Entre la inoperancia y la provocación

Por Jesús A. Núñez Villaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (EL PAÍS, 06/06/07):

Estados Unidos insiste desde hace años en el esfuerzo por crear un escudo antimisiles que lo haga invulnerable a ataques nucleares de algún país rebelde o de un grupo terrorista. Rusia muestra un claro rechazo a lo que percibe como un paso más en el cerco que Washington teje a su alrededor, al tiempo que lanza una oferta, escasamente creíble, a los países europeos para articular un sistema similar. Algunos países de la Unión Europea, como Polonia y República Checa, se apuntan al sistema estadounidense, ofreciendo su territorio para lo que el líder mundial desee sin reparar en su condición de miembros del club de Bruselas. La UE, mientras tanto, se ve convertida nuevamente en terreno de disputa entre Washington y Moscú, implicada en un proceso que afecta directamente a su seguridad en el marco de una Politica Exterior y de Seguridad Común y de una Política Europea de Seguridad y Defensa (PESC/PESD), que aún no han madurado lo suficiente. Por su parte, la OTAN anuncia también su intención de construir un sistema complementario al estadounidense. La polémica está servida.

Desde la perspectiva de la UE, si se asumiera, tal como algunos han comenzado a proclamar, que entramos en un nuevo periodo de «guerra fría», la postura que impondría el guión habitual para estos casos estaría clara: si Rusia protesta, eso indica que el escudo le molesta y que debe ser apoyado por todos los que temen su renovado protagonismo. Si los Veintisiete reaccionaran de ese modo, estarían repitiendo comportamientos del pasado al aceptar que otros decidan en su nombre, arruinando por tanto las opciones de convertirse en un actor relevante a escala mundial, tal como enuncia la Estrategia Europea de Seguridad (diciembre de 2003).

Hasta donde es posible conocer sus rasgos principales, el empeño de Washington por mejorar lo que ya Ronald Reagan planteó en su Iniciativa de Defensa Estratégica (1985) se mueve entre la inoperancia y la provocación. Entre los factores que así lo señalan cabe destacar que:

– Resulta directamente desestabilizador, en la medida en que destruye las bases de la seguridad mundial establecidas entre las dos principales potencias nucleares, sin ofrecer nada mejor. Primero fue la denuncia del tratado ABM (decidida por George W. Bush en 2001), luego el despliegue del nuevo escudo en Alaska y en California y ahora el paso a suelo europeo. Todo ello acentúa el perfil unilateral de la visión estadounidense de la seguridad, a costa de incrementar los resquemores de socios y potenciales adversarios.

– Es, por encima de cualquier otro cálculo que se considere, un plan de seguridad estrictamente pensado para proteger el territorio estadounidense. El añadido posterior, que hace referencia a la cobertura de seguridad para algún otro país, hay que entenderlo en clave apenas discursiva para consumo mediático, con un nivel de compromiso aún más etéreo del que en su día se empleó para justificar el despliegue de los euromisiles (planteados al menos en el marco de la OTAN y no, como hoy está ocurriendo, como un estricto ejercicio bilateral).

– Formalmente dirigido contra otros países (con Corea del Norte e Irán en el horizonte), el despliegue acordado en suelo europeo (10 interceptores en Polonia y una estación radar en la República Checa, que serán operativos dentro de cuatro años) parece mirar más bien hacia Rusia. Aunque la capacidad rusa podría fácilmente saturar hasta la versión más perfeccionada que cupiera imaginar del escudo, la simple instalación cerca de sus fronteras no puede ser recibida con tranquilidad, cuando además se añade a una ampliación de la OTAN y al despliegue de medios militares occidentales que acrecientan la sensación de asedio que percibe una Rusia que, de ese modo, encontrará más difícil el acercamiento a la UE. La insatisfacción por la deriva autoritaria y escasamente transparente del régimen de Putin puede mostrarse de maneras muy distintas, y tal vez más eficaces, utilizando los medios de los que dispone la Unión… si hubiera voluntad política para ello.

– Está muy lejos, por no decir que resulta imposible, de garantizar su operatividad (que el propio presidente Bush ya había fijado para finales de 2004) y mucho menos su capacidad para cubrirse exitosamente de un ataque nuclear, cualquiera que sea la entidad del golpe realizado. Hasta ahora, desde que Bill Clinton impulsó el programa del Sistema Nacional de Defensa Antimisiles (NMD) en 1996, se han realizado nueve pruebas de las que sólo cinco han logrado el objetivo de destruir el misil atacante. Si Gila aún estuviera entre nosotros, a buen seguro que encontraría un nuevo filón de carcajadas en unos ensayos que recuerdan más a sus celebradas escenas de guerra telefónica que a una secuencia real de lo que podría ser un ataque con intención de dañar al enemigo.

– Pretende tomar nuevamente a Europa como escenario pasivo de una competencia que tiene a Rusia como objetivo no declarado. Así ha sido tantas veces durante los largos años de la confrontación bipolar, y así pretende ser ahora, reforzando las evidentes divergencias existentes entre sus miembros europeístas, atlantistas y hasta neutrales.

Resulta sorprendente, por no calificarlo de inaceptable, que un asunto de esta envergadura haya sido decidido unilateralmente por Varsovia y Praga, sin que el tema se haya podido debatir en el marco de la UE. Washington apenas se ha preocupado de tranquilizar en cierta manera a Moscú, pero ni siquiera ha considerado necesario comentar/negociar el tema con Bruselas. Es difícil no ver en este comportamiento con la UE un desprecio, derivado -también hay que subrayarlo- de la demostrada invalidez de los Veintisiete para hablar con una sola voz, y una intención explícita de poner piedras en el camino de la construcción política de la Unión. Al igual que ya ha ocurrido en otros casos (el programa Galileo es sólo una muestra), Washington intenta hoy, con una visión cortoplacista que resulta contraproducente para ambos lados del Atlántico, explotar las debilidades comunitarias derivadas de sus distintas percepciones de seguridad en su afán por monopolizar el puesto de líder mundial.

Mientras se sigue alimentando la carrera armamentística, con más de 85.000 millones de dólares gastados desde 1995 en programas antimisiles, y mientras Bush declara que Estados Unidos «se reserva el dominio del espacio», próximo frente de competencia militar, la Unión no consigue convencer a sus miembros de la indivisibilidad de la seguridad común. No es así como se refuerza la seguridad europea, permitiendo que cada Estado miembro tome decisiones estratégicas en solitario que terminan repercutiendo en el conjunto. Tampoco es así como podrá la UE hacer frente eficazmente a las amenazas globales que le afectan. Más que cubrir de ellas, el hipotético escudo pone al descubierto las grietas actuales del vínculo trasatlántico y las debilidades de la UE para asumir su propia defensa.