Entre ‘Green Book’ y ‘Una cuestión de género’

En un año en el que el debate sobre la política social ha hecho correr ríos de tuits, dos películas americanas nos han recordado la desigualdad imperante en Estados Unidos hace unas décadas. La primera, la oscarizada Green Book, nos guía a través de los últimos años del segregacionismo en la gira que realiza, por el Sur profundo, Don Shirley –interpretado por Mahershala Ali-, el genio de la música clásica afroestadounidense, compositor y pianista.

El sufrimiento del artista, recibido en los mejores lugares para tocar, pero discriminado sin alojarse en hoteles “de blancos”, sin sentarse a la mesa de los locales donde actuaba, sin usar los baños de las casas donde tocaba, se ahogaba a diario en una botella de whisky.

The Negro Motorist Green Book realmente existió y contenía el listado de los lugares donde podían alojarse y comer los afroamericanos, algo así como una guía turística para ellos. Aunque parezca que esto debería remontarse a hace siglos, la gira tiene lugar en 1962, meses antes de que, en junio de 1963, Kennedy presentara un proyecto de Ley de Derechos Civiles, que promovió la situación actual, con la inclusión de medidas como la protección del derecho al voto y el derecho de los ciudadanos afroamericanos a acceder libremente a todos los locales públicos.

Este cambio legal tuvo sus avatares políticos y sociales y, probablemente, quienes lo defendieron no estaban plenamente convencidos de que debiera ser así . En gran medida, intervino ese principio vigente durante todas las épocas, que es el de la oportunidad política.

De hecho, el historiador Michael Beschloss narra una anécdota que es el claro exponente de que esto fue así en este caso. El 12 de febrero de 1963, apenas cuatro meses antes de la presentación del proyecto de ley, los Kennedy celebraron una recepción para la comunidad afroamericana en la Casa Blanca con motivo de la onomástica de Lincoln, a la que acudieron 800 personas de color, cifra que duplicaba el número de negros que habían pisado la residencia presidencial, desde su habilitación para estos fines en el año 1800. Probablemente, el fin de esta convocatoria fuera “propagandístico”.

Los Kennedy eran conscientes de que no estaban cumpliendo con sus propuestas electorales en lo relativo a los derechos civiles y la segregación era uno de los principales problemas de la sociedad estadounidense. La violencia era cada vez mayor y los movimientos sociales cada vez tenían más voz.

Cuentan que, en esta velada de febrero, el Presidente ordenó que echaran de la Casa Blanca a Sammy Davis Jr., que acudió acompañado de su esposa, la actriz y fotógrafa sueca Mai Britt, prototipo de mujer rubia y de piel pálida. Kennedy se mostró sorprendido porque él, personalmente, había tachado al cantante de la lista de invitados.

El showman -Sammy Davis Jr. era hijo de un afroamericano y una cubana- le había apoyado en su campaña y era íntimo amigo de su cuñado, Peter Lawford. No había nada personal en ello, pero recibir a un matrimonio mixto en la Casa Blanca era traspasar la línea que los demócratas sureños -de los que dependía en parte su reelección- estaban dispuestos a tolerar.

Volviendo a Green Book, la posición de los Kennedy se vislumbra, además de en el retrato del momento sociopolítico, en una escena en la que el Profesor Don Shirley, tras ser detenido por mantener relaciones homosexuales en instalaciones reservadas para los blancos, hace una llamada desde las dependencias policiales. Al poco tiempo, el jefe de la policía recibe instrucciones de dejarle en libertad por petición expresa de su amigo el Fiscal General Bobby Kennedy, a quien había telefoneado el músico.

El título de la segunda película, ha sido traducido al español como Una cuestión de género. Felicity Jones da vida en la pantalla a Ruth Bader Ginsburg, la prestigiosa abogada, nombrada en 1993, por Clinton, magistrada del Tribunal Supremo estadounidense.

Ginsburg, casada y con una hija, sufrió la discriminación de las primeras mujeres estudiantes en las facultades de Derecho, también en la década de los 60. Además, la padeció también al intentar incorporarse a las firmas de abogados a la altura de su formación y capacidad. También conoció las dificultades de la conciliación, pese a tener un gran apoyo en su marido Martin. En 1972, Ruth comenzó, junto a él, una lucha para conseguir que las mujeres pudieran disfrutar de los mismos derechos que los hombres en Estados Unidos y actuar frente a los casos de discriminación por cuestiones de género.

La peculiaridad de la película estriba en que, en esta liza, su cliente era un hombre. Se entendía que el cuidado de familiares (de los padres en concreto), estaba destinado a las mujeres, siendo incomprensible para el legislador y la judicatura estadounidenses que un hombre dedicara su vida a ocuparse de sus progenitores enfermos. Es emocionante la denuncia de la desigualdad entre hombres y mujeres en aquella época en la que, en todos los países, se consideraba algo normal.

Especialmente estremecedor es el momento final de la película, en el que, un magistrado del Tribunal Supremo –del que veinte años más tarde Ruth Bader formaría parte-, le alerta sobre la inexistencia de la palabra “mujer” en la Constitución. Ella responde que tampoco la palabra “libertad” está escrita en el texto legal.

Décadas después y con un cambio de siglo de por medio, nadie se cuestiona que ningún partido político pretenda adueñarse y apropiarse de la igualdad étnica. Es más, quienes postulan posiciones racistas son tratados como extremistas, al margen de los posicionamientos y valores democráticos. Nadie se cuestiona ya estas premisas. La igualdad por razón de raza (de etnia para ser más exactos) está asimilada.

Sin embargo, la igualdad de género sigue siendo un debate permanente. Simone de Beauvoir dijo: «No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida».

A veces, tendemos a querer dar respuestas. En otras ocasiones, tendemos a plantear interrogantes. Y con este paralelismo y esta reflexión les dejo una pregunta para que piensen: ¿Dónde está la diferencia? ¿Qué motiva que un país, que toma ambas luchas como referencia en el mismo momento histórico, haya tenido antes un presidente negro que una presidenta?

Cruz Sánchez de Lara es abogada, presidenta de Thribune for Human Rights y miembro del Consejo de Administración de EL ESPAÑOL.

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