Entendiendo bien la globalización

La evidencia reciente sugiere que gran parte del mundo entró en un período de baja volatilidad del mercado financiero. Pero estos no son tiempos de autocomplacencia; es probable que tengamos más días turbulentos por delante.

En los últimos 25 años, la rápida globalización impulsada por la tecnología -y caracterizada por la integración física y virtual de la economía global, incluyendo la apertura de los mercados mundiales- ha contribuido al incremento más veloz en los ingresos y la población en la historia. Pero, si bien la globalización ha creado una oportunidad sin precedentes, también ha dado lugar a una nueva forma de riesgo sistémico que amenaza con devastar a las instituciones políticas y las economías nacionales.

El riesgo sistémico es intrínseco a la globalización. Una mayor apertura e integración necesariamente aumentan la posibilidad de que estallen crisis y se amplifiquen las sacudidas.

A medida que los individuos y las sociedades se vuelven más ricos, el contacto entre ellos se vuelve más estrecho -virtualmente, a través de las tecnologías de la comunicación, y físicamente, a través del crecimiento de la población, la urbanización y el turismo-. Mientras tanto, el creciente consumo de productos como alimentos, energía y medicamentos mejora las externalidades, o los efectos de derrame, de las opciones individuales, a la vez que la conectividad de los sistemas globales hace crecer el espectro y el impacto de estos efectos.

Por ejemplo, tomar un antibiótico puede ser una decisión individual racional. Pero cuando miles de millones de personas toman antibióticos, y los productores de ganado los utilizan para mejorar la eficiencia, suelen volverse ineficientes. La misma paradoja se aplica al uso de la energía, debido al impacto destructivo de las emisiones de carbono en gran escala. El consumo de necesidades básicas como alimentos (cuya producción puede tener consecuencias ambientales importantes) y agua (dados los suministros limitados) tampoco está exento.

Es más, una mayor apertura e integración de los mercados, impulsada por el rápido cambio tecnológico, está exacerbando las divisiones entre las sociedades y al interior de ellas. Quienes se pierden el tren de la globalización al principio por lo general no pueden alcanzarlo más tarde.

Hoy en día, los desafíos más apremiantes del mundo -desde el cambio climático hasta los delitos cibernéticos- cada vez más trascienden las fronteras nacionales, lo que hace que resulten extremadamente difíciles de encarar de manera efectiva. Peor aún, pueden tener un efecto de cascada en el que, digamos, una pandemia o ciberataque provoca una crisis financiera o política e impone costos desproporcionados a quienes menos pueden afrontarlos. Los vectores de la conectividad -como Internet, los mercados financieros, los aeropuertos centrales o los centros de logística- facilitan la “súper propagación” de los efectos de la globalización, tanto positivos como negativos.

Si bien los riesgos sistémicos generados por la globalización no se pueden eliminar, sí se pueden mitigar, si los líderes mundiales trabajan en conjunto y aprenden de los errores pasados. Desafortunadamente, ninguna de las dos cosas parece factible.

Por empezar, la política nacional en países clave se está apartando en gran medida de la cooperación, y la creciente desigualdad y fragmentación social hacen que a los gobiernos, especialmente en las democracias, les cueste tomar decisiones difíciles. Al mismo tiempo, las poblaciones están rechazando las instituciones regionales y globales. Europa, por ejemplo, está siendo testigo de un creciente respaldo a partidos nacionalistas, como el Partido de Independencia del Reino Unido de Gran Bretaña, y de reclamos cada vez más estridentes de autodeterminación, como en Escocia y Cataluña

Otra cosa que resulta igualmente problemática es que el mundo, en gran medida, todavía no aprendió de la consecuencia más obvia y de mayor alcance de la globalización: la crisis financiera de 2008. Si bien es imposible salvaguardar el sistema en su totalidad, una regulación sólida y una supervisión efectiva podrían haber impedido la crisis, o al menos reducido su impacto en la vida de millones de personas. El problema fue que los bancos centrales, los ministros de Finanzas y las organizaciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional -los pilares del marco institucional de la economía global- no entendieron las características y los efectos emergentes de la globalización, en parte debido a la dificultad a la hora de discernir los cambios estructurales en la gigantesca masa de datos hoy disponibles.

En este sentido, la crisis debería haber servido como un llamado de alerta que impulsara al sector financiero, a los responsables de las políticas y a las organizaciones multinacionales a tomar medidas para mejorar la estabilidad sistémica. Pero, a pesar de emplear decenas de miles de economistas sumamente bien formados cuyo trabajo principal consiste en determinar cómo proteger mejor al sistema financiero de los efectos desestabilizadores de la globalización, estas instituciones hoy parecen estar inclusive menos dispuestas a tomar medidas que antes de la crisis.

Esto es particularmente válido en las economías avanzadas, donde la merma de las reservas financieras y la parálisis política están impidiendo inversiones constructivas en áreas como infraestructura y educación, que les pueden permitir a los ciudadanos sacar provecho de los beneficios de la globalización. Para colmo de males, algunos de estos países han reducido sus aportes y su compromiso con la reforma de las instituciones regionales y globales, lo cual es esencial para manejar los riesgos sistémicos.

En este contexto, no sorprende que los ciudadanos comunes se sientan inseguros sobre el futuro y frustrados con sus gobiernos, que hasta el momento no lograron protegerlos de los efectos colaterales de la globalización. Pero arrebatarles poder a las instituciones regionales e internacionales -por más oscuras y distantes que puedan parecer- no haría más que agravar el problema, ya que reduciría la capacidad de guiar las tendencias supranacionales que están dando forma al futuro del mundo. Hace falta más cooperación, no menos, para manejar la creciente complejidad e integración.

Es hora de que nuestros líderes reconozcan los nuevos riesgos sistémicos y trabajen en conjunto para mitigarlos. De lo contrario, el pasado reciente será el prólogo y esos riesgos posiblemente se lleven lo mejor de la economía global.

Ian Goldin, Director of the Oxford Martin School, Professor of Globalization and Development at the University of Oxford, and Vice-Chair of the Oxford Martin Commission for Future Generations, is the co-author of The Butterfly Defect: How Globalization Creates Systemic Risks, and What to Do about It.

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