Entre Irak y Afganistán

Cuando no se habían apagado aún los ecos de las convenciones de los dos grandes partidos, George Bush irrumpió en la campaña electoral con la primicia de una modesta retirada de tropas de Irak (unos 8.000 hombres) que concluirá en febrero, con un nuevo presidente instalado en la Casa Blanca. También anunció el envío de refuerzos a Afganistán, donde los 50.000 soldados de la OTAN (33.000 norteamericanos) se muestran incapaces de derrotar a la insurgencia de los talibanes y sus aliados de Pakistán. ¿Primer paso para un cambio de escenario bélico?, se pregunta la prensa de EEUU. Aunque el gran público no desea oír hablar de Irak, como admiten los demócratas, el maquillaje electoral y la percepción popular de que aquel país se estabiliza favorecen al senador John McCain, conspicuo abogado de la guerra y del aumento de tropas hasta su nivel actual (146.000 hombres). Por contra, el reconocimiento de que la situación en Afganistán es cada día más peligrosa da la razón al senador Barack Obama, defensor de un traslado del frente bélico más al este e incluso de un bombardeo contra santuarios pakistanís, según propuso como si se tratara de Vietnam.

Un reputado especialista del Centro de Estudios Estratégicos de Washington, Anthony H. Cordesman, resumió y simplificó la situación: «Estados Unidos está ganando una guerra impopular en Irak y perdiendo otra popular en Afganistán». Si la inmensa mayoría de los norteamericanos no aciertan a situar en el mapa a Afganistán, calificar de popular aquella contienda puede parecer un sarcasmo cuando esa presunción se acompaña de un pronóstico sombrío: serán necesarios cuatro o cinco años para organizar un ejército y una policía capaces de replicar al desafío del fanatismo islámico.

El conflicto en esa región va para largo, aunque los norteamericanos y en mayor medida los europeos muestren escaso interés por lo que ocurre tan lejos, sobre todo si no está el petróleo claramente en juego o no se inflaman las pasiones que se nutren del inacabable conflicto árabe-israelí. El hecho de considerar la misión en Afganistán de «asistencia para la reconstrucción» es un eufemismo enrevesado para no excitar a los pacifistas, edulcorar los documentos de la ONU o tapar las incongruencias de situar en Asia las legiones de la OTAN concebidas para contener al extinto peligro soviético.

«Alemania descubre la guerra en Afganistán», titula el semanario alemán Der Spiegel. Hay que despertar del sueño pacifista, viene a decir. El mito de la ayuda es insostenible cuando la conflagración se extiende claramente a Pakistán y los talibanes multiplican los atentados y emboscadas hasta alcanzar un ritmo cotidiano. El que fue enviado especial de la Unión Europea en Afganistán, Francesc Vendrell, ha declarado en la BBC que la estrategia de los occidentales es «incoherente» y que el presidente Bush anda extraviado en su enfoque de la situación.
Para salir de Irak y trasladar las tropas a Afganistán, operación tan compleja y discutible como arriesgada, EEUU debe propiciar un debate en profundidad, inviable en medio de las urgencias electorales, y solicitar el concurso problemático de los aliados europeos. La seguridad mejora en Irak, como confirmó la entrega a los iraquíes por los norteamericanos del control de la provincia de Anbar, que hace un año era el corazón de la insurgencia. Pero el nivel residual de violencia es importante y la lucha por el poder regional, alimentada por el reparto del petróleo, ensombrece el panorama político. El primer ministro, el chií Nuri al Maliki, tiene que demostrar aún su determinación para prevalecer sobre la refriega sectaria.

Si los realistas en EEUU imponen su visión del mundo y de la diplomacia, como parece probable sea quien sea el nuevo presidente, el repliegue de Irak no es para mañana si quiere evitarse, como vaticina Henry Kissinger, «una calamidad geopolítica». Hay que asumir un conflicto prolongado en ambos frentes, porque los cambios políticos o de mentalidad no tienen prisa, y adquieren una lentitud exasperante en una región tan atrasada como Afganistán y las áreas fronterizas de Pakistán.

Al contrario que en Vietnam, los estrategas de Washington, que avizoran una cura de realismo tras el desastre intervencionista, solo conciben la retirada como corolario de un pacto político duradero. Los problemas tácticos como el nivel de tropas en cada momento o su traslado de frente solo pueden tener éxito dentro de un plan estratégico que pondere las revoluciones en gestación en un mundo que cambia vertiginosamente. Ni McCain ni Obama han expuesto un programa coherente y realista, hasta el punto de que en el análisis de Cordesman aparecen ambos «actuando en el equivalente político del teatro del absurdo».

Bush carece de un plan viable para afrontar la guerra en dos frentes, añeja pesadilla del Pentágono, como le reprocha The New York Times. Pero la revisión de los planes de la OTAN en Afganistán no debería esperar al nuevo presidente porque cualquier retraso comprometerá el arduo propósito de liberar a aquel país del oscurantismo y la miseria, del ominoso modelo de un islam radical y expansivo que puede convertirse en el primer Estado abiertamente terrorista. Europa debería tomar la iniciativa.

Mateo Madridejos, periodista e historiador.