Epopeya universitaria

Una universidad emprendedora, tecnológica y comprometida socialmente ayuda al desarrollo de su entorno, porque le transfiere conocimientos científicos y tecnológicos para convertirlos en aplicaciones comerciales. En España, esta transferencia es poco eficiente. Los investigadores españoles crean conocimiento pero lo rentabilizan poco, algo falla. Se da por hecho que la universidad debe fomentar empresas ‘spin-off’, al estilo Silicon Valley. Pero la universidad no sale a vender sus conocimientos, sino que espera que las empresas vengan a buscarla; o es el investigador quien, a sus expensas, se aproxima a ellas. Mi tesis es que se puede transferir de forma más eficiente a las empresas.

Por otra parte, el conocimiento ya no reside ni se crea solo en las universidades. Las empresas de éxito están en las tecnologías que les interesan y se decepcionan de lo que la universidad suele ofrecerles: ideas alejadas de su aplicación. En cambio, la interpenetración de equipos humanos empresa-universidad puede convertir esas ideas en productos, creando a su vez un entorno innovador. Las empresas disponen de instalaciones, equipos y tecnologías complementarias que difícilmente un grupo de investigación podría adquirir. Disponen además de capacidad financiera y de gestión. En contraposición, los investigadores aportan los conocimientos de base. En otras palabras, la transferencia de ideas debe ser constante, profesionalizada y bidireccional. Una universidad tecnológica debe reconocer su entorno industrial, servirle y servirse de él.

La transferencia eficiente necesita avanzar en un nuevo concepto: la creación de instituciones mixtas público-privadas de base tecnológica, en las que los investigadores estén en un entorno que comparta medios humanos y materiales para resolver problemas industriales. Estos centros viven los dos mundos. Desarrollan e innovan pero, a su vez, publican, estudian nuevos procesos, forman investigadores y son observatorios de la evolución tecnológica. Se comportan como empresas para las empresas y como centros de investigación para la comunidad académica. Los ejemplos abundan en Europa, pero en España los centros tecnológicos los crean las asociaciones empresariales o los gobiernos regionales, prescindiendo de la universidad, a la que ven alejada de la realidad.

Crear centros mixtos universidad-empresa-administración requiere sentido de emprendimiento, saber y saber hacer, vocación de servicio y el apoyo decidido de la comunidad universitaria. Si una empresa ‘spin-off’ necesita una idea innovadora y casi siempre de un solo emprendedor, un centro tecnológico de origen universitario requiere la voluntad de un grupo de investigadores lo más multidisciplinar posible. Es una notable innovación institucional con vocación de realizar innovaciones industriales cruciales. La incertidumbre en los resultados, el riesgo de fracaso e incomprensión y la propia legalidad son amenazas a su creación y crecimiento. Si a ello sumamos que no existen ayudas públicas para este fin, su existencia es más un producto del azar que de la necesidad.

Porque deben sobrevivir como cualquier otra empresa. Del mercado y de fondos públicos para investigación cada vez más competitivos. No son una actividad lucrativa en el corto plazo, pero su proximidad a los problemas industriales, su fuerte compromiso con la calidad y la capacidad de proveer soluciones y una continuada reinversión en laboratorios y en personas propician un ambiente mágico de creatividad.

Todo ello no se consigue de la noche a la mañana. Solo un trabajo colectivo muy motivado puede crearlo. Pero la inflexibilidad normativa no reconoce el esfuerzo emprendedor y desconsidera el resultado final, que es mucho más que la suma de los proyectos realizados. Si tienen éxito, los resultados animan a más resultados. Pero su robustez es precaria ya que sus productos están siempre por desarrollar.

El establecimiento de un centro tecnológico con base universitaria es una epopeya. Como toda actividad social requiere más comprensión que rigideces burocráticas. No es un negocio, es un servicio. Y es un instrumento maravilloso de futuro que reubica el conocimiento más allá de las publicaciones. Las universidades deberían apoyarlos; y ellas, ser apoyadas legislativamente en su creación y mantenimiento. El individualismo creativo se acabó. En la Nueva Ilustración que propone el Club de Roma, se necesitan equipos multidisciplinares solidarios de personas de mente científica y carácter emprendedor.

Antonio Valero Capilla, director del Instituto Universitario de Investigación Mixto CIRCE de la Universidad de Zaragoza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *