Es la hora de un pacifismo más activo

Por Naomi Klein, periodista y autora de No logo y Vallas y ventanas (EL MUNDO, 05/03/03):

En el Pentágono es conocido como momento voilà. Se producirá cuando los soldados y los civiles iraquíes, en medio de las bombas que lloverán a mares sobre Bagdad, se rasquen de pronto pensativamente la cabeza y se digan a sí mismos. «¡Estas bombas… la verdad es que no quieren matarme a mí y a mi familia, lo que pretenden es liberarnos de un perverso dictador!». En ese momento se mostrarán agradecidos al Tío Sam, arrojarán las armas, abandonarán sus puestos y se sublevarán contra Sadam Husein. ¡Ahí está!

Bueno, así es al menos como se supone que va a ser la cosa según los expertos en operaciones psicológicas, que ya han empezado a librar una feroz batalla informativa sobre Irak. El momento voilà hizo su aparición en el lenguaje bélico el lunes pasado, cuando un periodista del diario The New York Times mencionó que un alto cargo del Ejército de Estados Unidos había empleado esa expresión.

Esto de salpimentar la jerga militar con términos ocurrentes podría ser el más novedoso plan de Colin Powell para atraerse a los franceses a su bando en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Lo más probable es que sea fruto de la inclinación del Gobierno de George W. Bush por contratar los servicios de directivos del mundo de la publicidad y de inconsistentes consultores de gestión empresarial como asesores de política exterior (¿acaso eso del momento voilà no recuerda sospechosamente al factor caray vendido a millones de directivos empresariales como la clave para conseguir una marca comercial impactante?).

Venga de donde venga, el Pentágono da por hecho en sus cálculos que habrá un voilà y no está reparando en gastos para alcanzar ese objetivo. Transmisores aerotransportados sobrevuelan Irak para difundir mensajes propagandísticos por radio. Funcionarios políticos y militares iraquíes y directivos empresariales se han visto bombardeados a base de mensajes de correo electrónico y llamadas de teléfono que les instan a seguir la verdadera luz y cambiar de bando. Los cazabombarderos han arrojado más de ocho millones de panfletos en los que se informa a los soldados iraquíes de que sus vidas no correrán peligro si abandonan su equipo de guerra. «Así se envía un mensaje inequívoco a los operarios del armamento», ha manifestado el teniente general T. Michael Moseley, comandante en jefe de las fuerzas aliadas en el Golfo Pérsico.

Según el alto cargo del ejército citado por The New York Times, el mando central sabrá que se ha conseguido el momento voilà «cuando se vea una quiebra del liderazgo». En otras palabras, que el Ejército de Estados Unidos es partidario de nada menos que la desobediencia civil a gran escala en Irak: una negativa a obedecer órdenes o a participar en una guerra injusta.

¿Dará resultado? Yo soy escéptico. A fin de cuentas, ya se produjo un momento voilà en la última Guerra del Golfo, cuando muchos iraquíes que vivían cerca de la frontera con Kuwait creyeron las promesas estadounidenses de que recibirían apoyo si se sublevaban contra Sadam. Aquel momento se vio seguido, poco tiempo después, por un momento ahí-te-quedas, cuando los sublevados vieron que las fuerzas norteamericanas les abandonaban hasta caer aniquilados.

No obstante, toda esta verborrea sobre el momento voilà me ha hecho pensar: la desobediencia civil que el Ejército norteamericano espera inducir en Irak es exactamente lo que el movimiento contra la guerra necesita despertar en nuestros países si lo que realmente pretendemos es impedir la devastación que se cierne sobre Irak o, al menos, limitarla en lo posible. ¿Qué habría que hacer para que un número considerable de los ciudadanos de Estados Unidos, el Reino Unido, Italia, Canadá y algún otro país, de los que apoyan el empeño bélico, rompiera de verdad con nuestros dirigentes y se negara a obedecer? ¿Seremos capaces de generar momentos voilà en nuestros propios países?

Esta es la pregunta que ha de hacerse el movimiento mundial contra la guerra en el momento en el que se plantea dar continuidad a las espectaculares manifestaciones del 15 de febrero. Durante la Guerra de Vietnam, miles y miles de jóvenes norteamericanos optaron por romper con sus dirigentes cuando les llegaron las cartillas militares de reclutamiento. Además, fue su decisión de ir más allá de la mera protesta y de poner en práctica una desobediencia activa, lo que poco a poco fue socavando la viabilidad de la guerra dentro del país.

¿Cuál ha de ser hoy el papel que adopten los objetores de conciencia y los desertores del Ejército? Veamos. En Italia, los activistas han paralizado docenas de trenes que transportaban armamento y personal norteamericanos de camino hacia la base militar de las cercanías de Pisa y los estibadores portuarios se han negado a embarcar cargamentos de armas. Dos bases militares de Estados Unidos han quedado bloqueadas en Alemania, como también lo fue el consulado de Montreal y la base aérea de las Fuerzas Aéreas británicas de Fairford, en Gloucester mientras miles y miles de manifestantes protestaban en el aeropuerto de Shannon que, a pesar de la proclamada neutralidad irlandesa, está siendo utilizado por el Ejército de Estados Unidos para que repostaran sus aviones en vuelo hacia Irak.

En Chicago, más de un centenar de alumnos de segunda enseñanza se manifestaron a las puertas de la sede de Leo Burnett, la empresa de publicidad que ha diseñado para el Ejército norteamericano la campaña Army of One, absolutamente moderna y dirigida a los jóvenes. Los estudiantes protestaban porque, en los centros de enseñanza media peor dotados económicamente, con predominio de norteamericanos latinos y africanos, los oficiales de reclutamiento superan con mucho en número a los representantes de universidades encargados de la captación de futuros alumnos.

El plan más ambicioso viene de San Francisco, donde una coalición de grupos antibelicistas ha convocado una huelga de urgencia, no violenta, para el día siguiente al de comienzo de la guerra.«No acudan al trabajo ni a clase. Llamen para decir que están enfermos, salgan a pasear. Vamos a hacer que haya unos costes reales, económicos, sociales y políticos, y a parar las empresas, que es lo normal en una guerra, hasta que ésta cese».

Es una idea de enorme eficacia: bombas pacifistas que explotan allí donde se generan los beneficios que produce la guerra, en gasolineras, fábricas de armas, emisoras de televisión encantadas con los misiles… A lo mejor eso no detiene la guerra, pero va a demostrar que, entre los belicosos y los hippies, hay unas posturas bien fundamentadas: una resistencia militante en favor de la vida.

Para algunos, este activismo guerrero contra la guerra parecerá extremado. Bastaría con que hubiera más manifestaciones los fines de semana, incluso con más asistentes la próxima vez, con tantos que sea imposible fingir que no se han celebrado. Debería haber más manifestaciones, por supuesto, pero también habría que dejar bien claro desde este mismo instante que no existen manifestaciones, por masivas que sean, que los políticos no sean capaces de pasar por alto. Ellos ya saben que en prácticamente todo el mundo la opinión pública está en contra de la guerra.

Lo que los políticos están sopesando con el más exquisito cuidado antes de que las bombas empiecen a caer es si la sensibilidad antibélica es firme o no. La pregunta no consiste en si los ciudadanos están preocupados por la guerra sino hasta qué punto lo están.¿Estamos ante una relativa inclinación del consumidor a que no haya guerra, es decir, un sentimiento que habrá desaparecido cuando lleguen las próximas elecciones? ¿O estamos ante algo más profundo y más duradero, algo así como -si me atrevo a decirlo- una preocupación voilà?

En uno de los extremos en cuanto a la preocupación se refiere, Levi’s Europe ha decidido contribuir financieramente a la moda antibelicista con la salida al mercado de una edición limitada de un osito de felpa que lleva el símbolo de la paz pegado a la oreja.

Puedes agarrar bien fuerte el osito y apretarlo entre los brazos mientras ves en la CNN las espeluznantes alarmas de bombardeo sobre el cielo de Bagdad.

Ahora bien, también puedes desconectar la CNN, negarte a ser un pacifista blandengue y de peluche, echarte a la calle y detener la guerra.

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