¿Es efectiva la lucha antiterrorista?

Michel Wieviorka, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París (LA VANGUARDIA, 12/09/05).

Cuatro años después, ¿cuál es el respectivo balance que podemos hacer, por una parte, del terrorismo global encarnado de forma espectacular en los atentados del 11 de septiembre del 2001, y, por otra, de la lucha antiterrorista tal como Estados Unidos la concibe y la dirige?

Después del atentado del 11-S, el islamismo terrorista ha golpeado repetidas veces. Ha alcanzado los países musulmanes de Asia y África, así como Europa, ofreciendo de este modo la imagen de un fenómeno con rasgos distintos de los atentados del World Trade Center o el Pentágono. De hecho, en el 2001 los terroristas actuaron lejos de sus bases y sus sociedades de origen (Arabia Saudí y Egipto), lejos de cualquier comunidad, sin arraigo en ningún tipo de vida colectiva, llevados por un odio metapolítico a Estados Unidos y Occidente que trascendía cualquier proyecto político inscrito en el marco de un Estado nación: no era su objetivo, por ejemplo, modificar el equilibrio político en Arabia Saudí o Egipto. Su acción no tenía una dimensión instrumental, puesto que no trataba de ejercer presión para lograr una decisión política estadounidense de tal o cual naturaleza.

Los atentados que se han podido imputar a continuación a Al Qaeda son globales en otro sentido y se pueden hacer observaciones análogas tanto sobre aquellos más próximos a nosotros, como los de Yerba (Túnez, 11 de abril del 2002), Casablanca (Marruecos, 16 de mayo del 2003), Estambul (Turquía, 15 y 20 de noviembre del 2003), Madrid (11 de marzo del 2004) o Londres (7 de julio del 2005; tentativa frustrada del 21 de julio del 2005), como sobre aquellos que han tenido lugar en África o Asia. De hecho, conjugan dos lógicas, con modalidades variables. Una sigue siendo, como en el caso del atentado del 11-S, planetaria y metapolítica, mientras que la otra refleja un arraigo de los actores en la sociedad afectada. En estos atentados, no todos los terroristas provienen necesariamente de fuera ni se limitan a inscribirse en redes planetarias, sin arraigo en el lugar. Al contrario, expresan también una rabia, una desesperación – que refleja la forma en que se encuentran dentro del país donde viven- por sentirse escuchados y reconocidos como musulmanes o hijos de emigrantes. Este rasgo fue particularmente claro en Casablanca, donde provenían de barrios pobres en el seno de los cuales habían evolucionado hacia el islamismo y donde algunos se habían radicalizado sobre todo en el transcurso de su estancia en la cárcel, en la que habían recibido un adoctrinamiento ideológico-político. Y este rasgo ha implicado también un horror suplementario para los británicos, puesto que no sólo han descubierto que su país es vulnerable al islamismo terrorista, del que se creían protegidos en el último decenio, sino también que algunos de los autores de los atentados eran ciudadanos integrados en su propia sociedad, que no formaban parte precisamente de los sectores más pobres ni más desheredados.

En la actualidad, lo característico del terrorismo global es combinar las diversas lógicas planetarias y metapolíticas con las lógicas locales, susceptibles de tener una incidencia política inmediata. Es necesario resaltar que, después de la guerra de Iraq, este terrorismo se ha dotado de una dimensión instrumental al esforzarse en debilitar a los países comprometidos con la guerra. Ello fue particularmente claro en España, con consecuencias harto conocidas (la victoria de la izquierda en las elecciones y el abandono de la política de intervención en Iraq al lado de Estados Unidos y el Reino Unido), en el trasfondo de una desastrosa gestión de la situación por parte del gobierno de Aznar, empeñado en acusar a ETA. También ha quedado claro en Londres. En cierto modo, puede afirmarse que el terrorismo posterior al 11-S no ha logrado afectar de manera directa a Estados Unidos y ha tomado la forma de una ola instrumental que desciende desde el marco planetario al de algunos Estados nación. Si la tendencia actual se prolonga, podría dar lugar a una imagen de fragmentación del terrorismo global. Esta imagen se confirma si se examina el terrorismo palestino. Éste ha tomado con frecuencia la forma de atentados suicidas, llevados a cabo sobre todo en nombre de Hamas o la Yihad Islámica. Sin embargo, frente a la lógica global que simbolizan los nombres de Al Qaeda u Osama Bin Laden, el fenómeno es autónomo dentro del conjunto. No se ha acercado a Al Qaeda, ni en términos prácticos ni ideológicos, y sigue enraizado en la cuestión nacional palestina.

Consideremos ahora los esfuerzos estadounidenses para combatir el terrorismo global. La cuestión es delicada, puesto que tales esfuerzos presentan diversas dimensiones y algunos de sus objetivos interfieren con otros, en particular cuando se trata de guerras, la de Afganistán primero y la de Iraq después. La guerra contra el terrorismo prometida por George W. Bush se compone de algunas operaciones que no sólo no apuntan a debilitar el terrorismo, sino que han conseguido reforzarlo. Parece muy claro si se compara el Iraq de Saddam Hussein, donde no existía espacio alguno para los grupos terroristas, con el Iraq actual, que es un laboratorio de violencia en todos los frentes, incluyendo la de los grupos terroristas. En Afganistán, la violencia está lejos de aplacarse o erradicarse, y la estrategia de Estados Unidos no puede presentarse como un éxito. De hecho, en cuanto al terrorismo propiamente dicho, no se ha conseguido hasta la fecha capturar a Osama Bin Laden, ni siquiera al mulá Omar, el jefe de los talibanes, y Pakistán sigue siendo un país que concede relativa libertad de acción a los terroristas. Por otra parte, Estados Unidos no ha podido evitar los atentados que han golpeado otros países, entre los cuales se cuentan sus aliados más próximos, y su política en la materia no parece un éxito a escala mundial. Lo más preocupante, quizá, es que las redes terroristas que se constituyen o se reconstituyen en la actualidad comienzan a renovarse prescindiendo de lo que fue su gran fuerza en los últimos años: la existencia de campos de entrenamiento en Afganistán o Pakistán, donde varios miles de personas llegadas de distintos horizontes se prepararon, se convirtieron en cruzados y anudaron relaciones de confianza y amistad en el contexto de una ideología compartida. Esta fase de la historia del terrorismo global podría quedar muy pronto atrás, y la represión y las actividades de los servicios secretos deberían contribuir a ponerle fin. Sin embargo, tal como se ha visto, aparecen nuevos protagonistas, incluso dentro de las mismas sociedades occidentales. Estados Unidos se recupera lentamente del trauma del 11-S. Tal como indican sondeos recientes, los ciudadanos toman distancia con George W. Bush y su política en Iraq, una de cuyas justificaciones consistía, contra toda lógica, en acusar a Saddam Hussein de colusión con el terrorismo de Osama Bin Laden.

Los estadounidenses han reforzado sus medidas de seguridad interior. Pero no han arreglado nada en el exterior: el terrorismo global sigue su camino y, hasta la fecha, su evolución debe poco al éxito de aquellos que, como los estadounidenses, luchan contra él.