Eros y los árabes

La joven egipcia Aliya el-Mahdi, haciendo gala de un ingenuo exhibicionismo, recientemente se ha expuesto desnuda en Facebook. Su objetivo es manifestar de tal suerte la protesta contra la opresiva sociedad que la rodea —la islámica—, amén de declararse feminista, vegetariana, liberal y dispuesta a modificar injusticias como que su novio (de nombre Hakim Amer) y otros jóvenes estén encarcelados por expresar reticencias sobre el islam y la represión de sentimientos y derechos que conlleva. Suponiendo que no haya trampa en el intento de la muchacha, es decir que la imagen de las fotografías se corresponda con el nombre que la acompaña y que la protagonista haya actuado de forma voluntaria y libre, lo primero que se nos ocurre es el extremo riesgo personal en que incurre. Por lo demás, a estas alturas, no enseña nada que no pueda verse en las playas españolas, si bien la chabacanería y mala educación dominantes en nuestro país imponen, en cualquier momento y lugar, estos alardes a quienes no quieren contemplarlos, ante la evanescencia de las supuestas autoridades, eternas desaparecidas. Pero éste es otro asunto.

No creo que la chica sea tan simple como para esperar una inmediata liberación del novio y la sincera conversión a la democracia de los islamistas, sino tan sólo producir un efecto revulsivo mediante un gesto de provocación que le puede costar carísimo, el máximo precio para un ser humano. Y lo sabe. De ahí tal vez su valor. Quienes la tachen de inmoral, o de mera imprudente, desconocen el grado de desesperación por asfixia y cercenamiento de los sentimientos, los impulsos sexuales y hasta el puro instinto que se ejerce en la sociedad musulmana, en primer término sobre las mujeres y, de manera correlativa e inevitable, sobre los hombres: si el sexo femenino desconoce la libertad, el masculino también paga el gasto y sus consecuencias. Y juntos, al alimón, se reprimen de modo concienzudo y sistemático. Y, sin embargo, la imagen difundida en Europa sobre nuestros vecinos del sur y este del Mediterráneo proviene de espejos convexos donde las figuras se dilatan y alargan y nos hacen creer en un mundo de sensualidad inagotable, de sexos trotones y jolgorio sempiterno. Se ha dicho —quizás con razón— que todos esos tópicos acerca de los árabes no constituyen sino una proyección sobre otros de nuestras propias fantasías y frustraciones. Es muy posible, pero la realidad social y cultural de pasado y presente —lo que nos debe interesar, si pretendemos entender algo— discurre por caminos muy distintos, sin olvidar que toda la cuentística y anecdotario oral o escrito de temática erótica (tampoco demasiado voluminoso, no nos engañemos) no está describiendo sucedidossino destapando deseos.

Aparte de algunas obras específicas (los llamados Kutub al-bah, «Libros del coito»; los de at-Tifashi o at-Tiyani; o las numerosas alusiones contenidas en el Libro de las canciones de Abu l-Faray al-Isfahani) en la literatura árabe medieval aparecen salpicadas anécdotas, relatos y poemas entre obscenos y eróticos. Tanto esta clase de referencias por vía indirecta, como la antiimagen de Mahoma —el oponente religioso y político de la cristiandad—, fueron para los cristianos paradigmas de salacidad y poca contención. Llegado todo durante la Edad Media, conformó un panorama de lujuria y desenfreno más imaginario que real, exceptuados príncipes y magnates, como de nuestro lado. Y tampoco las literaturas europeas de la época carecían de historias, refranes, epigramas procaces, incluso de autores respetadísimos cuyas obras en los institutos se nos enseñaban de manera asaz fragmentaria, cuando en los institutos se enseñaba algo: desde Boccaccio, Aretino, Chaucer al Cancionero de Baena o el de Antón de Montoro, hasta los atormentados románticos hermanos Becquer, con su tremendo Los Borbones en pelota, huertos de verdor y de verdulería que los chicos de entonces no podíamos ni imaginar.

Pero todas —musulmanas y cristianas— eran imágenes literarias, no necesariamente un calco de la realidad. El Corán (II, 224) establece el amor lícito. «Vuestras mujeres son vuestro predio, id a vuestro predio por donde (o cuando) queráis» y de ahí un joven colega extrae la conclusión de la existencia en el islam tradicional de una «mirada gozosa al abordar la sexualidad “lícita”». Mucho me parece, no sólo porque «lícita» signifique de hecho sancionada jurídicamente, sino porque las miradas pueden también posarse en el sórdido retrato de las relaciones entre los sexos que traza al-Wansharisi (siglos XV-XVI) en su voluminoso compendio de dictámenes jurídicos —y que por sí solo merece estudio aparte—; o en el puritanismo formal que roza lo hilarante en el comportamiento (externo y por tanto hipócrita) de Ibn Battuta cuando va mundo adelante amolando a gentes variopintas para que se cubran (en el baño en Egipto, en las Islas Maldivas, en el reino de Malí); en las picantes anécdotas (resueltas en sentido contrario, hacia la salida más represiva) que narra Ibn Arabi de Murcia en Santones; en la autocastración de Abu Abd Allah el Granadino en La Meca, también relatada por Ibn Battuta; en la exaltación del idealismo platónico, no poco masoquista en su exacerbada forma de castidad, en Ibn Hazm; en la continencia como modelo, igualmente propuesta por el Corán; en las amenazantes y punitivas normas que instituye el sevillano Ibn Abdun (siglo XII), en tal cantidad y gravedad que aquí no podemos reproducirlas ni en corto resumen («Prohíbase a las mujeres que laven ropa en los huertos, porque se convierten en lupanares» y citamos sólo las suaves), por más que el ceñudo alfaquí hispalense asocia licencia sexual con fiestas báquicas, borracheras, sacerdotes cristianos y… homosexualidad.

Y si at-Tifashi (y otros) refiere desenfadadas historietas de bujarrones y afeminados, Ibn Abdun lanza un anatema definitivo: «Los putos deberán ser expulsados de la ciudad y castigados donde quiera se encuentre a uno de ellos. No se les dejará que circulen entre los musulmanes porque son fornicadores malditos de Dios y de todo el mundo». Y ése es otro de los mitos extendidos entre nosotros: la supuesta tolerancia benévola del islam con la homosexualidad, lo cual ha inducido a algún escritor de por acá a erigir fantasiosos garbanzales dorados donde no hay sino cruda sordidez y explotación de los más débiles, por ejemplo niños. Los versos de Abu Nuwas o Abu Dulaf al-Jazrayi pueden hacer gracia por su faceta irónica y jocosa, pero la actitud global de la sociedad árabe —e islámica en general— hacia la homosexualidad oscila entre la burla sangrienta y el castigo expeditivo. Invariablemente, cronistas y escritores serios no ocultan los juicios despectivos y de mofa, o de dura condena, hacia travestidos, afeminados, etcétera (V.g., ver las referencias de Juan León Africano en las hospederías de Fez). Tampoco el vocabulario árabe concerniente a la materia deja lugar a dudas en torno a la fuerte carga despectiva e insultante de las palabras empleadas: hasta donde yo sé, en árabe aún no se ha sacralizado y convertido en obligatorio el uso de un extranjerismo-eufemismo como ha sucedido entre nosotros con el inglés gay.

Todas estas cosas, con los mismos u otros detalles, las conoce Aliya el-Mahdi. Sabe que el problema real no es —ni ha sido nunca— la poligamia (circunscrita a círculos muy pobres o muy acomodados y en ciertos momentos históricos), sino el repudio fácil de las mujeres mayores; también sabe que antes de su nacimiento, el pañolón islámico (hegab) no existía en su país y que las melayasnegras en las ciudades y los pañuelos multicolores de las campesinas eran mero hábito cultural sin connotaciones represivas; y, por supuesto, tampoco ignora que el derecho de familia actúa en su contra, bien impregnado por la Shari’a, por cierto en trance de afianzamiento y dominio final, gracias, en parte, a los despistados que apoyaron la chusca Primavera Árabe. Ojalá que Aliya —con desnudo o sin desnudo— viva una vida normalizada, como la de las jóvenes de Málaga, Monforte o Alcalá de Henares, sin tener que exiliarse para sobrevivir, o callar y reconvertirse, como le tocó a las generaciones de su madre y su abuela.

Por Serafín Fanjul, catedrático de Literatura Árabe.

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