Epístola escarmentada

Por Quintín García González, sacerdote dominico y periodista (EL PAÍS, 22/06/06):

En estos días veraniegos de cielos negros y tormentas de truenos y estallidos de agua -como la Iglesia misma-, una parte de esa Iglesia, la oficial de las élites jerárquicas, ha estado preparando su inmediata Asamblea Plenaria Extraordinaria con un orden del día que incluye la posible aprobación de un texto sobre una determinada concepción de la unidad de España “como bien moral”. Otra parte de esa iglesia, la de las catacumbas y la de los grupos cristianos relacionados con los movimientos sociales, ha estado preparando su participación en las distintas plataformas civiles que celebran esta semana también el II Foro Social de las Migraciones en Rivas-Vaciamadrid.

La una sacará un documento para iluminar desde el poder episcopal y esa equívoca representatividad sagrada la conciencia de todos los españoles, católicos o no, proponiendo una reflexión pastoral. Esta orientación tendrá unos tonos u otros, unos colores u otros, según triunfe el sector nacionalista de la “Una, Grande y Libre” -Rouco, Cañizares y afines-, sector resucitador del nacionalcatolicismo y añorante del cesaropapismo, o haya sido frenado por otros sectores episcopales menos patriotas, o patriotas en otra dirección, o partidarios de no meterse en berenjenales partidistas de imposible justificación evangélica.

La otra iglesia no sacará documento, iluminará su conciencia con la luz de las Bienaventuranzas evangélicas y ocupará sus manos y su corazón diseñando con otros ciudadanos globalizados, de otras razas y religiones y países, propuestas económicas y políticas alternativas para el gran mundo de los desfavorecidos.

Quienes vivimos desde dentro las desviaciones evangélicas del nacionalcatolicismo, escarmentados por el daño que la Iglesia hizo a la sociedad española y se hizo a sí misma, estamos asustados y escandalizados por las machaconas propuestas previas de ese sector acorazado de la Conferencia Episcopal que lleva tiempo intentando imponer -en connivencia con sus grupos políticos y mediáticos de referencia, y empujada por los poderosos lobbies de católicos ultraconservadores- una determinada tesis sobre la unidad de la patria como única postura católica.

Estamos asustados, sí. Y escandalizados. Pero no ciegos ni mudos. Por eso yo quiero recordar en voz alta -opinión pública también en la Iglesia-, antes de ese documento final de los obispos, el viejo ya y olvidado “principio de autonomía de las realidades temporales” del Vaticano II, en el que muchos encontramos una guía para orientar nuestras dobles militancias: en la fe cristiana y en las tareas civiles donde se construye la sociedad. Cito la Constitución vaticana Gaudium et spes: “Si por autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar… es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía…, responde a la voluntad del Creador… Todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias… que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte”. (GS 36)

Estos intentos nuevos de orientar la dirección de las fórmulas políticas de la convivencia española desde las esferas religiosas hieren la sensibilidad eclesial de quienes pensamos que ser creyentes y pertenecer a la Iglesia católica no es dar un salvoconducto a la jerarquía de turno para que nos traiga y nos lleve por los caminos políticos, científicos, artísticos, económicos que ellos quieran, que ¡válgame Dios! por qué sendas nos ha llevado a veces. En esos campos los católicos nos guiamos por nuestra conciencia iluminada por los valores evangélicos, por la razón que Dios nos dio a cada uno, la que hemos cultivado con nuestro esfuerzo y las ayudas de los demás -también, supongo, de ellos en alguna medida-, la que nos enseña los arduos esfuerzos de la libertad inalienable, inentregable. La misma razón que Jesús utilizó para enseñar a delimitar campos y planos cuando dijo “dadles vosotros de comer”, pero no dijo con qué sistema económico o mediación técnica y social, sino que el pan y los peces llegaran a todos, hubiera fraternidad real. Él curó a unos y a otros, pero no nos dejó una herencia de recetas médicas, ni culturales, ni educativas, ni legales, ni políticas. Nos dejó las Bienaventuranzas y el encargo y el ejemplo de cuidar de los desvalidos.

El Evangelio no es monopolio de una ideología, de un partido, de una asociación. Aunque los cristianos, por supuesto, necesitemos para hacer efectivo el mensaje de Jesús categorías y mediaciones ideológicas, políticas y culturales: las que en conciencia veamos más coherentes con los valores evangélicos. No se puede dar gato por liebre, ni vender justificaciones cristianas donde no las hay. Ustedes, señores obispos, en esta ocasión -¡y en tantas!- están usando su poder e influencia -tan poco evangélicos- para intentar arrastrarnos a los católicos españoles a unas opciones políticas determinadas. Se han puesto de parte de unas siglas políticas y han intentado imponerlas. Lo han hecho desde Recaredo y Chindasvinto por lo menos. El caso de la Guerra Civil y la dictadura están ahí mismo. ¿Qué pasa, entonces, con los católicos que tenemos otros análisis y soluciones sociales, económicos, culturales y políticos; que vemos la historia de este país con otros ojos; que miramos a sectores más necesitados de la población antes que a la burguesía católica en la que ustedes están instalados? ¿Acaso no somos católicos? Sí lo somos. Por seguidores de Jesús en la mejor tradición católica, comunitaria y plural, respetuosa hacia dentro y hacia fuera, no de ustedes cuando han salido y siguen saliendo a defender pensamientos únicos e intereses partidistas, supongo que por asegurar el disfrute de viejos privilegios económicos, sociales y doctrinales.

No se trata ahora de estar a favor o en contra de lo que algunos de ustedes vienen diciendo sobre patrias y unidades, o la mayoría puedan decir en ese documento con el que nos amenazan. Se trata de pedir en voz alta -opinión pública en la Iglesia-, que no invadan nuestra conciencia de hombres y mujeres cristianos; no asuman ustedes nuestras responsabilidades intransferibles; no nos roben la libertad otra vez más. Se trata de pedir que no se apropien en exclusiva de banderas y doctrinas sacrosantas. Si realmente ustedes, como dicen tantas veces, quisieran ser un recuerdo público de la memoria del Señor Jesús, ser esa casa común de los hijos distintos, no asumirían estas funciones partidistas que nos encrespan, escandalizan y desunen. Así, seguirán siendo los obispos de un bando. Como en tantas ocasiones, a veces tan dramáticas.

De antemano confieso que no voy a tener tiempo para leer con detenimiento la reflexión episcopal sobre la unidad de la patria. Me temo que voy a estar ocupado en leer la documentación que genere el II Foro Social de las Migraciones. Prefiero habitar y ser habitado por esas patrias sin fronteras, más evangélicas, humanizadoras y de más claros horizontes, de las luchas por la justicia y la defensa de los débiles. Y si las tormentas de negros nubarrones y ruidos de mitras me dejan sentir hambre y sed por el Dios de Jesús y su Reino me saciaré, en soledad sonora, con relecturas de San Juan de la Cruz.