Es hora de repensar el amor

Sanjeev Gupta/EPA vía Shutterstock

Buena parte de nuestra experiencia amorosa es duelo y farmacéutica. En siglos de evolución humana nada nos ha hecho más resistentes o inmunes al mal de amor, pero desde hace un tiempo buscamos nuevas formas de que duela menos.

Para amar mejor (y sobre todo sin dolor) debemos reflexionar sobre nuestras prácticas afectivas, cuestionarlas y desaprender las mal llevadas, empezando por abandonar la idea romántica de que nuestra felicidad existencial como personas solo depende de alguien que nos colme. Eso pasa no solo por desmontar la unión tradicional —con su mandato de exclusividad, que solo abona la desigualdad de género en las relaciones—, también puede suponer construir otras redes afectivas incluso fuera de la pareja. Amar puede ser un factor de transformación social si lo vivimos desde una idea radical: cuidarnos mutuamente.

Yo al menos tenía esa lección muy bien aprendida. Llevaba un largo tiempo pensando en ello, en cómo abstraerme a la cultura amorosa de la mentira y de la culpa, de los celos de bolero y la violencia de comisaría. Y por eso me sentía en el buen camino experimentando en el extrarradio de la monogamia y también de la heterosexualidad.

En 2014, luego de varias experiencias de apertura al lado de mi pareja, con la que llevaba 15 años, comenzamos una relación poliamorosa con una mujer de la que nos enamoramos. Un tiempo después, con un bebé recién nacido, todo voló por los aires, amor y discurso a la vez.

Habíamos forjado nuestra relación de tres al calor de las teorías del amor libre, los vínculos abiertos y la ética poliamorosa, convencidos de que matando a la pareja bíblica de hombre y mujer íbamos a acabar también con lo que tiene de tóxica. Qué ingenuos. Pocos meses después de parir a nuestro bebé, estalló una crisis de celos y de confianza y decidimos separarnos. Cada mañana me tomaba una pastilla contra la ansiedad y buscaba las maneras de reconstruir nuestro hogar roto. Puedo dar fe de que dentro y fuera del sistema tradicional se llora a cántaros.

Como tantas personas de mi generación desciendo directamente del dramatismo lacrimógeno de las telenovelas venezolanas, mexicanas y brasileñas; después de la leche materna, bebí de las canciones románticas de la radio de mis abuelitas. Defiendo mi derecho a dolerme y a abrazar mis contradicciones. Pero aunque soy apasionada y verborreica, excesiva en el amor y entregada en el deseo, también hago esfuerzos por deconstruir lo que haga falta para sufrir menos y hacer sufrir menos a los que me rodean.

Así que escribí una obra de teatro para salvarme. Qué locura enamorarme yo de ti cuenta, en clave de tragicomedia, la historia de esta crisis de parejas (así, en plural) que vivimos en pleno postparto, cuando la primavera del amor libre se convirtió en un duro invierno por mi poco trabajada no monogamia. En ese texto, que yo misma represento en un escenario junto con mis parejas, intento reflexionar sobre los modelos familiares y el estatuto romántico, aterrizando discursos que van desde el poliamor a la anarquía relacional, abriendo la complejidad de nuestras pulsiones emocionales y políticas.

Fue mi modo de repensar el amor. Cuando represento esta obra en un teatro siento que vivo una ceremonia de purga y renacimiento.

Cada vez más personas trabajan hoy en desaprender todo lo que les enseñaron del amor las películas, las canciones y las familias destrozadas en las que crecieron, todo eso que luego reprodujeron en relaciones destructivas. Compran libros sobre poliamor, asisten a talleres sobre nuevas relaciones y esperan construir acuerdos más realistas y saludables, incluso diluyendo lo más posible la idea de pareja; pero aún así los resultados no son demasiado alentadores. Hay todavía una dramática falta de referentes en los que apoyarnos. Es imprescindible que haya una vanguardia teórica pero no es suficiente. También tiene que haber una puesta en acción que a su vez cuestione esas mismas teorías: son las prácticas las que te dan las claves y los posibles pasos a seguir.

Ningún formato de relación, por muy alejado de lo socialmente aceptado que esté, equivale a establecer relaciones más justas, esto es, más igualitarias y no violentas: el tema no es el tipo de relación, sino la reflexión que te permite salir del bucle, de las experiencias repetidas que han estado causando desencuentro y dolor en quienes amamos. Hay gente, por ejemplo, que usa las relaciones abiertas para justificar su propia ineptitud emocional y su incapacidad de hacerse cargo. Una cosa es romper con la exclusividad amorosa y otra es finalmente haber logrado generar vínculos basados en bienquerernos.

¿De dónde viene ese peligroso sentido de propiedad sobre el otro, que en su fase más cruel deviene en maltrato y en las terribles cifras de feminicidios? Una mujer me dijo una vez que ella necesitaba exclusividad de parte de su pareja porque había sufrido múltiples violencias y desamor, y que ahora que tenía algo lo quería solo para ella. De esos vínculos heredados algunos intentamos escapar. Son ese tipo de heridas las que estamos tratando de curar.

Gracias al feminismo entendimos que muchos escenarios y experiencias “tradicionales” del amor nos dañaban, nos aislaban en matrimonios para toda la vida. La desigualdad de género y la violencia machista, asociadas a la masculinidad hegemónica y a la relación de subordinación —incluso económica— de los hombres sobre las mujeres, están en la base de nuestra educación sentimental y se reproduce en pareja.

De esas revelaciones surge un esfuerzo por pensar y desmontar las ideas preconcebidas del amor y ponerlas patas arriba. Dejar atrás la pareja cerrada no es subversivo en sí mismo pero ayuda a ver el perjuicio de haberla convertido en la institución central del amor. Y frente a esa idea comienzan a reivindicarse otros afectos tan o más importantes: las relaciones no monógamas, el amor en la amistad, el apoyo mutuo, la anarquía relacional, el compañerismo, el barrio, la crianza colectiva, la fraternidad en las luchas colectivas y políticas, los núcleos afectivos no biológicos, las familias ampliadas y elegidas.

Cuando decimos que queremos hacer la revolución desde la cama lo que decimos es que estamos intentando amar de otra manera y deconstruir el amor —pensándolo, escribiendo sobre nuestras experiencias— pero no para plantear una guía moral para el resto, sino para señalar un camino posible que intenta transformar a las personas para cambiar el mundo y transitar hacia vivencias amorosas comunitarias.

Creo que si no atravesamos nuestras experiencias de afecto y cuidado reales, si no los atravesamos de crítica feminista y anticapitalista, si no somos empáticos con las circunstancias y las experiencias que hacen vulnerable a la persona que decimos amar, ¿de qué amor hablamos?

Gabriela Wiener es escritora y periodista peruana. Es autora de los libros Sexografías, Nueve lunas, Llamada perdida y Dicen de mí. Y es feminista.

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