Enseñanzas del fútbol para la economía de Europa

Aunque los dirigentes europeos siguen sin encontrar una solución para la crisis del euro, sus fundamentos no son difíciles de discernir. En realidad, la experiencia reciente de Europa en el fútbol –concretamente en la Copa de Europa de 2012 y en la Copa del Mundo de este año– brinda ideas sobre cómo revitalizar la economía europea y abordar su más profundo problema de identidad.

El 28 de junio de 2012, cuando los dirigentes políticos europeos se reunieron en Bruselas en medio de una gran incertidumbre sobre la supervivencia de la zona del euro para negociar la formulación del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE), Alemania jugaba con Italia en un partido de semifinales en Varsovia. Dos goles marcados por Mario Balotelli dieron la victoria a Italia y ascendieron a Balotelli a la categoría de gran estrella.

En un momento políticamente tan delicado, una victoria alemana podría haber desencadenado una rencorosa reacción nacionalista en la Europa meridional. En cambio, animado por la victoria de su país, el tecnócrata Pimer Ministro de Italia, Mario Monti, aliado con el Primer Ministro de España, Mariano Rajoy, presionó a la Canciller Angela Merkel para conseguir un acceso más fácil al apoyo del MEDE… y logró otra importante victoria para su país.

Durante un momento breve, Montí acompañó a Balotelli como héroe nacional. Los medios de comunicación italianos se apresuraron a vincular a los dos “super-Marios” con fotomontajes que mostraban al Primer Ministro con el idiosincrásico corte de pelo de mohicano del jugador de fútbol. El mensaje –tanto del campo de fútbol como de la sala de las negociaciones– fue el de que había un camino rápido y fácil a la victoria, se podían resolver problemas complejos con un argumento brillante y las grandes estrellas individuales eran la clave para el éxito.

La Copa del Mundo del Brasil fue algo muy diferente. Esa vez, los alemanes ganaron, al eliminar, con un espectacular despliegue de fuerza, por 7-1 al país anfitrión, el Brasil, en el partido de la semifinal y triunfar con 1-0 sobre la Argentina en la final.

Los desilusionados seguidores de los equipos derrotados interpretaron los partidos desde el punto de vista de las personalidades. El Brasil y la Argentina tenían largas historias de grandes estrellas: Pelé, Garrincha, Ronaldo, Alfredo Di Stefano y Diego Maradona. En la semifinal, el Brasil pareció paralizado sin su héroe, Nyemar, que llevaba el mismo número que Pelé, pero había resultado herido de consideración en el partido anterior. En la final, los argentinos creyeron que el mejor jugador del mundo, Lionel Messi, llevaría a la victoria sin lugar a dudas al equipo nacional.

Naturalmente, el equipo alemán tenía muchos buenos jugadores, pero, en lugar de grandes estrellas, estuvieron conjuntados, pasándose el balón constantemente y brindando unos a otros oportunidades para marcar.

La actuación de Alemania en la Copa Mundial fue una brillante demostración de la importancia de las reformas profundas y a largo plazo. A comienzos del decenio de 2000, el fútbol alemán era aburrido. Los héroes de Alemania procedían de un pasado distante.

Resultaba fácil  hacer una analogía entre una actuación ineficaz y trivial en el estadio y el estado general del país. En aquel momento, se consideraba a Alemania la enferma de Europa, con su propensión a proteger intensamente los mercados laborales. Era necesaria una reorganización.

Eso es lo que hizo en 2004  el nuevo entrenador del equipo nacional de Alemania. Aparte de una táctica más dinámica, su nueva estrategia radical representó una revolución fundamental en la formación y la capacitación para los deportes, con programas que seleccionaron y propulsaron a prometedores jugadores jóvenes de los equipos de la liga nacional de Alemania. Dicho de otro modo, fue una estrategia a largo plazo.

Por fortuna, la dirección del equipo lo entendió y perseveró, pese a la falta de resultados a corto plazo. El ayudante del entrenador Klinsman, Joachim Löw, lo sucedió y pasó a ser el arquitecto de su preparación para el campeonato de 2014.

La revolución en el fútbol de Alemania se reflejó en la economía. A comienzos de 2003, el Canciller Gerhard Schröder, socialdemócrata, lanzó una serie de reformas encaminadas a aumentar la flexibilidad del mercado laboral y, más en general, poner los cimientos para la prosperidad a largo plazo.

Pero ese planteamiento orientado hacia el futuro tuvo consecuencias políticas graves a corto plazo, pues Schröder perdió las siguientes elecciones y la popularidad de su partido disminuyó considerablemente. Ni Schröder ni Klinsmann consiguieron la condición de grandes estrellas, pero aplicaron las reformas necesarias.

Hay otras enseñanzas que los alemanes y los europeos pueden aprovechar de esas experiencias. Una se refiere a la integración de los extranjeros. Todos los más importantes equipos europeos, incluido el de Alemania, dependen de jugadores de origen extranjero. En el partido del Brasil, Miroslav Klose, cuya familia procede de Polonia, llegó a ser el mayor goleador de la historia de la Copa del Mundo. El medio ghaneano Jerôme Boateng fue un pilar de la defensa alemana y Mesut Özil, que es de origen turco, hizo varios preciosos pases largos. Incluso Balotelli, gran estrella de Italia en la Copa de Europa de 2012, es hijo de inmigrantes ghaneanos.

Pero la enseñanza más importante es la de que no hay soluciones rápidas ni mágicas. Una actuación excepcional por parte de una gran estrella del fútbol puede ser hermosa –e incluso inspiradora– del mismo modo que los mecanismos de rescate y los planes de estímulo pueden reanimar los mercados e infundir esperanzas, pero sus repercusiones son fugaces.

El éxito sólido y persistente a largo plazo requiere medidas innovadoras centradas en la construcción de fundamentos sólidos. Europa necesita ese planteamiento, que comprende ajustes y programas microeconómicos que promuevan la movilidad, la flexibilidad y la innovación. Si otros europeos emularan el modelo alemán, Europa empezaría a parecer un equipo de campeonato y jugar como tal.

Harold James is Professor of History and International Affairs at Princeton University, Professor of History at the European University Institute, Florence, and a senior fellow at the Center for International Governance Innovation. A specialist on German economic history and on globalization, he is the author of The Creation and Destruction of Value: The Globalization Cycle, Krupp: A History of the Legendary German Firm, and Making the European Monetary Union.Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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