¿Envidiosos o también resentidos?

Miguel de Unamuno afirmó «La envidia … es la íntima gangrena del alma española». Rafael Sánchez Ferlosio sostuvo, en cambio, que la envidia es solo una fantasía de los envidiados, cuya enfermedad consiste precisamente en ver envidiosos por todas partes.

Creo que tiene razón Unamuno e incluso me atrevo a añadir que el pecado nacional de nuestros días tiene una nueva configuración ya que está compuesto no solo de envidia, sino también de resentimiento.

La palabra «envidia» significa, según el diccionario de la RAE, «tristeza o pesar del bien ajeno» y «emulación, deseo de algo que no se posee». En ambos supuestos, en el sentimiento del envidioso hay una referencia a lo ajeno: ese bien de otro que causa tristeza o pesar al envidioso, o ese algo de alguien que el envidioso desea intensamente imitar o superar.

Es evidente que no son pocos los que sienten envidia, pero creo que, además de aquejarnos un exceso de tristeza por el triunfo ajeno o –aunque en mucha menor medida– desasosegarnos el deseo de emular con intensidad a los mejores de los nuestros, nos invade otro sentimiento que no tiene un punto de referencia en lo ajeno, sino que es algo interno y que solo reside en el que lo padece.

Hablo del resentimiento, esto es, «tener sentimiento de pesar o enojo por algo». Y es que desde hace poco tiempo nos hemos convertido en un país poblado no solo de envidiosos, sino también de enojados. Hoy más que nunca se escucha el griterío ensordecedor de numerosos «malpulgosos» (expresión de Felipe Benítez Reyes).

Hace un par de años el periodista Jorge Ramos de Univisión se preguntaba por qué razón estaban tan enojados los españoles y concluía que teníamos motivos para estarlo, que la lista de estos era larga, y que la crisis económica era la causa principal de nuestro malhumor. Discrepo de que estemos ante un sentimiento pasajero que obedezca a motivos externos. Pienso, por el contrario, que se trata de un vicio radicado en una parte importante de la población y que tiene que ver más con una manera personal de andar por la vida que con la respuesta a estímulos exteriores ocasionales, como la crisis.

Seguramente ustedes habrán oído a todos los que hablan de sí mismos atribuirse con frecuencia una determinada forma de ser que, por supuesto, siempre es favorable. Me refiero a esos que afirman «porque yo soy…» (y aquí pongan todos los adjetivos elogiosos y laudatorios que se les ocurran). Es verdad que a veces llegamos a admitir expresamente algún defecto. Pero la enorme indulgencia que tenemos con nosotros mismos solo nos permite reconocer los más veniales.

Sin embargo, no somos enteramente como creemos y decimos. Somos también –y no en pequeña parte– como nos ven los demás. Porque estamos constantemente expuestos en el escaparate de la vida y los que nos ven con frecuencia se van formando indefectiblemente su propio juicio sobre nuestra forma de ser. Podremos engañar durante algún tiempo a algunos, pero la convivencia prolongada hace que acabemos mostrándonos como realmente somos.

Pues bien, hay muchos que tratan de encubrir que también padecen la grave enfermedad del resentimiento. No es fácil descubrirlos, porque, como decía el doctor Marañón, son hipócritas y suelen revestirse de una especie de falsa virtud, que engaña a los distraídos. En el capítulo II de su libro sobre el emperador Tiberio –al parecer, un gran resentido–, el doctor Marañón describió con gran maestría los rasgos más llamativos de tan compleja forma de ser, a los que me he permitido añadir algún otro de mi propia cosecha.

Al contrario que Unamuno, que califica el resentimiento como «pecado capital» –de mayor gravedad incluso que la ira y la soberbia– Marañón lo considera como una pasión, es decir, una perturbación o afecto desordenado del ánimo. Añade este ilustre humanista que, aunque el resentimiento es fruto de una agresión, sólo anida en las almas propicias. Porque la agresión que en la mayoría causa un simple sufrimiento pasajero que se olvida, en los resentidos se enquista, permanece para siempre en el alma y acaba siendo la que rige toda su conducta.

Los resentidos son personas sin generosidad y reaccionan por lo general contra el destino. No sólo son incapaces de agradecer lo que se hace por ellos, sino que acaban por transformar los favores que reciben en combustible de su resentimiento. Suelen rondar en torno a los poderosos, los cuales engendran en ellos un sentimiento contradictorio: se sienten, al mismo tiempo, atraídos e irritados por el poderoso. Por eso, el doctor Marañón advierte a los poderosos que «crece a su sombra, y mil veces más peligroso que la envidia, el resentimiento de los que viven de su favor».

Otra característica del resentido es la desarmonía que existe entre su capacidad real para triunfar y la que él se atribuye. Ésta y no otra es la razón por la que su fracaso es siempre fruto del destino o culpa de los demás, nunca de ellos mismos; y el triunfo, lejos de curarlos, los empeora, ya que los reafirma en la justificación de su resentimiento.

Aunque algunos de los resentidos pretenden ocultarlo, están transidos de una indefinible acritud que asoma con toda nitidez en su mirada, que se hace huidiza y no suele encontrase con la de su interlocutor. Tampoco suelen estrechar la mano con la energía que nace de la nobleza. Otra consecuencia de su habitual hipocresía es su afición a los anónimos, que son escritos, según diagnostica el doctor Marañón, no por el odio, el espíritu de venganza o la envidia, sino por la mano cobarde del resentimiento. Pero lo más grave del resentimiento es que no tiene cura, porque su única medicina es la generosidad. Y esta nobilísima pasión, como dice el maestro Marañón, nace con el alma: se puede fomentar o disminuir, pero no crear en quien no la tiene.

Actualmente, hay un caldo de cultivo especialmente favorable para los resentidos: las redes sociales en las que siguen emboscados bajo los seudónimos.

José Manuel Otero Lastres, catedrático de Derecho Mercantil y abogado.

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