Entusiastas y escépticos

Por Kepa Aulestia (LA VANGUARDIA, 18/04/06):

La historia debe ser eso que escribimos entre todos, aunque con desigual protagonismo. En cada caso el horizonte se traza con una determinada dosis de voluntarismo y de augurio.

Hay siempre oportunidades de acierto para el optimismo, como las hay para el pesimismo. Es frecuente que los dirigentes políticos se refieran a la paz en Euskadi como algo que “nunca antes estuvo tan cerca”. Claro, ocurre lo mismo con el fin del mundo: tampoco estuvo antes más cerca que ahora. Todo aquello que está por venir se aproxima a cada segundo, sea para bien o para mal. No hace falta ser un agorero para intuir que algo malo acabará pasando con Irán. Como probablemente no sea necesario dar brincos de entusiasmo para aventurar el final próximo del terrorismo etarra. Las malas noticias se distinguen de las buenas, entre otros aspectos, porque nadie o sólo unos pocos se alegran de las primeras. Por su parte el escepticismo, la cautela extrema e incluso el prejuicio limitan la verosimilitud de las buenas noticias. Hasta el punto de que, en ocasiones, no se llega a saber si un determinado acontecimiento es realmente una buena noticia.

Las buenas noticias siempre requieren del dictamen favorable de aquellos entusiastas que las han perseguido o esperado con optimismo. Las buenas noticias lo son, en definitiva, porque así las consideran los más interesados en que ocurran. Si hoy preguntásemos sobre la aprobación del Estatut en el Congreso de los Diputados y diésemos a elegir entre considerarla una buena o una mala noticia, es probable que el enojo de quienes optasen por la segunda respuesta resultara más acusado que el entusiasmo de quienes se apuntaran a la primera. No es fácil despertar entusiasmos ante un articulado cuya aprobación parecía una cuestión dramática a finales del pasado verano y que, tras una profunda modificación en su paso por las Cortes, aparece hoy como el fruto natural del pragmatismo catalán. Pero, entre las reformas que se llevan a cabo en España, hay un ejemplo más palpable de cómo el entusiasmo es un valor sometido a la erosión que sobre él ejercen diversos factores: ya no quedan entusiastas de la reforma educativa, sea del signo que sea. Sólo un escarmentado y comprensible escepticismo.

El anuncio de un alto el fuego permanente por parte de ETA ha sido la última buena noticia de lo que va de año. Como ocurriera en septiembre de 1998, el comunicado sorprendió a muchos que creíamos que la espera podría dilatarse algunas semanas o meses más. La noticia no despertó euforia alguna, porque el entusiasmo ante tal eventualidad venía soportando años de frustración. Si hiciésemos caso de todos cuantos se han referido al hecho como partícipes directos o indirectos de una larga preparación a base de un interminable cruce de mensajes y de contactos, tendríamos que concluir que se ha tratado de una tarea coral. Pero los escépticos deben saber que en cada año de los muchos que han esperado esta buena noticia se había producido un número similar de encuentros, señales, invitaciones e intermediaciones voluntarias. Es de justicia atribuir a los más entusiastas de un pronto final de la violencia la virtud de haber contribuido, aunque fuese sólo por reiteración de su optimismo, a que ETA haya acabado declarando su alto el fuego. Los agradecimientos podrían alcanzar hasta al sacerdote redentorista que continúa paseándose por aquí y hasta posando para la posteridad, mientras encarna la personalidad de ese cura que todos hemos conocido. De ese que cree estar en posesión de una verdad más sublime que la de los demás mortales y la expone con la distancia que el púlpito procura respecto al dolor del prójimo.

Pero la historia corre el riesgo de consagrar como bienaventurados sólo a los entusiastas, a los optimistas, e incluso a quienes hacen gala de una ingenuidad fingida. Como si las buenas noticias no fuesen también fruto del empeño que han puesto los pesimistas, los escépticos y hasta los agoreros. Hace falta una dosis mínima de entusiasmo para que un acontecimiento alcance la categoría de buena noticia. A falta de otro, será necesario un entusiasmo interesado. Pero la historia no pasaría una sola página si su redacción quedara exclusivamente en manos de los entusiastas. Es imprescindible que el voluntarismo de éstos sea puesto a prueba cada día por la réplica de los pesimistas y los escépticos. Y viceversa. Probablemente el anuncio de alto el fuego no hubiese llegado nunca si sus autores y los entusiastas que han llegado a contactar con ellos no se hubieran visto en la necesidad de demostrar con hechos la verosimilitud de los vaticinios más optimistas y la solvencia de las miradas más ingenuas hacia la voluntad real de los terroristas. Del mismo modo, sería una temeridad que la administración del nuevo tiempo quedara únicamente en manos de los entusiastas, de los optimistas y los ingenuos. Porque estos deberán continuar aportando las pruebas que se precisan para lograr que la buena noticia del alto el fuego contagie de una esperanza sin sombras a la inmensa mayoría. Hoy podemos albergar la convicción razonable de que ETA no volverá a las andadas. Sin embargo, no parece tan claro que esté dispuesta a abandonar el escenario sin más, en silencio.