¿Es el virus de izquierdas?

El Covid-19, también conocido como virus de Wuhan, no tiene pasaporte ni convicciones, y todo lo que hace es cumplir su función de virus, penetrando en los organismos humanos por cualquier sitio donde haya una puerta bien abierta. Al mismo tiempo, ¿cómo no señalar que el alcance del virus es mayor en los países ideológicamente más divididos? España, Francia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia. En estos países, el virus, o más bien la lucha contra el virus, no genera un consenso político como sí ocurre en Corea del Sur, Alemania o Austria; en estos países divide a la opinión pública, que ya tenía tendencia a separarse antes de la pandemia según la clásica división entre derechistas e izquierdistas que, en Estados Unidos, se llaman conservadores y liberales.

En los países más afectados, la reacción de la opinión pública ante el virus se divide, curiosamente, según las líneas partidistas clásicas. En Estados Unidos, por ejemplo, donde los institutos de estadística lo miden todo continuamente, está claro que la derecha republicana minimiza la gravedad de la pandemia, como hace Donald Trump. A la pregunta de si la pandemia es hoy la amenaza más grave, dos tercios de los demócratas responden que sí, mientras que dos tercios de los republicanos responden que no, pues consideran que la economía es prioritaria.

No conozco ningún estudio de opinión semejante en Europa, pero si nos basamos en los votos parlamentarios, el análisis empírico de las posiciones de los intelectuales y los políticos, encontramos esta división política en todas partes. La derecha no subestima completamente el peligro del virus, pero lo teme menos que la izquierda; en la derecha, más que en la izquierda, se compara este coronavirus con la gripe estacional, alegando que esta última mata también cada año sin que los gobiernos reaccionen o lo hagan tan exageradamente como ahora.

La derecha cree que el Gobierno está haciendo demasiado, y la izquierda, que no está haciendo lo suficiente. Desde la derecha se nos empuja al desconfinamiento lo más rápido posible; la izquierda considera que la economía puede esperar, a falta de una seguridad sanitaria total. Una vez más, este análisis fotográfico no es científico; son impresiones, aunque recurrentes. Hay, claramente, dos actitudes frente al virus.

¿Deberíamos explicar estas dos actitudes por el temperamento de unos y otros? Los optimistas, por definición, consideran que todo se solucionará, y los pesimistas, que lo peor siempre está por llegar. Esto es en parte cierto, pero insuficiente. Las opiniones políticas explican también las actitudes. En la derecha preocupa más la economía que en la izquierda, no por indiferencia hacia la enfermedad, sino también porque la izquierda aprovecha la pandemia para explicar que debemos renunciar al capitalismo y a la globalización, con la esperanza de sustituirlos por un sistema más igualitario y solidario, o sea, más socialista.

Al querer acelerar el retorno a una economía normal, la derecha está tratando de evitar el riesgo de una colectivización de la economía. Del mismo modo, la derecha desconfía de las medidas sanitarias excesivamente intrusivas que, en nombre de la protección de los enfermos, darían al Estado medios para controlar la población, por ejemplo, mediante el rastreo de los teléfonos y equipos de vigilancia autorizados para entrar en las casas. En resumen, a la derecha, en general, le preocupa que la pandemia, por terrible que sea, refuerce considerablemente los poderes del Estado, tanto en la vida económica como en nuestra vida privada.

Los temores de la derecha me parecen bien fundados si analizamos, de nuevo empíricamente, los comportamientos de la izquierda. Esta percibe en la pandemia tanto un cuestionamiento del modelo liberal (lo que es absurdo, porque Alemania y Austria, entre otros, son liberales), como una apertura hacia una sociedad en la que el Estado desempeñaría una función más importante en los ámbitos económico, sanitario, ecológico y social. La izquierda quiere luchar contra la crisis haciendo hincapié en su extrema e indudable gravedad, pero también quiere aprovecharla para imponer una sociedad y unos «valores» a su gusto.

Como he explicado al principio de esta columna, el virus es el único que actualmente se beneficia de nuestras divisiones. En los países más afectados, esto se traduce en políticas confusas y en una prolongación, sin un final perceptible, de la pandemia. La situación en España o en Francia no está mejorando significativamente y podría empeorar tras los primeros intentos de desconfinamiento. Por lo tanto, lo razonable sería que todas las partes acordaran despolitizar la lucha contra la pandemia, como se ha hecho en Alemania y en Austria. En un mundo ideal, dado que estamos en una guerra sanitaria y una guerra económica, los gobiernos de unidad nacional serían la respuesta correcta. Es posible que la situación aún no sea lo suficientemente grave como para que se imponga esta necesidad de unidad nacional.

Guy Sorman

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *