Entre Kissinger y Karaganov

«Dado que las guerras empiezan en las mentes de los hombres, es en las mentes de los hombres donde deben construirse las defensas de la paz».

En mis años en Nueva York solía pararme cada mañana en las escaleras que separan la primera avenida de las rejas de entrada en la ONU, antes de refugiarme en mi diminuto despacho en la tercera planta del palacio de cristal. Grabadas en la piedra están esas palabras de la constitución de la Unesco. Durante las últimas semanas, como en los meses anteriores a la invasión de Irak, he vuelto a sentir en la crisis de Ucrania que una avalancha de desinformación, propaganda, burdas mentiras y datos ciertos mal recuperados de la historia -que, como la religión, siempre sirve para justificar lo injustificable-, apenas dejaba un resquicio para la reconciliación y la paz.

En apenas 24 horas un artículo de Henry Kissinger en el Washington Post y otro de Sergey Karaganov en el Financial Times me han devuelto la esperanza de que no todo está perdido si mandan pronto callar a tanto nacionalista de uno u otro pelaje y a tanto neocon occidental desesperado por apuntarse victorias pírricas que casi siempre acaban en tragedias.

Para los internacionalistas del realismo político y para los estrategas de la Guerra Fría, Kissinger es una figura tan influyente en Occidente como Karaganov lo es en la ex Unión Soviética. Aunque en momentos diferentes, ambos se convirtieron en faros o guías para dirigentes de medio mundo necesitados de consejo.

Ambos, sobre todo Kissinger, tienen capítulos biográficos merecedores de las más duras condenas por los tribunales de justicia, pero en la vida internacional casi todos los que han ejercido la máxima responsabilidad antes o después han incurrido en violaciones graves de los derechos humanos.

A pesar de ello, evitaron los riesgos más graves de la Guerra Fría y supieron encauzar su final y el final del imperio soviético por derroteros sorprendentemente pacíficos, teniendo en cuenta lo que estaba en juego. Su voz y su experiencia, en crisis como la de Ucrania, exhalan una sabiduría, una neutralidad y una sensatez que ya quisiera para sí la mayor parte de los dirigentes actuales y sus flamígeros voceros.

«En mi vida he visto a los EEUU empezar cuatro guerras sin saber cómo terminarlas y de tres de ellas nos retiramos unilateralmente», escribía Kissinger el miércoles en el Washington Post. «La prueba de una política está en cómo termina, no en cómo empieza». A renglón seguido, ofrece la mejor vía de solución del conflicto, que sólo puede venir del reconocimiento y del respeto de los derechos e intereses de cada parte enfrentada.

  • Para que sobreviva y prospere, Ucrania no puede ser un enclave del Este contra el Oeste ni viceversa. Debería funcionar como un puente entre ambos.
  • Rusia tiene que aceptar que reconvertir a Ucrania en un satélite sería repetir la historia de tensiones permanentes con Europa y los EEUU.
  • Occidente debe comprender que, para Rusia, Ucrania nunca puede ser un país extranjero. La historia rusa empezó en Kiev…
  • La Unión Europea tiene que reconocer que su parsimonia burocrática y la subordinación de su estrategia a fuerzas locales en la negociación de las relaciones de Ucrania con Europa precipitaron la crisis. «La política exterior es el arte de establecer prioridades», añade, dando a entender que la UE no ha sabido hacerlo.

Tras un repaso pormenorizado de los orígenes y de la evolución de Ucrania desde la Edad Media, advierte que los EEUU y la UE no deben tomar partido por ninguna de «las dos alas» o facciones que se disputan el poder en Kiev desde la independencia. «Al tomar partido, han agravado la situación», señala.

Concluye pidiendo a sus sucesores al frente de la diplomacia occidental que dejen de tratar a Rusia como «una aberración a la que hay enseñar con paciencia las normas de conducta de Washington» y se esfuercen por comprender un poco la historia y la psicología de los rusos.

Como colofón, propone una solución a partir de los siguientes elementos:

  1. Reconocer el derecho de Ucrania a elegir libremente sus socios políticos y económicos, incluida Europa.
  2. Ucrania no debe integrarse en la OTAN. «Así lo dije hace ahora siete años, en la crisis anterior», reitera.
  3. Ucrania debe poder elegir libremente un gobierno compatible con los deseos de su pueblo y dirigentes ucranianos capaces (sabios, dice Kissinger) optarán acto seguido por la reconciliación entre las distintas parte de su país, manteniendo una posición internacional comparable a la de Finlandia: independiente, cooperando con Occidente en casi todo y evitan-do cuidadosamente cualquier hostilidad hacia Rusia.
  4. La anexión de Crimea es incompatible con las reglas del actual sistema internacional, pero hay que desactivar los elementos conflictivos, reconociendo la soberanía de Ucrania sobre el territorio, pero también una autonomía amplia y los derechos históricos de la Flota del mar Negro en Sebastopol.

El 5 de marzo, en el Financial Times, Sergey Karaganov, uno de los internacionalistas más prestigiosos de la ex Unión Soviética, iniciaba su análisis apuntando también a las percepciones, donde empiezan y terminan todos los conflictos. «El pueblo ruso no vio la desintegración de la URSS como una derrota, pero Occidente trata a Rusia como si hubiera sido derrotada», escribe. «El presidente Vladimir Putin ha estado intentando restablecer una alianza económica entre la mayor parte los países de la ex URSS para reforzar su competitividad y la inestabilidad que destruyó a la República de Weimar tras la disolución del imperio alemán, pero Occidente ha hecho casi todo lo posible para impedirlo».

Los dirigentes ucranianos -cada gobierno sucesivo más incompetente y corrupto que el anterior, según Karaganov-, en vez de conducir a su país hacia la prosperidad, ha buscado el poder enfrentando a Rusia con Occidente, «arañando favores a cambio de frágiles promesas de seguidismo» de unos y de otros. Yanukovich, añade, ha sido el último brujo de Kiev en ese juego chantajista, impresentable y peligroso.

El apoyo abierto, público y provocador de Occidente a las manifestaciones y a la violencia que siguieron al cambio de pareja en noviembre por el presidente ucraniano coincidió y reforzó, en opinión de Karaganov, una campaña antirrusa de propaganda y de calumnias desde hace más de un año. «Sobreviví a las últimas dos décadas de la Guerra Fría, pero no recuerdo tal avalancha de mentiras, que contaminaron de forma especialmente repugnante la victoria de Rusia y de sus atletas en los Juegos Olímpicos de Sochi», escribe.

Para los dirigentes rusos, explica el ex asesor principal de seguridad del Kremlin, el objetivo de esta campaña estaba claro: preparar una nueva política de contención. «Esto refrescó la memoria del doble rasero y de las mentiras que han caracterizado el comportamiento de Occidente durante los últimos 20 años», agrega. «Nos hizo recordar la expansión de la OTAN hacia el Este, desoyendo sistemáticamente las súplicas y las protestas de una Rusia debilitada. Si Ucrania se integrara en la Alianza, la posición estratégica de Rusia se volvería intolerable».

«Cuando todos los llamamientos a la OTAN resultaron inútiles, Rusia recurrió al puño de hierro, respondiendo en 2008 a un ataque de las tropas georgianas… Ucrania se declaró a partir de entonces un estado no alineado, pero altos cargos de la OTAN siguieron presionando». Cerrar los ojos a esta percepción rusa de lo sucedido sólo puede conducir al desastre. Para reconducir la crisis hacia la paz, Karaganov propone los siguientes pasos:

  1. Negociaciones trilaterales entre Ucrania, Rusia y la UE.
  2. Una estructura federal de Ucrania, volviendo del sistema presidencial al parlamentario, que permita a cada región elegir libremente su lengua y sus lazos culturales.
  3. Un control compartido de la propiedad y del control de los gasoductos entre Ucrania y sus vecinos.
  4. Libertad para que Ucrania participe en la unión aduanera de Rusia sin renunciar al acuerdo de asociación con la UE.

Como colofón, Karaganov recupera su viejo proyecto -que Mijail Gorbachov hizo suyo- de una gran Alianza de Europa desde Lisboa a Vladivostok, en la que el comercio y las personas se puedan mover libremente. «Debemos unir el poder blando de Europa con el poder duro y los recursos de Rusia», concluye.

Felipe Sahagún es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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