Entre los modelos Borbón y Sarkozy

Por Luis Aranberri ‘Amatiño’ (EL CORREO DIGITAL, 11/12/07):

Ignacio Suárez-Zuloaga, biznieto del pintor eibarrés Ignacio Zuloaga y miembro de la delegación en Madrid de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, nos ofrecía el pasado 28 de noviembre en estas mismas páginas un artículo titulado ‘Los vascos y la Monarquía’, en el que, tras defender la relevancia histórica de la institución monárquica en el País Vasco y atribuir a las instancias reales el mantenimiento de nuestros sistemas administrativos y fiscales propios, abogaba por fortalecer en el futuro los lazos de afectividad entre la sociedad vasca y la realeza española, habida cuenta de la personalidad, dignidad, emotividad, cercanía, empatía y otros valores que -a su juicio- concurren en la figura de don Juan Carlos de Borbón.

Vaya por delante que no parece que haya mayor dificultad en reconocer la relación histórica entre la Monarquía y la tradición foral vasca. Evidentemente, sin necesidad de saber mucho de historia, basta con visitar como simple turista la Casa de Juntas de Gernika para advertir que allí, además de árboles santos, símbolos milenarios, leyes antiguas e himnos sagrados hay, también, monarcas, coronas y reconocimientos reales.

Asimismo, no cabe mucha duda del papel que, durante bastantes siglos, ha desarrollado la Monarquía española como defensora -no siempre suficiente pero sí necesaria- de nuestros regímenes jurídicos privativos. Y, desde luego, no es un desatino la decisión de mostrarse públicamente favorable a la Monarquía, aunque los razonamientos objetivos bien pudieran tener más que ver con la historia de la propia institución monárquica que con los atributos personales del rey de turno.

Puestos a entrar ya en la discrepancia, probablemente yerra Ignacio Suárez-Zuloaga cuando asegura que «Cánovas del Castillo pudo haber aprovechado la ocasión para igualar de verdad a todos los españoles, pero no quiso penalizar a los sufridos liberales vascos ni aumentar el agravio de la mayoría carlista». Aún a riesgo de generar equívocas interpretaciones, cabría argumentar que, quizá, Cánovas no quiso igualar a todos los ciudadanos españoles porque, precisamente, los veía distintos. Y que, muy seguramente, en su ánimo de no penalizar o agraviar a los vascos no había ningún asomo de conmiseración o pena, sino más bien un ejercicio interesado de responsabilidad como estadista.

Fue el historiador Ferran Soldevilla quien, en pleno periodo franquista, aseguró hace ya casi medio siglo (‘Historia de España’, tomo VIII, 1959) que Cánovas había defendido -en contra del pretendido progresismo de Sagasta- la posición favorable a los municipios y diputaciones vascos «por la excelencia de la administración que desarrollaban». Cánovas entendía que el objetivo no era otro que reservar a favor de los vascos todo aquello que «sin contrariar las obligaciones que a todos los españoles les imponen los preceptos constitucionales, pueda mantener en aquellas provincias el espíritu administrativo en que, indudablemente, han sido superiores hasta ahora a otras de la Nación». Es más, contra lo que parece haber entendido Ignacio Suárez-Zuloaga, Cánovas del Castillo perseguía el ideal de extender a España la experimentada eficacia de la administración foral vasca por lo que, en su opinión, no tenía sentido pretender este ideal vasco en los demás territorios y «destruirlo allí (en el propio País Vasco), para tener el gusto de crearlo luego, francamente, me parecería a mí (a Cánovas) un absurdo administrativo-económico».

Con respecto a la mayor o menor vigencia de la vocación monárquica, cualquier respuesta requiere contemplar previamente el contexto que le rodea. A nadie se le escapa que para la inmensa mayoría de los ciudadanos americanos la monarquía representa un sistema anacrónico y obsoleto, totalmente ajeno a su cultura política. Asimismo, no es nada estrambótico sospechar que, entre la jefatura de Estado hereditaria o la elección democrática, muchos ciudadanos españoles corrientes y molientes podrían optar por la vía de las urnas. Pero, dicho todo esto, no es menos evidente que la mayoría de los vascos ni son americanos ni españoles al uso, sino peculiares ciudadanos que, a la hora de elegir entre los modelos Borbón y Sarkozy, bien podrían preferir el original a la copia.

Son muchos los vascos conscientes de que su opción política nunca alcanzará la jefatura del Estado español ni la presidencia de la República de Francia. Y no son pocos los que consideran que para ser gobernados por siglas no siempre mayoritarias en el entorno más cercano, resulta más que suficiente el rango de presidente de gobierno o primer ministro. Tampoco parece que nuestros paisanos de Iparralde susciten a este lado de la muga un sentimiento generalizado de envidia por su hipotética coparticipación en la elección de Sarkozy. Puestos a elegir, no faltarán quienes prefieran a un Borbón que debe la corona a su matrimonio con la reina de Navarra, Joana de Albret, cuyo mecenazgo a favor de las letras vascas sigue teniendo siglos más tarde merecido reconocimiento en los programas escolares.

Aunque Ignacio Suárez-Zuloaga se muestre convencido de lo contrario, podría ser que no todos los vascos esperaran del Rey de España especiales pruebas de afabilidad, emotividad o empatía. Para ello, eso sí, quizá serviría mejor el modelo Sarkozy. Sin embargo, probablemente son más los vascos que ante todo esperan de la realeza española valores como memoria, responsabilidad y compromiso con la historia. O, aunque no sea más que por simple eliminación, quizá no quede ya nadie tan iluso como para esperar semejante compromiso por parte del modelo Sarkozy o similar. La cuestión es si la Monarquía española es consciente de ello y está dispuesta a no dejar pasar la oportunidad.