¿Es el islam la causa de todo?

Irak y Siria, dos estados árabes, se descomponen ante nuestros ojos. Níger, Malí y Nigeria están desestabilizados por unas milicias islamistas. El régimen argelino solo se mantiene gracias a la represión militar. De la Primavera Árabe solo sobrevive Túnez, cuya cultura es tanto mediterránea como árabe-musulmana. ¿Lleva el islam en su interior un gen destructor que impide avanzar hacia la libertad política y el progreso económico? ¿Acaso los musulmanes solo pueden elegir entre la restauración de un califato mítico y la dictadura militar?

¿Es el islam la única causa explicativa? No es tanto el islam en sí el que imposibilita cualquier evolución, sino una de sus interpretaciones, específica del mundo árabe. Debo esta distinción esencial entre el islam y el arabismo a Abdurrahman Wahid, un ilustre predicador y maestro y guía de decenas de millones de discípulos, que fue brevemente, de 1999 a 2001, presidente de Indonesia. Wahid, al que el pueblo javanés, del que procedía, apodaba cariñosamente GusDur (tío), señalaba que el 80 por ciento de los musulmanes no eran árabes y que en la mayoría de los países musulmanes no árabes, como Indonesia, Malasia, Bangladesh y Turquía, la democracia liberal y la economía de mercado sacaban de la miseria a los pueblos sin que estos renunciasen al islam. O a su islam, ya que en el islam no existe una autoridad superior que promulgue normas comunes. Cada musulmán es libre en su relación con Dios, a través del Corán como intermediario. Como diría Jacques Berque, traductor del Corán al francés, los musulmanes son protestantes, no una Iglesia católica a las órdenes de un Papa.

Según Gus Dur, entre los musulmanes, solo los árabes sufren una especie de mal histórico: el mito de la Edad de Oro. Los árabes, explicaba, viven de la nostalgia de su gran época, la del profeta y los califas que le sucedieron. El único programa de los movimientos islamistas más extremistas, como Al Qaeda o el EIIS (Estado Islámico de Irak y Siria), es el regreso a esa Edad de Oro y la restauración del Califato.

En cambio, añadía Gus Dur, para los musulmanes no árabes, el pasado solo devuelve a la ignorancia (antes de la Revelación de Mahoma) y a la pobreza. Para un musulmán árabe, la Edad de Oro se sitúa en el pasado y para un no árabe, en el futuro. Esta es la razón por la cual la Indonesia musulmana progresa, mientras que Siria, Irak o Egipto, árabes y musulmanes, retroceden. No tiene que ser fácil ser árabe, concluía Gus Dur, compasivo y burlón. A este mito de la Edad de Oro se le suma en gran parte del mundo árabe lo que los economistas llaman «la maldición de los recursos naturales», porque la abundancia de petróleo y de gas lleva a creer que no es necesario crear empresas para enriquecerse. Todos los príncipes saudíes o cataríes, que se apropian de la renta petrolera y que además muestran una gran piedad, añaden el mito de la Caverna de Alí Babá al del Califato.

Si aplicamos al conjunto del mundo musulmán la distinción propuesta por Gus Dur, esta aclara también la situación de países no árabes pero que fueron islamizados por los árabes. La región que coincide con el Pakistán actual fue convertida al islam por guerreros árabes, mientras que Bangladesh, Malasia o Indonesia, como gran parte del África Occidental, se convirtieron en musulmanes por la influencia de mercaderes predicadores o de misioneros itinerantes de tradición mística, los sufíes. El islam no solo es infinitamente plural, sino que de sus orígenes dependen sus formas actuales. A esto se le ha añadido recientemente un nuevo islam, el islam de los barrios pobres de las periferias, globalizado, simplificado y trasladable, que practican los inmigrantes adoctrinados por internet, un internet que transmite más fácilmente la violencia y el mito que el conocimiento y la moderación.

Gus Dur tuvo la ambición de organizar en todo el mundo musulmán un movimiento del islam moderado, igual que consiguió hacer en Indonesia, donde los integristas están marginados. Pero desapareció en 2009 sin que nadie tomara el relevo. ¿Se podría organizar a los musulmanes moderados? La moderación no invita al militantismo. Por tanto, no se ve una salida inmediata a la tragedia árabe porque los pueblos solo aprenden de sus propios errores. Los árabes «probaron» el socialismo en la década de 1960, pero el socialismo árabe fracasó. Irán probó la teocracia, sin resultados, y se deshace de ella progresivamente. Los egipcios confiaron el poder a los islamistas, que demostraron ser incapaces de gestionar una economía, por lo que los Hermanos Musulmanes tuvieron que irse. En cambio, resulta más difícil desembarazarse de las dictaduras militares, pero al final también serán expulsadas porque se muestran incapaces de mejorar la vida del pueblo. La primera Primavera Árabe ha fracasado, pero otras le sucederán. ¿Podrán acelerar esta transición histórica los occidentales no musulmanes? Los estadounidenses lo han intentado, pero no lo han logrado. Eso no debería llevar a la inacción, sino a apoyar más activamente a los moderados del islam cuando los encontramos y a defender los derechos de los musulmanes cuando están oprimidos tanto por los islamistas como por los dictadores.

Guy Sorman

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