababa de ser designado, pasados los 80, para un sillón mucho más caliente como el de la presidencia ejecutiva de RTVE. Múgica se sentía con fuerzas para seguir y así lo manifestó ante varios medios más o menos próximos al Gobierno.

Fue inútil, él apelaba a la memoria de la lucha antifranquista y al espíritu de la Transición y se encontró con que ni en el poder ni en la oposición quedaba ya nadie generacional o intelectualmente sensible a esos argumentos. A diferencia de lo que ocurre con los vocales del Poder Judicial o los jueces del Constitucional, el Defensor del Pueblo cesa automáticamente al finalizar su mandato. Eso es lo que ocurrió el pasado 30 de junio: más de medio siglo de implicación en la vida pública concluía de forma un tanto abrupta y poco menos que entre la indiferencia general.

Esto no es un obituario anticipado porque su brío indomable garantiza que hay Enrique Múgica para rato, pero sí un homenaje personal a un verdadero grande de España. Porque tal vez no haya logrado como Havel «convertir su vida en una obra de arte», pero estoy seguro de que la próxima vez que, con los pies o con el recuerdo, vuelva a aquel querido portal de la Casa de los Espejos, Enrique Múgica se sentirá reflejado tanto a su izquierda como a su derecha en múltiples imágenes del pasado de las que podrá sentirse simultánea y coherentemente orgulloso. Él mismo no es consciente de hasta qué punto ese es un privilegio al alcance de muy pocos. ¡Ah, la Tercera España de Alcalá Zamora y Azaña, de Marañón y Ortega, de Madariaga y Unamuno, de Paco Ordóñez y Joaquín Garrigues, de Ruiz Giménez y de Múgica!

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.