Equidistancia

Por Luis Daniel Izpizua (EL PAÍS, 19/09/03):

La equidistancia es un concepto fundamentalmente espacial. Se dice que un punto equidista de otros dos o más puntos cuando se halla a igual distancia de ellos. En la actualidad, y cada vez con mayor insistencia, se está convirtiendo en un concepto político y también en un concepto moral. Ignoro de qué forma se puede equidistar en una sociedad que se define plural y admite en consecuencia diversas alternativas políticas e ideologías. En una sociedad plural y abierta, la equidistancia sería un concepto anecdótico difícil de aplicar de forma global a ningún comportamiento político -¿equidistancia de qué o de quiénes?-, ya que en una sociedad tal las diferencias se legitiman per se y según el principio de legalidad, y en ningún caso equidistan. Sólo en una sociedad dualista, y con vocación de serlo, el concepto de equidistancia puede tener alguna validez para señalar como anómalos pronunciamientos o actitudes que difieren de cualquiera de los dos polos de referencia. Ni con unos ni con otros, o con ambos, serían las fórmulas de la equidistancia en una sociedad que no admite a terceros.

El concepto ha tenido un especial arraigo en Euskadi. En el contexto de la lucha contra el terror se utilizó como un término cargado de connotaciones morales, más que políticas, connotaciones de las que no se ha desprendido a medida que ha ido modificando su campo de aplicación, un desplazamiento paralelo a la progresiva evolución de la sociedad vasca, declaradamente plural, hacia una sociedad de hecho dualista. Sobra decir que el uso intencionadamente político del concepto ha sido un instrumento no menor de ese proceso evolutivo de nuestra sociedad. Ha sido así porque, lejos de ser utilizado como un concepto meramente referencial y neutro -imposible, por otra parte, al ser invocado desde la pretensión de exclusión de terceros-, la equidistancia se convertía en un término valorativo que arrojaba a quienes coincidían en ella a uno de los polos. De ser un término referencial neutro pasaba a ser un término deíctico que se anulaba como concepto. En una sociedad en la que sólo hay unos y otros -o, para hablar claro ya, buenos y malos-, la equidistancia no señala la posibilidad de una tercera posición, sino que anula de raíz esa pretensión -¿la desenmascara?- ubicándola en su verdadero lugar : el de los malos.

Equidistantes eran en un principio quienes, condenando la actuación asesina de ETA, sin embargo de alguna manera la comprendían; quienes, recurriendo a una expresión más reductiva, equiparaban a víctimas y verdugos, condoliéndose de las primeras pero ahogando en consideraciones espúreas la responsabilidad de los segundos. Parece evidente que en la actualidad el concepto ha ampliado su espectro al pasar de designar cierta ambigüedad moral -pretendidamente por encima del bien y del mal- a designar lo que en una sociedad que se quiere dual sólo puede ser ambigüedad política. Uno de los polos de referencia de la equidistancia ya no es ETA, sino un más amplio y complejo campo político al que se le considera infectado por ella: el nacionalismo. El otro polo es un campo en litigio para cuya delimitación la utilización del concepto es de fundamental importancia. Por sorprendente que parezca, hoy puede ser tachado de equidistante, y arrojado al polo de la maldad, un concejal socialista amenazado o una víctima de un atentado etarra, que pueden sentir sobre sí el peso de la descalificación moral de la que no se ha desprendido ese término.

No hace mucho Ramón Saizarbitoria asumía en este periódico el estigma de la equidistancia con cierta tristeza. Más recientemente, Julio Medem, el director de cine donostiarra, lo asumía igualmente, no sin temor, pero haciendo una defensa del equidistante en términos de dignidad y valentía. Medem se declaraba no nacionalista. Saizarbitoria se ha solido definir como nacionalista cultural, es decir, un vasquista que seguramente no halla su lugar político. Ni la aparente resignación de Saizarbitoria ni la defensa de Medem me parecen acertadas. Asumir el término, y la descalificación que conlleva, supone asumir la bipolaridad social en que se sustenta. Supone también renunciar a la articulación de una sociedad plural en ideas y actitudes y, lo que es más grave, renunciar a lo que de más personal pueda haber en quienes tienen muy claro que los asesinos no son más que eso: asesinos.