Entre la espera y la esperanza

Hace treinta años, quienes hoy empezamos a ser memoria éramos todavía jóvenes. España se había rescatado a sí misma, sin necesitar rescates ajenos, y despertaba de un doloroso letargo. La libertad dejaba de ser una mercancía extraña y empezaba a circular como moneda común. Sin embargo, por desgracia, hoy vuelven a soplar vientos de discordia y, con ellos, hacen su entrada en escena los viejos improvisadores, paladines del peor arbitrismo. Un arbitrismo que, como representante genuino de la más cínica demagogia, trata de desviar la atención de la realidad, singularmente de un hecho doloroso en estas fechas para muchas familias: el innegable empobrecimiento que creíamos superado y que ya no consiguen disimular quienes han apadrinado, tristemente, su regreso. Un retorno indeseable que denuncia la más pertinaz incompetencia.

En esa amarga compañía, los españoles de esta hora, faltos de serenidad y sobrados de angustia, estamos entrando en la imaginaria sala de espera de una estación sombría, a la que dentro de pocos días llegará el tren de un año nuevo, quizás un tren de último modelo y de la más alta velocidad, pero de recorrido acusadamente incierto; un tren al que no nos queda más remedio —la vida lo impone— que subirnos. Quizá sea más dinámica la metáfora del aeropuerto, pero el escenario en que estamos obliga a evitar que una licencia literaria se confunda con un estado de anormalidad. Quedémonos con el azoriniano ferrocarril, tan ajustado al paisaje.

Con el billete arrugado en el bolsillo, y el equipaje más lleno de sueños que de realidades, me atrevería a preguntar a los viajeros, cuyo silencio no debiera confundirse con resignación, por lo que esperan y quieren conseguir en los largos días del nuevo calendario. Parece obligado recordar aquí a don Pedro Laín Entralgo, que, en su honda reflexión sobre «La espera y la esperanza», recoge la conocida anécdota de André Gide, cuando, al viajar por el entonces Marruecos español, se encontró en una estación ferroviaria con el cartel de «Sala de espera», expresión que le llevó a sublimar poéticamente el sentido de nuestra lengua, afirmando: «Qué lengua tan bella es la que confunde espera y esperanza». Gide no conocía suficientemente la lengua que elogiaba, porque, como advierte Laín, no cabe tal confusión en nuestro idioma. Aunque también es cierto que, necesariamente, hay esperanza en la espera. Este es el sentido del Adviento cristiano. La esperanza es también el último grito de la vida, que no claudica frente al desahucio de la ciencia o el naufragio de la voluntad misma. De ahí que no deba ocultarse el valor de la paradoja, una vez más, del ser humano que, cuando se hunde irremisiblemente, como decía Ovidio, agita los brazos por encima del agua. Sí, no hay afirmación más :cierta que esta: mientras hay vida hay esperanza.

A esa dimensión primaria e individual de la esperanza se suma, en el análisis clásico de Ernst Bloch, la dimensión social en la que se buscan, desde la afirmación de la libertad personal, razones y pautas morales que acaben generando confianza en el otro, en los otros, lo que exige una permanente interlocución dispuesta a responder y a no guardar silencio cuando se nos interpela, para así poder configurar una comunidad política estable y afirmada en la voluntad inequívoca de ser. Porque solo es el que espera.

Hoy, volviendo a la metafórica estación de partida, un año más, estamos casi a punto de tomar el tren. Pero nos falta ilusión para emprender una aventura que, antes que atractiva, nos resulta arriesgada y sujeta a una voluntad inescrutable, que no acabamos de entender. No confiamos en el destino que se nos impone ni en la seguridad de la vía, y lo que es peor, los viajeros, todos nosotros, nos miramos con recelo porque, confundidos entre rivalidades hostiles, hemos perdido el arraigo común de reconocernos como parte de un viaje o proyecto que identifica y, al mismo tiempo, protege y garantiza por igual el bienestar de todos.

El tren se acerca. Es un único convoy en el que todos tienen su plaza, incluso su particular compartimento. Sin embargo, precisamente por ser único el transporte, un posible desenganche o un motín a bordo conducirían al descarrilamiento. Por eso algunos proponen al revisor que, como medida de prevención de mayores daños, deje en el andén o en el trayecto a los agitadores insolidarios, una vez reconocidos como tales, por sus propios actos. Su lugar debería reservarse para quienes nazcan en el recorrido, porque hay que hacer siempre un sitio a la nueva vida. Pero es dudoso que quien encarna una autoridad débil, y ha dado sobrabas pruebas de ello, asuma el riesgo de imponer, por muy justificadas que estén, decisiones tan concluyentes.

Ante esa aventura inminente, lo que no podemos es seguir negando la evidencia o malbaratando la reserva de confianza, realista y razonable, en nosotros mismos y en nuestras instituciones democráticas, que no se confunden con quienes eventualmente las encarnan. Por ello es inaplazable alertar sobre el valor insustituible de la confianza, que sin duda va a ser decisiva en la próxima etapa. Porque ese positivo estado de ánimo es el principal, si no el único, resorte para movilizar a tiempo nuestras mejores energías, conteniendo el recelo que paraliza o la envidia que siempre nos ha conducido a la esterilidad. Necesitamos superar, con urgencia, este creciente estado de desconfianza que, cuando prende en una sociedad tan débil como la nuestra, es una actitud explosiva que puede llevar a pasar, de un día a otro, del miedo a la división civil.

Solo la confianza podrá desatascar los regueros por los que circula el agua que nos redimirá de esta penuria inclemente. Nuestro problema no es de recursos, sino, como en toda política territorial adecuada, de una eficiente ordenación del espacio, ajustada a la limitación de aquellos.

Nos aguarda un viaje que, por corto, será largo. Pero, si tenemos confianza en nosotros mismos y en la realidad de la historia que hemos compartido, el tren puede llegar felizmente a su destino. Nos esperan duras pruebas, en las que conviene no olvidar el consejo de Virgilio: «Sed firmes y guardaos para mejores días». Feliz Año Nuevo, amigos.

Claro José Fernández-Carnicero González, vocal del Consejo General del Poder Judicial.

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