¿Erdogan, el pacificador?

El primer ministro de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, ha emprendido un desafío abrumador. Después de participar en la cumbre de seguridad nuclear celebrada en Corea del Sur a finales de marzo, viajó a Teherán para instar a los dirigentes iraníes a llegar a un acuerdo en la siguiente ronda de conversaciones sobre asuntos nucleares entre Irán y los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (Gran Bretaña, China, Francia, Rusia y los Estados Unidos) y también Alemania. Erdogan será el anfitrión de dichas conversaciones que se llevarán a cabo a mediados de abril en Estambul.

La última vez que Erdogan había viajado a Teherán fue en mayo de 2010 para concluir un acuerdo previamente negociado que formalizaba el envío de parte de Irán de grandes cantidades de uranio poco enriquecido a Turquía a cambio de combustible nuclear para el reactor de investigación iraní. El acuerdo, en el que participaron como mediadores Turquía y Brasil, se presentó al resto del mundo como una iniciativa innovadora para la creación de confianza.

Sin embargo, los Estados Unidos y sus aliados rápidamente rechazaron el acuerdo pues consideraron que era una estratagema de Irán a fin de detener las crecientes intenciones de aplicar sanciones adicionales. La insistencia de Turquía para proseguir con el acuerdo causó tensión en los Estados Unidos y generó críticas internas y externas en el sentido de que el gobierno de Erdogan estaba alejándose de su alianza de larga data con Occidente.

El recuerdo de esta crisis de corta duración con los Estados Unidos sigue presente en los círculos del gobierno turco. ¿Entonces, por qué a pesar de haberse quemado las manos con ese asunto hace dos años, Erdogan lo vuelve a retomar? ¿Qué es lo que espera lograr en Teherán?

Las cosas han cambiado mucho en Medio Oriente en los dos últimos años y no en beneficio de Turquía. En consecuencia, ahora Turquía está tratando de contener una situación de seguridad regional que se deteriora rápidamente.

Los acontecimientos en Siria están obligando a las autoridades turcas a aceptar la dura realidad de la resistencia del régimen de Assad –y ahora su hostilidad hacia Turquía. Irak, otro de los vecinos de Turquía, encara el riesgo de una prolongada lucha de poder sectaria una vez que se hayan retirado las tropas estadounidenses.

Ante esto, ahora el principal objetivo de Turquía es prevenir una intervención militar en Irán. Desde el punto de vista turco, un ataque israelí o estadounidense contra las instalaciones nucleares de Irán desestabilizaría la región aún más porque sin lugar a dudas Irán tomaría represalias mediante la estimulación de tensiones sectarias y el debilitamiento de las perspectivas de un acuerdo en Siria o en Irak.

Así pues, Turquía quiere prolongar a como dé lugar el tiempo disponible para la vía diplomática. Sin embargo, el objetivo específico de Erdogan fue más modesto esta vez que en 2010 porque Turquía no quiere ser mediador y no intentará negociar los detalles de un acuerdo.

En cambio, Erdogan hizo hincapié ante sus homólogos iraníes sobre la resolución de la comunidad internacional para hacer transparente el programa nuclear de Irán, e insistió en la importancia de lograr avances concretos en la siguiente ronda de negociaciones sobre asuntos nucleares. Advirtió que la intransigencia iraní las condenaría al fracaso, aumentando así las posibilidades de otra confrontación militar en Medio Oriente.

En particular, Erdogan subrayó la necesidad de que Irán dé señales de buena voluntad en cuanto a su programa nuclear. El régimen iraní debería, como mínimo, comprometerse a reducir el enriquecimiento de uranio en un 20%, es una cifra muy inferior al umbral necesario para producir armas. Al haber tenido reuniones directas con el presidente iraní, Mahmoud Ahmadinejad, y el líder supremo, el ayatola, Ali Khamenei, Erdogan tenía la posibilidad única, como primer ministro de un país miembro de la OTAN, de transmitir estos mensajes críticos a un régimen cuyos procesos de toma de decisión a alto nivel continúan siendo tan oscuros como siempre para Occidente.

Paradójicamente, la tarea de Erdogan, si bien es más modesta que la de 2010, también es más difícil debido a las perspectivas de nuevas sanciones a Irán, incluida una prohibición a las exportaciones petroleras, que entrarán en vigor en julio. Los partidarios de las sanciones argumentan que están teniendo un efecto paralizante en la economía iraní. El valor del rial iraní está bajando un 50% respecto al dólar desde que empezó el año, y el país está sufriendo una severa escasez de divisas. Por ello no es el momento de dar marcha atrás.

Además, como el presidente estadounidense, Barack Obama, se enfrenta a un proceso electoral en noviembre no quiere que se le acuse de ser tibio con Irán, lo que hace difícil para Occidente corresponder las potenciales aperturas iraníes.

Con todo, el mejor aliado de Erdogan en su arriesgado gambito puede ser el consumidor estadounidense. Frente a precios crecientes de la gasolina debido a la actual crisis con Irán, las inquietudes de los estadounidenses por el costo de conducir han contribuido a debilitar los niveles de popularidad de Obama. Por lo tanto, la administración Obama puede considerar que en términos políticos es más conveniente buscar un acuerdo con Irán. Si Irán muestra una verdadera voluntad de compromiso, Occidente debería posponer las nuevas sanciones.

Dentro de poco será evidente si la visita de Erdogan tiene éxito. Si Irán decide cooperar con la comunidad internacional mediante medidas concretas que generen confianza en la siguiente ronda de negociaciones multilaterales, Erdogan tendrá gran parte del mérito por agotar la vía diplomática –y muy probablemente por evitar una desastrosa confrontación militar en Medio Oriente.

Sinan Ulgen, Chairman of the Istanbul-based Center for Economics and Foreign Policy Studies (EDAM), is a visiting scholar at Carnegie Europe.

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