Enseñanzas británicas

Hay dos formas de ser conservador. Al estilo David Cameron y al estilo Mariano Rajoy. Dos conservadurismos diferentes, dos países diferentes. El primero no es necesariamente mejor en todos los aspectos que el segundo, de la misma manera que la socialdemocracia italiana y la española o el nacionalismo catalán y vasco no son exactamente iguales. Pero el caso de Cameron es interesante porque ha decido ganarse su futuro político maniobrando dos palancas de mando al tiempo: la inmigratoria y la territorial. Con la primera intenta ganarse adeptos en el ala más dura del tradicionalismo británico, pero curiosamente, con la segunda revoluciona las bases territoriales de lo que ha sido, hasta hoy, el Reino Unido de la Gran Bretaña. En este caso, empeñado en proseguir la política de devolution, es decir, de transferencia de poder desde el Gobierno central a otros ámbitos del poder político, Cameron ha ido más lejos de lo que se esperaba. Por una parte, aligera la presión del independentismo de Escocia, proponiendo nuevas medidas que hagan atractivo permanecer en la Unión. Más capacidad de gestionar impuestos y nuevas competencias, además de un respeto escrupuloso hacia el componente nacional escocés. Muchos analistas españoles se han puesto a comparar las competencias de Escocia y de Catalunya: no hay color, dicen. Catalunya tiene más. Y es cierto. Pero este juicio queda huérfano tanto en cuanto no se valora en manera alguna el respeto del Gobierno británico a la realidad plural nacional de Gran Bretaña que lleva, entre otras cosas, a que Escocia pueda disponer de una selección deportiva propia al margen de la de Inglaterra. Para entender mejor esto, pensemos en una fórmula matemática con dos variables: competencias y derechos simbólicos derivados de la idea nacional. Si la primera es multiplicada por 3 en el caso escocés y, pongamos que por 7 u 8 en el catalán, la segunda es multiplicada por 10 en el caso escocés y por cero en el catalán. Lo que se gana en un extremos se pierde definitivamente en el otro. De tal manera que la sutil combinación que ha encontrado Cameron para responder a la inquietud escocesa no ha sido otra que la sabia mixtura de respeto de la realidad nacional y de aumento de las competencias fiscales y gubernativas de los territorios de la Unión.

Pero Cameron no sólo ha decidido iniciar una revolución en la escala territorial, que a medio plazo puede conducir a una federalización del país. Otro movimiento, menos conocido pero muy relevante, está agitando las aguas de la organización política británica. Los acuerdos de devolución de competencias están firmándose nada menos que entre el Gobierno central y las autoridades metropolitanas del país. El último gran acuerdo fue firmado en el mes de noviembre con la Greater Manchester Combined Authority (GMCA), organismo nacido en el 2011 de la unión de diez instituciones metropolitanas que afectan a 2,5 millones de personas y que, gracias a este acuerdo, contará con un superalcalde elegido entre toda la ciudadanía. Así pues, Cameron está revolucionando la manera de gobernar el Reino Unido con dos presiones combinadas: por una parte una devolución regional hacia las naciones de Escocia, Gales e Inglaterra y por otra una no menos revolucionaria devolución de poder a la escala metropolitana. Cameron somete así al poder británico a una deconstrucción triple: por una parte, intenta recuperar competencias ahora en manos de la Unión Europea como movimiento táctico ante el ascenso de los radicales de la UKIP, pero por otra somete a ese mismo poder británico a un desinflado en dos escalas subestatales: la nacional y la metropolitana. Esto no es tacticismo, es estrategia. Y he aquí la inevitabilidad de la comparación del conservadurismo de Cameron y de Rajoy. A diferencia de Cameron, Rajoy no propone ninguna re/devolución en la estructura del poder político-territorial español. Tampoco Pedro Sánchez se esmera. Sus propuestas de federalismo no pueden compararse con el proyecto que hace poco presentó Ed Miliband, laborista, de crear un Senado de Ciudades, un nuevo senado que sustituyera a la segunda cámara, la de los Lores, del Reino Unido. Sus declaraciones deben ser leídas con atención: “Haremos de la segunda cámara del Parlamento un auténtico senado de regiones y de naciones de todo nuestro país”. La desenvoltura con la que los británicos abordan el problema territorial sin obviar palabras aquí tabúes es un indicador de cómo España es, todavía, diferente. Y sus políticos conservadores más todavía.

Josep Vicent Boira, profesor de la Universitat de València.

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