¿Es lo 'woke' de izquierdas?

¿Se puede definir lo 'woke'? La palabra (pretérito de 'wake up', o despertar) fue utilizada por primera vez por el músico de blues Leadbelly en 1938 para instar a sus oyentes a prestar atención al racismo; ahora la utilizan principalmente los políticos de derechas para condenar cualquier intento de luchar contra el racismo, el sexismo o la homofobia. Pero eso no convierte el fenómeno en un fantasma de la derecha. Y tampoco se limita a los campus estadounidenses, aunque fue allí donde comenzó. En pocos años ha avanzado hasta incluir a los guardianes de editoriales, museos, medios de comunicación y otras instituciones culturales en gran parte del mundo.

En casi todos los diarios se pueden hallar ejemplos de comportamiento 'woke', a veces divertidos, a veces aterradores. En mi libro 'La izquierda no es woke' trato de entender las ideas filosóficas enterradas en supuestos aparentemente inofensivos que subyacen tras el pensamiento 'woke'. 'Woke' resulta difícil de definir porque es una idea incoherente. Está impulsado por las mismas emociones que han motivado a la izquierda liberal: el deseo de ponerse del lado de oprimidos y marginados, la esperanza de enmendar errores históricos. Pero esos sentimientos se ven socavados por ideas filosóficas a menudo inconscientes, pero que pertenecen a la derecha reaccionaria.

¿En dónde si no situarían una visión del mundo que sostiene que solamente podemos mantener relaciones profundas y compromisos auténticos con personas que pertenecen a nuestra tribu? ¿Una visión del mundo que proclama que todas las reivindicaciones de justicia son simplemente reivindicaciones de poder encubiertas? ¿Un movimiento que afirma que todo intento de crear progreso lleva a una forma más sutil de dominación? Tradicionalmente, este tipo de opiniones eran expresadas por pensadores reaccionarios, como el jurista nazi Carl Schmitt. Hoy las sostienen pensadores tan diferentes como Judith Butler, Saidiya Hartmann, Walter Mignolo, Robin DiAngelo, Gayatri Spivak o Frank Wilderson.

A pesar de todas sus diferencias, lo que une filosóficamente a estos pensadores es el rechazo total de la Ilustración, a la que consideran la raíz de todos los males modernos. Ese rechazo suele ir acompañado de una asombrosa ignorancia de este movimiento del siglo XVIII, que proporciona los principios básicos necesarios para cualquier visión del mundo liberal de izquierdas en la actualidad: una insistencia en el universalismo en lugar del tribalismo, una defensa de la justicia como freno al poder y una creencia en la posibilidad de progresar. Peor aún, muchos de estos pensadores consideran la razón en sí misma un método de dominación. Cuando la razón es solo un instrumento de la violencia, no queda más que la subjetividad. Lo que cuenta es quién habla, no lo que se dice.

Estas ideas se repiten con tanta frecuencia en los medios de comunicación que tienen la fuerza de lo banal, incluso para personas que nunca han leído una palabra de filosofía. Algo que quienes las repiten no saben es que las mejores ideas 'woke' fueron creadas por la escuela de pensamiento que más desprecian. Cuando los pensadores poscoloniales exigen con razón que dejemos de ver el mundo sólo desde una perspectiva europea, se inscriben en una tradición que se remonta a Montesquieu. Los pensadores de la Ilustración dialogaban con sus contemporáneos de otras partes del mundo y a menudo utilizaban figuras ficticias para criticar las políticas y prácticas europeas, críticas que no habrían podido publicar de manera segura utilizando su propio nombre. En aquella época se les amenazaba no con tormentas en Twitter, sino con el encarcelamiento, el exilio e incluso la muerte.

Aunque no están tan de moda como las grandes figuras de la teoría poscolonial, muchos pensadores de antiguos países colonizados cuestionan la afirmación de que las ideas de la Ilustración, como el universalismo y la justicia, fueran invenciones eurocéntricas creadas para apoyar el colonialismo. Por ejemplo, en su libro 'Against decolonization', el filósofo Olufemi Taiwo sostiene que el problema era otro muy distinto: los europeos respetaban sus valores de libertad y autodeterminación en su país y los abandonaban en cuanto llegaban a costas extranjeras. Taiwo también opina que centrar la historia africana en el colonialismo es un grave error que da a los colonialistas demasiado poder y a los africanos demasiado poco.

Otra crítica contemporánea confunde las ideas de la Ilustración con las realidades del XVIII que pretendían cambiar. Al igual que otros intelectuales de izquierdas, los pensadores de la Ilustración no ganaron todas sus batallas, a pesar de su compromiso a menudo arriesgado. La esclavitud y el colonialismo sobrevivieron a sus críticos de la Ilustración. No obstante, las ideas de la Ilustración sirvieron de base para luchas posteriores que tuvieron más éxito, como sabían los revolucionarios desde Toussaint L'Ouverture hasta Frantz Fanon. Tres ideas de la Ilustración son fundamentales para la política liberal de izquierdas actual: un compromiso con el universalismo en lugar del tribalismo; una dedicación a la lucha por la justicia en lugar de por el poder; y la creencia de que las personas que trabajan juntas pueden progresar en este mundo. Todas estas ideas son cuestionadas hoy por los 'woke', basándose en ideas filosóficas con orígenes muy derechistas. Es un error fatal, porque sin universalismo no hay argumento contra el racismo, solo luchas de poder entre tribus diferentes. En ese caso ya no tenemos esperanzas de mantener una idea estable de justicia, pero sin ella hay pocas esperanzas de lograr un verdadero progreso; todos nuestros esfuerzos solo conducirán a un intercambio de relaciones de poder.

Los principios anteriores deberían poder unir tanto a quienes se consideran de izquierdas como a los liberales. Aunque un cuarto principio distingue a la izquierda de los liberales: los izquierdistas consideran cruciales no solo los derechos políticos, sino también los sociales. Como proclamaba la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas de 1948, el derecho al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la atención médica y a la cultura son derechos humanos tan básicos como los políticos. Aunque siempre he creído en ello, los tiempos que vivimos exigen coaliciones entre izquierdistas y liberales si queremos proteger los derechos políticos básicos.

Porque, mientras escribo estas líneas, la mitad de los estadounidenses quieren reelegir a un hombre que no solo ha sido acusado de 91 delitos graves, sino que pregona sus intenciones de desmantelar las instituciones democráticas básicas de su país. Los partidos de extrema derecha están en alza en la mayoría de Europa. India está a punto de reelegir a un hombre que cree que los derechos humanos son un invento europeo del que una antigua colonia puede prescindir. Son tiempos para un frente unido. A menudo se recuerda que los nazis llegaron al poder mediante elecciones. Si los partidos liberales y de izquierdas hubieran estado dispuestos a formar un frente unido, el mundo podría haberse ahorrado su peor guerra. Sin embargo, aunque el partido comunista estalinista no fuera capaz de verlo, las diferencias entre los partidos de izquierdas palidecían al lado de la diferencia entre los movimientos de izquierdas universales y la visión tribal del fascismo.

Hoy no podemos permitirnos un error similar.

Susan Neiman es filósofa y directora del Einstein Forum de Potsdam.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *