Epistemología de las bombas

Nicolás Sánchez Durá es profesor del departamento de Metafísica y Teoría del Conocimiento de la Universitat de València (EL PAIS, 10/09/05).

Cada vez que el terrorismo islámico logra un atentado, son notorias las dos estirpes a las que pertenecen las distintas declaraciones políticas: una afirma que no debe atenderse a las causas del terror, que el terrorismo no tiene justificación y debe combatirse militarmente hasta vencerlo; la otra, sin negar que tenga justificación moral alguna, afirma que, además de la acción judicial y policial, debe tenerse en cuenta las causas de que encuentre simpatizantes y apoyos. A menudo los primeros utilizan un término filosófico que los segundos no frecuentan: dicen que son “nihilistas”. Sin embargo, es curioso que dicho término lo use tanto gente como el neoconservador André Gluksmann, cuanto algunos notables demócratas radicales, sea Seyla Benhabib, profesora de ciencia política y filosofía de la Universidad de Yale. En Unholy Wars (Guerras no santas) la profesora declaraba categóricamente: “La nueva jihad no es sólo apocalíptica, es nihilista”. Indicio de tal nihilismo serían las repetidas declaraciones donde dicen amar la muerte frente a nosotros que amamos la vida. Lo cual, prosigue, supone una erotización de la muerte que se expresa no tanto en los discursos acerca de vírgenes esperando a los mártires en el paraíso, cuanto, y especialmente, “por la destrucción del propio cuerpo en un acto de suprema violencia que lo desmiembra y pulveriza”. Parece pues que el atentado se considere algo así como un aniquilador orgasmo explosivo que ocluye toda razón, y no un medio criminal sometido por ende a la racionalidad instrumental.

Sin embargo, a la luz de otros que voluntariamente despedazaron sus cuerpos contra el enemigo, puede extraerse alguna conclusión que contradice esa concepción “nihilista” de los terroristas suicidas. Que el terrorismo islámico no tenga justificación moral, no significa que no aduzca razones de lo que hace. No sólo niegan, también afirman. Asunto diferente es que la cuenta que ellos den no nos valga. O dicho de otra manera: que pensemos que las suyas son malas razones, inaceptables, no quiere decir que no sean razones en absoluto.

También el fenómeno de los kamikaces japoneses de la segunda guerra mundial -desde su mismo nombre que significa “viento divino”- comportaba cierta retórica religiosa. Uno de los primeros escuadrones se llamó Unidad Espiritualmente Satisfecha” y los pilotos volatilizados, convertidos en deidades protectoras del imperio, tenían un lugar asegurado en el templo sintoísta de Yasukumi Jinja de Tokio. Sus manuales de instrucción, la ceremonia de despedida, los poemas que dejaban escritos antes de partir… todo desprendía un perfume sagrado. Sin embargo, si leemos el reciente estudio de A. Axell e Hideaki Kase uno llega a conclusiones diferentes. Llama la atención que desde los ataques tai-atari (estrellar en vuelo el propio avión contra el avión enemigo), los mísiles tripulados Baka, las bombas humanas Ohka, los torpedos humanos Kaiten, hasta los más conocidos ataques tokko de los pilotos contra la flota enemiga, el fenómeno de los guerreros suicidas fuera masivo. Varios miles murieron y miles de voluntarios más no pudieron cumplir su deseo al no haber ni aviones, ni otros medios -instructores, carburante…- suficientes. Porque la política de ataques suicidas se adoptó a partir de la invasión de Filipinas, especialmente a partir de la batalla de Okinawa, cuando Japón comprobó desesperadamente la abrumadora superioridad enemiga y vio inevitablemente perdida la guerra. A partir de ese momento los bombardeos americanos destruyeron masivamente las ciudades japonesas (el 40% de Tokio, el 58% de Yokohama, el 56% de Kobe…). Los ataques suicidas fueron así fruto de la desesperación y del intento, no de ganar la guerra que todos daban por perdida, sino de disuadir al enemigo de que invadiera Japón llegando a algún tipo de acuerdo. Con todo, al teniente Yukio Seki, primer piloto kamikace oficial -que no fue voluntario pero aceptó disciplinadamente la sugerencia de sus superiores- le parecía un error desperdiciar a los aviadores más experimentados que Japón tanto necesitaba. Es decir, desde aquel 25 de octubre de 1944 hasta el final de la guerra se discutió mucho técnicamente si los ataques suicidas eran el mejor medio para lograr aquel fin.

La mayoría de los pilotos tokko eran universitarios, más de las especialidades de letras que de las de ciencias. Sus cartas de despedida eran las de hombres jóvenes con profundos lazos familiares (“Motoko: llevo en mi avión la muñeca que tanto te gustaba cuando eras un bebé. De esta forma estarás conmigo hasta el último momento. Sólo quería que lo supieras. Papá”, escribió el teniente Motohisa Uemura). Muchos eran agnósticos, otros budistas, sintoístas e incluso cristianos. Pero en todos las cartas o poemas de despedida se establecía un nexo entre la familia, la nación y la tradición encarnada en la lealtad al emperador. Expresaban un profundo sentido de deuda que ahora que Japón sucumbía debía pagarse “esparciéndose” (forma de mentar la muerte que aludía a los pétalos de las flores de cerezo que caían de las cabinas abiertas de los aviones, así adornadas, sobre los que despedían a unos pilotos cuya media de edad era de 22 años).

Hay una diferencia esencial entre estos y aquellos suicidas: los kamikaces atacaban a un ejercito enemigo, los terroristas islámicos matan a la población civil no combatiente. Pero no es menos cierto que desde entonces el campo de batalla no ha hecho más que disolverse. En aquella guerra las víctimas civiles fueron abrumadoramente superiores a las militares y se hizo corriente el masivo bombardeo aéreo de las ciudades, que culminó en las masacres de Hiroshima y Nagasaki. Las guerras anticoloniales posteriores, o las llamadas contrainsurgentes, llevaron al paroxismo la conversión de la población civil en objetivo bélico. Indochina, Argelia y Vietnam… son los jalones de un itinerario que llega hasta hoy: compárese el número de bajas civiles y militares en Palestina o Irak. Así, los terroristas suicidas de hoy creen hipócrita la censura de sus atentados porque afecten a la población civil. También se sienten profundamente ligados a sus familias, a su comunidad de origen y están desesperados ante lo que consideran una agresión de una fuerza asimétrica insuperable. Cierto, están equivocados, incluso técnicamente, pero no son nihilistas. Urge pues eliminar las causas de que tantos crean sus malas razones. Por cierto, no sólo suyas, sino propias de todos los belicistas que militarizan la política.