Es hora de saldar cuentas en la tierra Schengen

El sueño tan anhelado de una Europa sin fronteras, que se volvió realidad a mediados de los años 1990, se está evaporando rápidamente. Italia está bloqueando una decisión de la Unión Europea de sobornar a Turquía para que impida que los refugiados crucen a Grecia en su camino hacia Alemania, Suecia u otros países del norte de Europa. En respuesta, el ministro de finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, reclamó solidaridad y advirtió que, de no contar con ella, los guardias fronterizos pronto podrían regresar a sus puestos, empezando por la frontera germano-austríaca.

Sin duda, la disolución del Acuerdo Schengen, que instituyó los viajes sin necesidad de pasaporte dentro de gran parte de la UE a partir de 1995, no tiene por qué marcar el fin del proyecto europeo, al menos no en principio. Desde un punto de vista económico, los controles fronterizos actúan como si fueran impuestos: distorsionan la actividad al aumentar los costos de las transacciones y reducir los flujos transfronterizos de bienes y servicios. Sin ellos -y, más importante aún, con una moneda única- un mercado es más efectivo.

Eso no significa, por supuesto, que el mercado único no pueda funcionar con controles fronterizos o múltiples monedas. Simplemente implica que este tipo de “renacionalización” conllevaría costos enormes, que se traducirían en una productividad sustancialmente reducida y en una producción significativamente más baja.

Frente a estos costos, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha resaltado y con razón que “matar” al Schengen socavaría el objetivo fundacional de la UE de “una unión cada vez más estrecha” -un objetivo al cual, hay que admitirlo, varios miembros de la UE adhirieron a regañadientes-. El Reino Unido es el país que manifiesta su escepticismo de manera más elocuente, pero Polonia, Hungría, Eslovaquia y gran parte del resto de Europa del este nunca se han mostrado entusiastas en cuanto a desviar el foco de las prerrogativas nacionales. La crisis de refugiados hizo que este desacuerdo se volviera claramente visible.

En consecuencia, el denso entramado de interdependencias de Europa está empezando a desenmarañarse. La hegemonía benevolente, que solía ser el dúo conformado por Francia y Alemania, no existe. Un foco en cuestiones nacionales (y, en algunos lugares, como Cataluña y Escocia, regionales) está ganando terreno, en línea con los incentivos de los responsables de las políticas, cuyos electorados son nacionales (o regionales). El llamado del primer ministro italiano, Matteo Renzi, a un quid pro quo -un aligeramiento de las reglas fiscales de la eurozona a cambio de aceptar el acuerdo con Turquía- es enteramente entendible en este contexto. Pero coloca a la UE en un camino peligroso.

La ironía de todo esto es que Alemania, a la que se consideró implacable durante las crisis de deuda soberana (y privada) en Europa, ahora reclama solidaridad. Respaldada por otros acreedores del norte de Europa, Alemania puso en práctica sus principios fiscales de manera implacable, a pesar de las consecuencias sistémicas para aquellos a los que estaba presionando (Grecia y España, por ejemplo, ahora tienen gobiernos diferentes). Si las políticas de ajuste han resultado exitosas o no sigue siendo objeto de un encendido debate; lo que no está en duda es que generaron muchos perdedores -principalmente entre los más vulnerables, que ahora en general perciben el consenso entre la UE y Alemania como una amenaza.

En este contexto, los partidos anti-establishment en toda Europa se oponen a políticas que reflejen esta estrategia inspirada en Alemania. Esto explica, por ejemplo, la similitud de las plataformas económicas ofrecidas por la extrema izquierda y la extrema derecha en Francia. Hasta los partidos tradicionales están bajo presión para dar respuesta a este sentimiento insurgente; defender las políticas propuestas por la UE es un camino infalible para perder una elección.

Es por este motivo que, mientras Alemania lucha para lidiar con alrededor de 1,5 millón de refugiados, el pedido de solidaridad de Schäuble cae en terreno estéril. Todos, empezando por Francia, se esconden. Es hora de saldar cuentas. Compartir la carga -vale decir, una distribución “justa” de los refugiados en toda la UE (a ser debatida políticamente)- parece ser un sueño imposible.

Desde un punto de vista económico, recibir a los refugiados será un desafío durante algún tiempo. Pero si miramos en el más largo plazo, absorber a los recién llegados debería ser una oportunidad -si se la maneja de manera apropiada-. Mientras tanto, sin embargo, no sólo Alemania, sino también Suecia, Holanda, Austria y otros se las tienen que ver con lo que se considera políticamente viable. Esto implica que no hemos de esperar una respuesta de toda la UE y, por consiguiente, que el Schengen probablemente esté condenado al fracaso.

Esto sería algo más que una pérdida simbólica para los ciudadanos europeos. Y, por supuesto, volver a erigir fronteras nacionales no sirve de nada a la hora de abordar la cuestión subyacente. Los refugiados volverían a ser empujados hacia Grecia, el eslabón más frágil y vulnerable de la cadena.

A pesar de lo anodino que pudiera parecer, hoy debemos considerar la perspectiva del fin de la Unión Monetaria Europea y de la UE como la hemos conocido. El objetivo no consiste simplemente en destacar las oportunidades perdidas asociadas con un desenlace de este tipo; esas oportunidades serían claramente cuantiosas, especialmente si la unión monetaria tuviera que deshacerse. El punto también es mostrar que no existen las condiciones mínimas para que la UE y la eurozona existan en su forma actual.

Al frente de estas condiciones está un diagnóstico compartido de los problemas de la UE y una filosofía común. Renzi y Schäuble, por ejemplo, tienen opiniones asombrosamente contradictorias sobre cuestiones cruciales, desde la política fiscal hasta el sector bancario. Renzi critica a la UE, a la vez que deposita la culpa por las consecuencias de las nuevas regulaciones de rescate de los acreedores directamente en manos de Alemania. Por las mismas razones, el presidente francés, François Hollande, coloca en primer lugar la seguridad interna (posiblemente en línea con las preferencias de su electorado) y honra las reglas fiscales de manera incongruente. No ayuda que la implementación de las propuestas alemanas o de la UE sobre la política para los refugiados no favorecería exactamente sus posibilidades de ser reelecto en 2017.

Si los estados miembro de la UE pusieran en práctica su individualismo fundamentado, alimentarían una unión aún más estrecha, con solidaridad -fiscal y de otro tipo- entre el norte y el sur. Por el contrario, cada vez más le echan la culpa a Europa y abrazan un discurso nacional. Una vez más, Europa parece caminar sonámbula hacia una crisis. Es de esperar que despierte en un lugar más seguro de lo que lo hizo en el pasado.

Hans-Helmut Kotz is a visiting professor of economics at Harvard University and a senior fellow at the Center for Financial Studies at Goethe University.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *