¿Es Artur Mas tan importante?

La reacción contra el independentismo se está focalizando en Artur Mas. ¿Es el president el líder sine qua non del soberanismo? ¿Merece ser la diana preferente del unionismo?

El trabajo más relevante sobre liderazgo político de los últimos años sostiene que los presidentes no son los agentes poderosos y transformadores que muchos asumen. Con datos de las presidencias norteamericanas, su autor, G. Edwards, muestra que las iniciativas presidenciales exitosas han circulado siempre tras la opinión pública. Los presidentes van con el viento, “corren las olas” de un movimiento preexistente, sólo hacen lo que pueden hacer, dedicándose, sobre todo, a la articulación de una coalición dominante que haga sostenible esa energía previa. Esta dinámica es general. Edwards cita aquella confesión de Lincoln, el unionista, de que nunca había controlado el “proceso”, que este siempre lo había dominado a él. “Proceso”, la misma palabra que usa reiterada, literalmente, Artur Mas, el secesionista, para definir su rol: “instrumento del proceso”. Mas sería un presidente facilitador, más circunstancial que creador de circunstancias, que canaliza, ahora que existen las condiciones objetivas para ello, a los catalanistas en la dirección en que siempre se han querido mover.

Estas condiciones no son una injusticia, o el reconocimiento subjetivo de la misma, sino el cálculo racional de la probabilidad de ganar, surgida de la implosión económica del Estado español. No es que el independentismo tenga más agravios ahora. Simplemente calcula que puede vencer. De ahí su activismo, prisa y euforia.

Pensar que Mas es la variable independiente que explica el empuje soberanista es infravalorar el catalanismo, confundir el objetivo de la reacción, y una manifestación primitiva, como creer que clavando agujas en un muñeco de trapo el hechizo desaparecerá. Por si acaso: ir a por él, desactivarlo políticamente, es legítimo. Las críticas que está recibiendo, comparadas con las que sufriría un político que pretendiese un cambio de tal magnitud en una democracia madura como la norteamericana, son, como dice el entrenador del Atlético de Madrid respecto a la agresividad del fútbol español, Disneylandia.

CiU propaga otra hipótesis de liderazgo, interesada, también atávica, opuesta a la del líder individual: la del pueblo unido. Así, la manifestación de la Diada fue una muestra representativa que coincidiría con el universo del pueblo catalán, en la que los sentimientos subjetivos de los presentes correspondían a sus intereses objetivos, como si todos se fuesen a beneficiar de igual modo de la independencia. Eso no ha pasado nunca. Ni en el éxodo de los judíos de Egipto, ni en la consolidación del reino de Portugal, ni en las independencias latinoamericanas.

Existe otra hipótesis, seria, de liderazgo colectivo, abajo-arriba. El independentismo sería un movimiento surgido de la riqueza asociativa catalana. Pero buena parte del enorme capital social catalán predata al contexto actual, a la democracia, incluso al franquismo. ¿Por qué no se activó antes esta estructura de movilización? Mi propuesta –a falta de elucidar empíricamente– es porque la penetración en esas asociaciones por los partidos políticos nacionalistas, así como sus dependencias de la financiación pública, no se había dado suficientemente hasta ahora.

¿Qué lidera, entonces, un movimiento como el independentismo? Un politólogo, aún sin saber nada del país, propondría el siguiente dibujo. El meollo sería un grupo dirigente de unos cinco componentes. Un pinyol es necesario porque la disciplina y unidad de criterio para liderar un movimiento social no se produce en agregaciones superiores. Estaría rodeado por un círculo de una docena de individuos que aportarían talento especializado, por ejemplo legal o de marketing político, y contactos críticos, por ejemplo, con la banca. Y un segundo anillo, de unos cien, el primer nivel de la cascada de penetración de esa estructura en su clase social de referencia. El politólogo estaría adivinando a CiU. Mas es reemplazable. Hay otros en CiU casi tan buenos como él. Mucho más difícil y lento es desarticular la capilaridad de CiU en las clases medias catalanas.

Tienen, sin embargo, los unionistas, posibilidades. Así, la euforia independentista va muy por delante de la construcción de coaliciones –el trabajo específicamente presidencial que correspondería al president Mas y que no está haciendo bien–. Sorprendentemente, la coalición con los empresarios es incompleta. Mientras alguna asociación de los pequeños y medianos –con frecuencia los más dependientes del patronazgo político– han entonado a Mas un totus tuus sonrojante, los empresarios más globalizados no dejan de inquietarse ante ese contraste tan definitorio de CiU: excelencia táctica y carencia de estrategia. El independentismo no sale bien en los análisis de riesgos. Asimismo, lo que dijo hace un par de semanas el president, que los empresarios tienen que adaptarse al país, fue de arrogancia ingenua. El capitalismo cosmopolita, sin lealtades locales, el que genera más valor económico añadido, es la contingencia: a él se adaptan los países, no al revés. Tampoco, y grave para el soberanismo, no hay asomo de coalición independentista en la UE.

Como Rajoy y Rubalcaba, Mas pertenece a una generación de políticos con carreras de apparatchik: experimentados en el trabajo interno del partido, en su ecología local, pero no en el desarrollo de coaliciones económicas e internacionales.

José Luis Álvarez, profesor de Liderazgo de Insead, París-Singapur.

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