¿Es esta la Europa que queremos?

Los españoles estamos llamados a las urnas para elegir a nuestros representantes en el Parlamento Europeo el próximo 26 de mayo. En anteriores ocasiones, estas elecciones destacaban por una alta abstención y un elevado número de votos nulos, especialmente si esta votación no iba acompañada de otras, como sí ocurre esta vez con las elecciones municipales y autonómicas -en 13 de las 17 comunidades autónomas-. También resaltaban por la presentación de partidos o agrupaciones variopintas que no suelen presentarse a otro tipo de elecciones y que buscan más la publicidad de sus originales ideas que ser elegidos y representar a sus compatriotas. Este panorama se completa con una gran indiferencia por parte de la población y numerosas opiniones que consideran que los eurodiputados elegidos no nos representan adecuadamente, cobran sueldos astronómicos, trabajan poco y están dominados por lobbies internacionales.

Considero que estas opiniones son equivocadas. España se ha visto muy beneficiada de integrarse en las instituciones europeas. La mayor presencia en Europa ha supuesto siempre una España más fuerte y competitiva. Seguidamente intentaré demostrar esta afirmación, recordando cuatro situaciones de la historia reciente muy diferentes entre sí.

Yendo de la más cercana a la más lejana en el tiempo, la primera tuvo lugar durante la reciente crisis económica. La ayuda prestada por el Banco Central Europeo a través de la compra masiva de bonos y la recapitalización de las cajas de ahorro con dinero público, junto con las valientes reformas del Gobierno de Mariano Rajoy (frente a la negación de la crisis y las desacertadas medidas del anterior Gobierno), permitieron el crecimiento del PIB desde 2014 (desde 2015 con tasas superiores al 3%), la recuperación de 2,7 millones de empleo desde 2014 y el superávit de la balanza por cuenta corriente gracias al incremento de las exportaciones.

El segundo caso sucedió con motivo de la llegada del euro en enero de 1999 (aunque no llegó a nuestros bolsillos hasta 2002). En 1996, al llegar Aznar al poder después de 14 años de gobierno socialista, España no cumplía ninguno de los criterios de convergencia acordados en el Tratado de Maastricht. Dos años después se cumplieron todos los requisitos y España entró en el euro. Este hecho implicó una reducción del gasto público y la liberalización de determinados sectores. El resultado fue que el paro disminuyó más de un 10%, la prima de riesgo se redujo a cero, la inflación bajó del 3% y el PIB crecía a tasas superiores al 4%.

El tercer hecho histórico coincidió con el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea en 1986. Las medidas liberalizadoras del ministro Solchaga en el sector financiero, comercio exterior, mercado de trabajo y la desregulación de algunos servicios conllevaron una mejora de la competitividad y un claro crecimiento del PIB.

Por último, el caso más claro en el que podemos observar las ventajas que tiene para España su integración en Europa se produjo a partir de 1957, con el fin del período autárquico. Este año se produce la entrada en el Gobierno de partidarios de medidas liberalizadoras y de la apertura económica a Europa. Así, bajo el impulso de Alberto Ullastres, recién nombrado ministro de Comercio, España ingresó en el FMI, el GATT, el Banco Mundial y la OECE (hoy, OCDE). En 1959, junto al ministro de Hacienda Navarro-Rubio logró la aprobación del Plan de Estabilización Económica, que liberalizó la importación de mercancías. Durante estos años, el PIB crecía anualmente al 7%, se logró superávit en la balanza de pagos y la inflación se redujo 10 puntos. En 1970, cuando el citado Ullastres era embajador de España ante la CEE, se firmó el Acuerdo Económico Preferencial entre España y la Comunidad Económica Europea, que resultó tremendamente favorable para la economía española. Con razón, desde estas páginas de ABC, Juan Velarde ha señalado en repetidas ocasiones la falta de gratitud a los que trajeron a España la más larga etapa de desarrollo económico y la creación de una amplia clase media que facilitó la pacífica transición política unos años después.

Estos cuatro casos que acabo de exponer resumidamente muestran los beneficios que tiene para España su integración en las instituciones europeas. Se debe regresar a las raíces de la Unión Europea, a la Europa de Adenauer, Schuman y De Gasperi; pero no a una Europa repleta de burócratas alejados de la realidad, con prohibiciones, centenares de reglamentaciones y con miles de cargos inútiles que incrementan innecesariamente el gasto público y obstaculizan la iniciativa privada.

Termino con las palabras pronunciadas por Juan Pablo II en Santiago de Compostela, en 1982: «Europa, vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes». Aquellos candidatos que reconozcan lo positivo del camino recorrido y presenten un proyecto ilusionante, tendrán más posibilidades de recibir un mayor apoyo de los ciudadanos.

Ignacio Danvila del Valle es profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

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