Entre la alegría y la meloncolía

Los últimos días de diciembre son una mezcla de congoja y de alivio; llegan a su extrema brevedad y no van quedando hojas en los árboles; la luz se acorta y se aceleran las sombras de cada noche más larga en este solsticio de invierno. Pero a la vez, en un arranque desde la extrema brevedad de la luz, reinicia invencible el sol su curso de gigante. En esta desembocadura del otoño en el invierno se sitúa la celebración de la navidad con minúscula y de la Navidad con mayúscula. El nacimiento de un ser humano constituye una de las «situaciones límite». Con esta expresión ( Grenzfragen) designó Jaspers las contingencias de las que no podemos salir ni podemos alterar, porque nos preceden, acompañan y determinan. Estamos insertos en ellas, sin poder saltar sobre ellas ni objetivarlas fuera de nosotros. La conciencia de ellas es, junto con el asombro ante la realidad para los antiguos y la duda para los modernos, el origen del filosofar. Situaciones límites de carácter negativo son, entre otras, el mal, la culpa, el azar, la muerte. Junto a ellas están las situaciones límite de carácter positivo. Entre estas, la primera es el nacimiento de un niño; luego la aparición del amor, la fidelidad absoluta, el perdón incondicional, la obra de arte lograda, la salida de una enfermedad grave que nos hace sentir como volviendo a nacer… Ante tales situaciones podemos cerrar los ojos o sentirnos llamados, respondiendo ante la Trascendencia y viéndonos como seres con vocación y responsabilidad. Estas cuestiones se han convertido casi siempre en interrogación ante Dios o respuesta a Dios.

En la alegría de Navidad confluyen dos experiencias. La primera, del orden natural, es el asombro renovado ante el nacimiento de cada niño llegado al mundo como una reafirmación de la vida. Sus padres y abuelos los reciben con un gozo que podríamos llamar metafísico. Los propios hijos fueron ya un salto sobre su finitud. El paso a una tercera generación suscita ese gozo supremo de saber que afirmados proseguimos viviendo en los otros. La existencia recibe así una validez absoluta y el gozo de existir se renueva con cada parto y alumbramiento. A esa razón natural se ha unido una razón histórica: la alegría específicamente cristiana. El villancico popular lo ha explicitado así: «Pues si hacemos alegría cuado nace uno de nos, ¿qué haremos naciendo Dios?». No solo el instinto popular ha cantado el gozo de que Dios tenga historia con nosotros; los poetas sobre todo saben que el corazón humano se llena y salta de gozo cuando el corazón divino, que está en el origen del mundo, se allega amoroso a él: «Sólo si viene un corazón al mundo/ rebosa el vaso humano y se hinche el mar» (A. Machado).

A la Nochebuena sucede la Nochevieja. ¿Significa esta designación que la última noche del año es mala? ¿Qué extraña melancolía invade los ánimos cuando llega el día de San Silvestre? Saben los humanos que en llegando el final puede acontecerles todo. Por más que se empeñen en olvidar su finitud, siguen percibiendo un rumor de fondo en sus entrañas que les señala el término de su tiempo. No es solo ni sobre todo que al acercarse el año deba cerrar cuentas y agotar presupuestos. Eso es muy importante pero factible por él, pero lo que no es factible para él es asegurar la duración de sus días. Esa es la matriz de la melancolía: ser el hombre pasión de eternidad y verse a la vez apresado en las redes del tiempo, aspirar en su raíz primera a la vida, verdad y belleza pero ser víctima del mal y de la muerte, causante del mal, incapaz de rescatarse de sus propios maleficios y maledicencias.

El hombre no solo tiene término temporal negativo sino que es límite personal positivo. Límite en este caso es frontera y cuando limitamos con algo o con alguien, ellos nos pertenecen y nos constituyen. ¿Con quién limita el hombre y por quién es limitado? La Nochevieja le hace sentirse resultado de las acciones del año, bueno o malo, a la vez que enfrentado con el final. Pero también puede sentirse afectado por aquello con lo que limita: el don de un tiempo ulterior y sobre todo con su límite metafísico. En este sentido podía Lope de Vega invocar: «Autor de nuestro límite, Dios santo». Limitamos con él en cuanto creador, fundamento y fin, que el hombre siempre está tentado a ocultar o negar. Dios es límite en sentido positivo: aquel con quien limitamos y por ello nos pertenece; es nuestro lindero, la linde y senda por la que podemos avanzar hacia lo que nos trasciende, llama y consuma.

Nuestras lenguas europeas, desde el griego y latín al alemán y español, tienen dos términos para designar esa doble dimensión negativa y positiva de nuestro final: que la vida llega a su termino porque es terminal ( peras,terminus,Schranke) y al límite, al que está destinada y con el que limita ( telos,limes,Grenze). La Nochevieja solo genera melancolía —esta palabra griega dice negrura, agrio humor— para quien se considera encerrado como en prisión por el tiempo; en cambio, genera alegría para quien se sabe fronterizo con el Eterno, con Dios. A él ese último día le invita primero al agradecimiento: haber podido vivir es inmensa gracia; y luego al silencio de quien no se emborracha aturdido sino que en despierta lucidez recoge el año para consumarle en un gesto de libertad, mediante el cual lo reafirma, rechaza o corrige. Al hombre el tiempo no se le puede consumir como se agotan los minutos del un reloj o el agua del cántaro: él debe otorgarle sentido tomándolo en propia mano, purificarlo y llevarlo así a consumación divina.

Pero, ¿qué es el tiempo? Desde San Agustín a Rahner la respuesta del hombre limpio y libre siempre ha sido la misma: «Tiempo es la posibilidad, que le es dada al hombre, de decidir en libertad sobre sí mismo hacia lo Definitivo». No somos solo el tiempo que nos queda sino también la eternidad que nos espera. Por ello en la Nochevieja damos el salto hacia el año nuevo como hacia una gracia y hacia una responsabilidad, con libertad decidida y alborozo esperanzado. La melancolía no nace solo del llanto por lo temporal agotado sino sobre todo del anhelo íntimo del hombre inquieto hasta ser recogido en Aquel por quien y para quien fue creado.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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