Errores que hacen historia

Resulta llamativo que el año que Francia recupera el premio Nobel de Literatura, que ha logrado en quince ocasiones desde 1901, el galardonado, Patrick Modiano, no figure en la cima de los libros más vendidos. Aún más sorprendente es que las obras de quienes copan el primer y el segundo lugar de ventas tengan que ver con dos temas que los franceses habían detestado siempre: la ruptura del cordón de seguridad que preservaba la intimidad de sus hombres públicos y la defensa del populismo más revanchista y reaccionario. Ambos, casualidad o no, escritos por periodistas de papel con pocos escrúpulos, que conocen bien que lo transgresor es hoy lo que mejor se vende.

Una ex despechada del presidente de la República y un polemista de la televisión que pasea por los platós el ideario del Frente Nacional encarnan hoy en Francia el modelo de escritor de éxito. En el caso de Valérie Trierweiler su obra Merci pour ce moment (Éditions Les Arenes) sigue alimentando el desprestigio de François Hollande y se acerca al millón de ejemplares y a una docena de lenguas traducida. El caso de Éric Zemmour, hijo de judíos franceses de Argelia, que lleva vendidos más de 400.000 libros con su panfleto incendiario Le suicide français (Éditions Albin Michel, 544 páginas), es mucho más preocupante y ha escandalizado a la intelectualidad gala por el enorme éxito comercial de quien se presenta en las entrevistas como el portavoz de una mayoría silenciosa. No deja de ser una señal de alarma la venta masiva de un libro con posiciones contrarias a derechos fundamentales de los inmigrantes y de los homosexuales; refractario a la idea de Europa y del euro; y condescendiente con el régimen colaboracionista del mariscal Pétain y su obediencia al régimen nazi hasta el extremo de defender el sacrificio de judíos extranjeros para salvar a cambio a los judíos franceses.

Nicolas Sarkozy, más allá de su ambición y sus cuitas con la justicia, ha vuelto para digerir una parte de este importante electorado francés que apoya al Frente Nacional. De ahí su propuesta de llevar a cabo una refundación de la derecha, que admita postulados exclusivos hasta ahora de la extrema derecha y que recorte derechos a los inmigrantes y también al actual Estado de bienestar. De refundación también habla el combativo primer ministro socialista, Manuel Valls, que tiene intención de agotar el mandato para el que ha sido nombrado en Francia porque, dice, no es un desertor. Aunque no lo reconocen en público, ninguno de ellos aspira seriamente a ganar la primera vuelta de las presidenciales, sino a pasar a la segunda y asegurarse así la nominación. En los dos cuarteles generales están convencidos de que la formación de Marine Le Pen llegará en cabeza cuando se celebre la primera votación, pero tiene poco a hacer en la segunda y definitiva. Le Pen ha logrado, por ahora, imponer en amplios sectores de la sociedad francesa el relato negacionista de Europa, así como priorizar la identidad francófona frente a la republicana.

Aunque no es una batalla de ideas, sí lo es, al menos, de estrategia en el sentido más literal del término. Francia va a virar a la derecha en las próximas presidenciales y ese espacio es el que está hoy en disputada reconstrucción. Excepto en Alemania, los gobiernos duran un único mandato, en buena medida porque la crueldad de la crisis económica acelera la impaciencia de los ciudadanos, que se muestran menos dispuestos que nunca a que se les dé gato por liebre. Como consecuencia de ello, se generaliza la tendencia que premia a nuevas formaciones políticas aunque sea con programas electorales marcadamente populistas y, por tanto, en buena medida, irrealizables. Francia y España no son en eso nada diferentes y recorren caminos muy parecidos cada vez que aparecen encuestas de opinión sobre intención de voto. En el Hexágono el malestar lo recoge el Frente Nacional y en España, Podemos, del también televisivo Pablo Iglesias. ¿Los polemistas de la pequeña pantalla están jugando con ventaja esta partida?

El refugio de unas expectativas económicas mejores ya no sirve como banderín de enganche para recuperar al electorado más indignado del Partido Popular y que le votó hace ahora tres años. Los españoles viven hoy peor que en el 2011, muchos han consumido una parte de sus ahorros y el paro ha hecho mella en sus familias, se ha cebado en ellos mismos, en su entorno más próximo, en sus hijos, en sus nietos. Tampoco la gestión política desarrollada en la presente legislatura servirá para atraer de nuevo a los que se han ido por tantos motivos diferentes de desencuentro como razones tuvieron para darle una amplia mayoría absoluta tras dos mandatos de Rodríguez Zapatero.

Sin triunfos para ir a las elecciones y sin comodines en la recámara para gestionar el 2015, los populares se lo van a jugar todo a una única carta: El PP o el caos. El PP o ruptura de España. El PP o república bolivariana y empobrecimiento de los españoles. Ese va a ser el guión. Empezando por desacreditar a los dirigentes del PSOE y denunciar que en España no existe un partido de oposición fiable. Para ello presentará a los socialistas como un partido insolvente, liderado por un Pedro Sánchez que no controla su organización y donde la andaluza Susana Díaz es la auténtica adalid, que modifica cada día el guión como ha hecho con la estabilidad presupuestaria, y que se mueve a golpe del último titular que ha aparecido en la prensa. Y como guinda: el aviso de que los socialistas pueden pactar con Podemos y con ello arruinar a muchas clases medias. Ese es el catecismo para la inminente campaña electoral. ¿Y en Catalunya? Apretar cuanto sea posible para que la fiscalía del TSJC saque adelante la querella contra Artur Mas por el proceso participativo del 9-N; descartar cualquier negociación sensible con el Gobierno catalán, sea del tipo que sea; incumplir la reforma del sistema de financiación de las comunidades autónomas, que por ley tenía que estar lista antes del 2014 y que daría algo de oxígeno a las paupérrimas arcas de la Generalitat, y reducir el diálogo institucional al mínimo posible. De una manera más discreta –o no–, mirar de restar apoyos civiles al proceso soberanista. A veces, incluso, con advertencia incluida a alguna de las patronales catalanas que rehuía la asistencia al reciente mitin de Rajoy en Barcelona.

En el palacete de Soubise, donde se encuentran los Archivos Nacionales, cerca del Pompidou y algo más alejado del Ayuntamiento, estará abierta hasta marzo una exposición que, bajo el título de La Collaboration 1940-1945 y un llamativo cartel con los rostros del mariscal Pétain y Adolf Hitler, pretende aportar una nueva mirada sobre un tema tabú de la historia francesa. Un total de 600 documentos, la gran mayoría de ellos inéditos, repasan aquellos años negros de Francia, dentro de las conmemoraciones del 70.º aniversario de la liberación. La exposición analiza por vez primera el papel que tuvieron la política y la economía durante la ocupación, así como la reacción del mundo cultural, policial y militar. Nunca es demasiado tarde. El pasado siempre acaba regresando a través del implacable juicio de la historia. No olvida nunca los errores, sino que los exhibe ante nuestros ojos para escarnio de aquellos que fueron los responsables. Que así sea.

José Antich

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