Es la economía, estúpido

Entre la Francia fuerte y el cambio tranquilo, la mayoría de los franceses ha optado por el cambio tranquilo, aunque muchos de ellos sospechen que, en la Europa de 2012, no hay milagros.

Entre una mala imitación de De Gaulle y un discípulo de François Mitterrand convertido en candidato socialista por los escándalos de bragueta de Dominique Straus-Khan, han preferido al segundo con la esperanza de recuperar el equilibrio entre crecimiento y sacrificios, y el simbolismo presidencial que se merece la segunda potencia económica de Europa y la quinta potencia nuclear del mundo, con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Entre cinco años más de una Presidencia imprevisible, hiperactiva, bipolarizada y seguidista de Alemania, y un presidente normal que, sin concretar demasiado, con contradicciones y cifras que no se sostienen en su programa, promete un mínimo de autonomía con una dosis algo más suave de austeridad, han preferido probar lo nuevo.

No ha sido una elección entre dos candidatos, entre dos programas o, como casi todo el mundo da por hecho, entre dos modelos de sociedad. Ha sido un examen sobre la forma y el contenido de la Presidencia de Sarkozy en el Elíseo, y Sarkozy ha suspendido.

Poco importa que las principales promesas de Hollande sean imposibles de cumplir y que, de cumplirse, puedan arrastrar a Francia a una situación mucho peor de la que deja Sarkozy. Tampoco parece tener mucho recorrido su prometida edulcoración del pacto europeo contra la crisis.

Los resultados de la primera vuelta, hace dos semanas, y las encuestas anticiparon el resultado de ayer. Ningún presidente saliente había quedado en segundo lugar en la primera vuelta y ningún candidato había remontado una ventaja de cuatro a ocho puntos en casi todas las encuestas durante la campaña.

Al derechizar su discurso para arañar el mayor número posible de votos del Frente Nacional (18% en la primera vuelta), Sarkozy prácticamente renunció al voto centrista, alrededor del 9%, de Bayrou. Ni Le Pen ni Bayrou le ayudaron. La apuesta no funcionó ni el debate le permitió recuperarse, aunque es improbable que, con un discurso más centrado y un debate algo más tranquilo, se hubiese salvado.

¡Es la economía, estúpido, no la ideología! Así podemos resumir la clave de que todos los partidos gobernantes europeos estén siendo derrotados en las urnas desde el comienzo de la crisis. No hay que remontarse muy lejos para verlo y las elecciones de este fin de semana en Francia, Grecia, Italia y Serbia lo han vuelto a demostrar.

Si el nuevo presidente de Francia, François Hollande, no lo entiende y, en contra de lo que esperan casi todos los observadores, confunde su victoria con un respaldo de los ciudadanos a programas de izquierda del pasado, su popularidad caerá en picado, como cayó la de su único antecesor socialista en el Elíseo en la V República, François Mitterrand, a comienzos de los 80.

Lo sucedido al Gobierno español de Mariano Rajoy debería servirle de ejemplo. Con sus políticas de austeridad, muchas de ellas negadas hasta las elecciones y mal explicadas una vez en vigor, ha perdido dos puntos de apoyo cada mes que lleva gobernando. A este paso, en un año habrá perdido la mitad del apoyo recibido en noviembre.

Es obvio que, en una crisis tan profunda como la que sufrimos, la gente vota contra quien gobierna. Da igual de qué partido sea ni que el margen para gobernar de otra manera sea mínimo o inexistente mientras en Alemania no se produzca un terremoto político.

Ayer en Schleswig-Holstein y el próximo fin de semana en Renania del Norte-Westfalia, los alemanes enviarán una señal a Merkel, pero hasta las generales de 2013 la única duda importante es si los liberales del FDP mantienen, recuperan o pierden su capacidad histórica de formar y de romper coaliciones en el Gobierno federal y en los länder. No parece decisivo para el futuro de Europa, que sigue pasando por el inevitable compromiso entre París y Berlín.

Elección tras elección, los europeos están votando contra sus gobernantes y, por ver en Bruselas y en Berlín los impulsores principales de los duros planes de ajuste en marcha, están sustituyendo su fe en Europa por banderas populistas, nacionalistas y proteccionistas hasta ahora minoritarias, antieuropeas o menos europeístas y, en algunos casos, dudosamente democráticas.

Así se explica que el Frente Nacional y la izquierda no socialista superasen en Francia al partido más votado en la primera vuelta y que, de confirmarse los pronósticos, los dos partidos de gobierno de Grecia en el último medio siglo, Nueva Democracia y PASOK, que normalmente barrían el 80% del voto, pierdan la mitad, dejando al país en el caos y a la Europa del euro en el limbo.

Mucho tendrá que cambiar Hollande para recuperar el estatus presidencial cuasimonárquico, símbolo de la nación por encima de partidos y de ideologías, que Sarkozy ha hecho trizas. No necesita, para ello, jurar con traje de Prada, poner alzas en sus zapatos, coleccionar relojes de lujo o esconderse tras gafas Ray-Ban como su antecesor. Tiene tantos o más amigos multimillonarios que Sarkozy, pero siempre se ha cuidado de no presumir de ello, y menos ante las cámaras.

Bastará con que siga siendo el apparatchik amable y listo («brillante» según su antiguo jefe, Jacques Attali), enemigo de la bronca que su biógrafo, Serge Raffy, atribuye a una infancia dura en su pueblo de Ruan, con un padre estricto, muy conservador, médico de profesión, que no toleraba fácilmente desvíos de la norma.

Se equivocan, sin embargo, quienes ven en el segundo presidente socialista francés desde el 58 a un descuidado Woody Allen europeo. Su proclamada normalidad es tan artificial como el supuesto hollywoodismo de Sarkozy. Ambas son imágenes de fábrica con fecha de caducidad: el 7 de mayo.

Del vencido pocos recuerdan sus éxitos. Aunque tarde, Sarkozy ha pilotado Francia entre los glaciares de la crisis bastante mejor que otros dirigentes europeos. Impulsó referendos impopulares para mejorar las cuentas de las universidades y elevar la edad de jubilación y ha llevado la iniciativa con relativo éxito en operaciones internacionales muy arriesgadas, como la de Libia, la mediación entre Rusia y Georgia de 2008, y la reincorporación de Francia a los mandos integrados de la OTAN.

Su principal error, seguramente, ha sido descuidar, alcanzada la victoria en 2007, la reconstrucción de una derecha cohesionada, con un programa nuevo, adaptado a la nueva realidad europea e internacional. Cuando se dio cuenta de ello, hace apenas unos meses, ya era demasiado tarde.

Felipe Sahagún es periodista y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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