Erlander y el PSOE

Lo malo de hacer reporterismo de guerra es que siempre hay un último bombardeo al cierre. En la monotonía del calendario estalla lo del PSOE, que no es solo lo de Pedro Sánchez, aunque hoy lo parezca. Es la crónica de una guerra desnuda. «En este momento la única autoridad soy yo» no parece frase adecuada si no es para tomar un Gobierno Civil. Pudo ser una novela negra, pero los personajes en liza no tuvieron la sutileza que se precisa para toda ejecución silente. Al final, la clave de la guerra es la llave. ¡La única autoridad soy yo!, gritan todos en el manicomio. Como ya nos explicó Velázquez, óleo sobre lienzo, en toda rendición lo importante es la llave. En los llaveros y en la cerrajería está el futuro del socialismo posible, o sea, de la socialdemocracia en España. Lo peor es que, como decía Mafalda, el empeoramiento empieza a empeorar.

El PSOE lleva años en la extrañeza y en la distancia, en la larga enfermedad, entendida la enfermedad como esa prudente y correcta tarjeta de visita que les deja la muerte a los ordenanzas. Ahora se intenta que ese vivo cadáver vertical decida partirse por la mitad para pasarse a Podemos o dividirse en dos para mantener los vestigios de la moderación. El caso es que, entre que quitan a uno que no se va y ponen a otro u otra que no se viene, el PSOE vertical tiende a lo horizontal.

Estamos en una suerte de surrealismo. O mejor dicho, de retorsión del surrealismo, un subproducto a medio camino entre la nostalgia del pasado, la radicalidad de la nadería del presente y el miedo por lo que vendrá. Una especie de ‘subsurrealismo’ que se ha instalado desde hace un año en la política y que ha arraigado en el partido de los socialistas como en ningún otro sitio. El surrealismo siempre ha sido una fuerza de vanguardia y en eso se diferencia de esta derivada peripatética y ‘subsurrealista’, que lo es de retaguardia y de sálvese quien pueda. Nos tiene Pedro Sánchez rompiendo el escaparate de Ferraz para que la mi-litancia le vea mejor, como Dalí rompió un escaparate de una tienda de Nueva York para que los neoyorquinos vieran mejor a Dalí.

La cosa es tan fácil y tan difícil como tener que decidir entre aferrarse a la trayectoria histórica del partido (ser Felipe González en la Moncloa) o pasar a gobernar con Podemos (ser Miquel Iceta en Barcelona). Tan fácil y tan difícil, porque el drama es que el heredero de lo que quede del PSOE no rentabilizará ni una ni otra decisión a corto ni a medio plazo. Y en la política de hoy, como en el fútbol de siempre, manda el ‘minuto y resultado’. El PSOE pudo haber intentando conjugar una mayoría parlamentaria alternativa contra el PP. Y si los números no salían (que no salían), debió haber dejado gobernar a la mayoría parlamentaria que quedó configurada por las urnas. Ahora llegará a unas terceras elecciones hecho unos zorros.

Una generación completa de nuevos socialdemócratas pasa olímpicamente de leer las memorias de Tage Erlander (primer ministro de Suecia entre 1946 y 1969). Y lo peor es que no las leen porque ni saben quién es. La satanización de la derecha como único argumentario es un relato demasiado corto. El último bombardeo en Ferraz nos trae la sencillez de toda destrucción. Después del estallido aparecen nítidos los restos y los despojos se leen mejor cuando son despojos. En estos restos, lo que vemos es que la política la hacen los políticos y que cualquiera no sirve para cualquier cosa. Una evidencia olvidada en el PSOE, que encomendó sus destinos a alguien cuyas capacidades solo le permitían decir ‘no ‘, hacer ‘no’ y vivir de la gestión del ‘no’. Demasiado pasado para tan poco presente y un futuro incierto.

Víctor M. Serrano Entío, abogado.

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