Entusiasmo

Para mí mí el entusiasmo está íntimamente vinculado a la meditación, lo que significa que ambos talantes –el contemplativo y el entusiasta– se retroalimentan y suelen darse en las mismas personas. Quienes se mantienen asiduos a la práctica de la meditación en silencio y en quietud –fieles a unas consignas y a un camino–, irán accediendo necesariamente –de forma puntual o progresiva– a lo que se conoce como iluminación. Lo que se ilumina –generalmente tras años de una intensa vida interior, pero también súbitamente y sin una razón aparente– es la propia identidad, que es tanto como decir la propia misión. Estar iluminado es tanto como «ver» claramente (se trata de una suerte de visión) de qué va esto de la vida, para qué estamos en este mundo y, en fin, qué es lo que debemos hacer. Casi nunca se trata de algo muy distinto a lo que ya se está haciendo, aunque sí a otra dimensión, desde otra perspectiva y con otra actitud.

La palabra que mejor resume esa nueva dimensión, actitud y perspectiva en las que vive el iluminado es entusiasmo, un término que, como sabemos, viene del griego antiguo: en y theos. Entusiasta es el que tiene la fuerza de los dioses dentro, aquel se ve impulsado por el Espíritu. Esta fuerza –reconocible pese a su misterioso origen– nos da un talante nuevo: más poderoso y presente, más certero y encendido. Más vivo, en una palabra.

Quien vive esta experiencia –y no estaría escribiendo sobre ella si no la experimentase en persona, al menos en cierta medida– asiste a la transformación de su propia biografía. En realidad, sólo están realmente vivos quienes asisten maravillados al cambio que se va produciendo en sus vidas. Porque la vida es como el agua: si se estanca, huele mal. Olemos mal cuando nos agarramos demasiado a las personas, cosas o ideas. Nada debe, simplemente, conservarse; todo, en cambio, para que contribuya a la construcción del ser humano, es una invitación a la re-creación. La verdadera fidelidad, en pocas palabras, sólo puede ser creativa.

Todo esto viene a colación porque a una persona entusiasta se la reconoce, fundamentalmente, por dos causas. Una: porque normalmente despliega una actividad insólita, fecunda y contagiosa. Las colosales obras que llevaron a cabo Vicente Ferrer o Teresa de Calcuta, por poner tan sólo dos ejemplos, son difícilmente comprensibles sin ese ímpetu, tan inconfundible como inaprensible, que llamamos entusiasmo. Y dos: los entusiastas saben –y así lo testimonian– que la fuerza de su acción no proviene de sí mismos, sino precisamente de ese theos o espíritu que les ha poseído. Esto significa que los entusiastas nunca se sienten solos, que saben que hay una Fuente que les ha utilizado como canal y que ellos, en consecuencia, son sólo mediadores de algo más grande y definitivo.

Ser entusiasta un día, una semana o un mes, puede ser una experiencia relativamente normal, o al menos no tan infrecuente. Todos nos hemos encendido alguna vez ante alguna noticia, o hasta hemos actuado con cierto empuje o vehemencia durante una temporada. Pero mantener el entusiasmo durante años, eso sí que es extraordinario. A quienes así viven –arrebatados, intensos, pujantes– se les reconoce por su energía creativa: siempre están inventando, siempre están impulsando lo que han inventado… Parecen montados en un caballo salvaje y veloz que les conduce más allá incluso de donde ellos mismos imaginan. Los entusiastas –ésta es su seña de identidad– arrastran a otros, convencen, enamoran e irradian ese poder que todos reconocemos como nuestro, de ahí precisamente esa irresistible atracción que suscitan y esa desafiante confianza que ostentan. El verdadero entusiasta, por ello, siempre busca incluir, no excluir: implica a otros en sus proyectos y es, en último término, un constructor de la unidad. El entusiasta ha conocido –quizá como ningún otro temperamento puede conocerlo– qué es eso de estar solo y hasta qué punto la soledad, si es fecunda, abre a la auténtica compañía.

Desde fuera, los entusiastas pueden dar la imagen de personas estresadas o agobiadas; pero, en su fuero interno, ellos se sienten como una flecha en busca de su diana: gozando por haber dado finalmente –casi siempre tras décadas de constante búsqueda– con la diana adecuada y con la flecha justa. Y gozando también del avance, es decir, del creciente y hasta vertiginoso progreso de su obra, lo que no excluye –sino que más bien implica– que también ellos, como todos los humanos, puedan tener sus momentos para la melancolía. Así que los entusiastas, antes de serlo, han bajado normalmente a las profundidades de los valles; por eso, justamente, la vida les impulsa, una y otra vez, al ascenso y a la cima.

El único lugar en el que se encuentra la verdadera paz –esa es mi experiencia, y hablo de la paz sólida y duradera– es en medio de la vorágine de la dinámica entusiasta. Porque la verdadera paz nunca viene de la inacción –como tantos piensan–, sino de la raíz de la acción. Esa raíz, ese núcleo, es tan dinámica como sereno. Dinamismo no se opone a serenidad, sino a simple vitalismo o frenesí. Es de ese núcleo de donde nacen y se despliegan las grandes obras de la humanidad: la arquitectura, la música, la organización política y social, el arte y el pensamiento… Los creadores más insignes –y estoy pensando en Miguel Ángel o en Dante, en Leibniz o en Mahler– nunca están estresados, sino que sencillamente son fecundos.

Conviene asegurarse –eso sí– de que la obra que el entusiasta tenga entre manos no sea una simple proyección, grandilocuente o hasta monstruosa, de sí mismo. Asegurarse de que en esa obra social, filosófica, religiosa o científica… lata el imprescindible germen de la entrega y de la generosidad. No actuar para ser adorado y servido, sino para darse y servir a los demás. Claro que el ego estará siempre ahí, con las armas en alto y dispuesto a la pelea; pero el entusiasta de corazón, aun cuando sea víctima de estos ataques –y pueden ser muy violentos–, sabrá cuál es su meta y qué fronteras no está dispuesto a violar. El riesgo de todo entusiasta es degenerar en un padre o una madre posesivos. En ese caso, el entusiasmo se malogra y sus frutos terminan por menguar y desaparecer. El entusiasta que se mantiene en su centro, por contrapartida, en contacto con la Fuente, igual que crea, suelta lo creado, sin identificarse con ello, y a sabiendas, como apuntaba más arriba, de ser sólo una mediación o un canal. Sin esta conciencia, sin esta imprescindible humildad, el entusiasta se encamina a la depresión o, lo que es peor, a la tiranía de quien pretende someter a todos a su propia visión.

Sólo me resta por decir que Jesucristo es mi entusiasta favorito. Él sabía que «por mí mismo no puedo nada», que su secreto –la raíz de su acción y su pasión– estaba en la conexión con la Fuente, que Él llamaba Abba. Como pocos hombres en la historia, Jesús de Nazaret ha dado las claves de la creatividad y de la vida plena: conectarse con el poder que tenemos dentro –la oración– y vivir en la presencia –conscientes de la Energía–: bajar mansamente a la realidad, como corderos, y volar confiadamente hasta los más lejanos horizontes, como palomas.

Pablo d’Ors, sacerdote y escritor.

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