¡Es el ancho de banda!

Hace unas semanas, el general Martin Dempsey, la más alta autoridad militar de las Fuerzas Armadas estadounidenses, declaró que su país no gozaba de la supremacía en la esfera cibernética, muy al contrario de lo que todavía ocurre en el resto de los ámbitos de operaciones. Y es que tal y como sucede en todas las Fuerzas Armada avanzadas, las estadounidenses dependen de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) para planear y conducir sus operaciones militares. De hecho, por el ciberespacio militar circulan tanto las coordenadas sobre las que situar en cualquier punto del globo sus unidades militares, la información procedente de sus medios de reconocimiento, las órdenes que deben ejecutarse, las coordenadas de los blancos a batir, los datos para dirigir sus drones y armas con precisión hacia sus objetivos o la información logística necesaria para sostener cualquier operación militar. De hecho, el flujo de información que deben soportar diariamente las redes públicas y clasificadas del Pentágono es tal que se ha convertido en un problema de difícil solución y una de las principales amenazas para la operatividad futura de las Fuerzas Armadas del país.

Las redes militares estadounidenses no sólo deben protegerse de unos ciberataques enemigos cada vez más numerosos y potencialmente peligrosos, sino también de la imparable demanda de información necesaria para el funcionamiento diario de sus fuerzas. Y es que tal y como puso de manifiesto la Armada hace meses, sus fuerzas desplegadas están empezando a tener problemas de ancho de banda, puesto que sus redes clasificadas son incapaces de satisfacer toda la transmisión de datos necesaria de sus sistemas militares.

A día de hoy, se estima que las Fuerzas Armadas estadounidenses tienen una demanda de ancho de banda de 24 Gigabits por segundo, aunque muchos estudios independientes alertan que en los próximos cinco años esta necesidad se incrementará en un 70% hasta alcanzar los 41 Gigabits por segundo, algo que las actuales redes no podrán soportar. Del mismo modo, se estima que solamente el 22% de las comunicaciones estratégicas del país utilizan su propia red de satélites militares, mientras que el 78% restante emplean satélites comerciales con un coste anual de más de 1.800 millones de euros. La última Revisión Cuatrienal de la Defensa, presentada en marzo del año pasado, traza las líneas maestras de la política de defensa y la organización militar estadounidense hasta 2018, alerta de esta situación y plantea varias medidas encaminadas tanto a incrementar la capacidad de transmisión de datos de las infraestructuras cibernéticas del país como para minimizar el impacto que podría tener la paralización de las redes en la operatividad de las Fuerzas Armadas. Si la Armada estadounidense tiene hoy estos problemas de ancho de banda, en un futuro no demasiado lejano éstos se incrementarán de forma exponencial a medida que los aviones de combate sean reemplazados por drones y los buques de superficie sean complementados por sistemas submarinos y de superficie no-tripulados. La Fuerza Aérea y el Ejército de Tierra se hallan en una situación similar: la generalización del empleo de proyectiles de precisión e inteligentes y la progresiva introducción de robots en el campo de batalla requiere unos volúmenes de información que difícilmente las redes actuales podrán proporcionar y gestionar.

De hecho, esta es una de las preocupaciones que se halla detrás de la denominada Tercera Estrategia de Compensación que, recientemente planteada por el ya saliente Secretario de Defensa Chuck Hagel, pretende explotar las capacidades tecnológicas del país para incrementar la brecha militar entre Estados Unidos y sus adversarios a la vez que garantizar la capacidad para proyectar su poder militar a cualquier punto del planeta con independencia de las defensas enemigas. Evidentemente, si Washington pretende lograr este objetivo, los requerimientos en materia de conectividad, redes proyectables, comunicaciones por satélite y ancho de banda se incrementarán infinitamente más de lo imaginado, e impondrán nuevos condicionantes a la hora de plantear y conducir las operaciones.

Sin embargo, la necesidad de ancho de banda y la dependencia de las redes de información y comunicaciones no es sólo un problema de las Fuerzas Armadas estadounidenses, es un problema que afecta a todos los ejércitos avanzados; por lo que si no se aborda pronto, su operatividad se verá severamente reducida.

Enrique Fojón Chamorro y Guillem Colom Piella, miembros de Thiber, think tank sobre ciberseguridad.

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