Es lo que hay

Volvemos a los 80. ¿Se acuerdan de los radiocasetes con pilas que algunos llevaban a la playa y que molestaban tanto? Era un signo claro de mala educación y solo lo hacían los ‘quillos’. Más tarde aparecieron los benditos ‘walkmans’ y se acabó la pesadilla. Mucho se ha evolucionado tecnológicamente desde entonces, las pilas han pasado a la historia, el teléfono se ha convertido en una extensión de nuestro cuerpo, nos da música infinita y somos libres de escuchar lo que queramos completamente aislados. Pero nuestro sentido del oído está más atacado que nunca.

Hubo un periodo corto de la historia en que hablar por el móvil en voz alta nos daba mucha vergüenza, era muy ridículo y quedabas como un auténtico fantasma. Ahora no solamente no nos da vergüenza, sino que al utilizar el sistema de manos libres ya no sabemos si las personas hablan contigo o con un amigo de la otra parte del mundo. El planeta se ha llenado de zombis parlantes. Los cascos nos desconectan del exterior, pero todavía no se ha inventado ningún aparato para enmudecer nuestra voz que tanto incordia al prójimo.

He oído conversaciones en el bus que me han venido tentaciones de grabar para luego plasmarlas en una novela. La gente no es consciente de lo que puede llegar a contar y de lo que puede llegar a molestar. No me excluyo. Yo hablo muy alto, grito y me encanta hablar por teléfono cuando ando por la calle. Pero si tengo a alguien cerca, me corto un poco. Volvemos a los 80. Los adolescentes van por la calle escuchando su reguetón y tú te lo comes. La gente ya no llama por teléfono, graba notas de voz. ¿Se dan cuenta? ¡Ha vuelto el ‘walkie-talkie’! Continuamos atacando nuestro sentido del oído.

El otro día sufrí una situación muy incómoda que quiero compartir con ustedes. Un señor de mediana edad aparece en la terraza del bar con una niña. Se pide una cerveza y le pone unos dibujos en el móvil a la cría, que no tendría más de 7 años. Sin cascos y a todo volumen. La niña se queda hipnotizada, y yo alucinada. Miro al señor y sin que me dé tiempo a decirle nada, me ladra: “Es lo que hay”. ¿Cómo se quedan? No sé si me molestó más el hecho de que me tenía que tragar esos dibujos odiosos o la tristeza de ver a esa niña cero conectada con ese supuesto padre que ni la miraba. Tristemente, es un problema muy común. Después a algunos les molesta que otros quieran tener hijos gestados con vientres ajenos. A mí me molestan más los padres que los tienen y no los quieren. Porque sentarse en un bar y dejar a una niña media hora viendo dibujos y no decirle absolutamente nada es no quererla.

Pero no acaba aquí la historia. Cuando quedó una mesa libre en la otra punta, me levanté y en voz alta le dije al señor con un pelín de rintintín: “No se preocupe por mi oído, que me voy a leer el periódico en silencio a otra mesa”. La respuesta del señor fue contundente: “Vete a la mierda, zorra”. Así como lo leen. Como pueden comprender, yo me sentí agredida pero lo sorprendente es que la niña, acostumbrada supongo a los insultos, no reaccionó. Siguió mirando sus dibujos.

Me dio mucha lástima, pero también pensé que lo mejor que le podía pasar es que su padre no le hablase. Ese hombre claramente maleducado, grosero y maltratador. El maltrato verbal puede ser muy peligroso. Si me insulta a mí, que no me conoce de nada, ¿qué hará con su pareja o con esa niña? No me imagino a ese hombre en casa siendo un padre cariñoso. A mí, que me han querido de niña y que jamás he visto a mi padre insultando a nadie, y menos en público, me horroriza pensar que hay padres que dicen estas cosas delante de sus hijos.

¿Pero qué podemos esperar de un país que permite que un maltratador juzgado y condenado pueda seguir viendo a sus hijos como si nada? Sí, les hablo del caso de Juana Rivas y sus hijos. Unos niños que han visto como ese monstruo pegaba palizas a su madre en su presencia y ahora tienen que vivir con él separados de su madre. ¿Por qué es más importante el derecho del padre a ver a sus hijos que el derecho de los niños a estar protegidos de un maltratador? No lo entiendo ni lo entenderé nunca. Me parece inhumano y cruel. Y lo peor es que hay hombres que solo por el hecho de tener pene se posicionan a favor del maltratador. ¿Qué será lo próximo, dar un niño a un pederasta? Y no me vengan con el argumento de que el padre ha cumplido su pena.

Estamos hablando de niños. Hay actos que tienen consecuencias terroríficas y el paso por la cárcel no las puede borrar. Ver a tu padre pegando una paliza a tu madre no tiene marcha atrás. Pero bueno, sigamos persiguiendo urnas y alcaldes demócratas y permitamos que mujeres como Juana Rivas sigan investigadas en España por sustracción de menores mientras dejamos que los maltratadores sigan allí maltratando a sus supuestos seres queridos. Es lo que hay.

Imma Sust, periodista.

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