¿Es posible reformar Estados Unidos?

La política estadounidense se ha vuelto tan desesperante que empiezo a tener esperanzas. De la indignación y el asco saldrá la energía para reformar.

Según una encuesta de CNN, el 77% de los estadounidenses piensa que los políticos que ocupan cargos electos en Washington se han comportado como “niños malcriados” en la crisis del techo de la deuda. Solo el 17% piensa que se han mostrado como “adultos responsables”. El 84% desaprueba la forma de trabajar que tiene el Congreso.

Hace un par de años, todavía era más o menos original calificar el sistema político estadounidense de “disfuncional”. Ahora, a los comentaristas no se les cae la palabra de la boca. Más aún: es oficial. En su discurso televisado a la nación en el peor momento de la crisis, mientras instaba a los políticos a que alcanzasen un compromiso patriótico, el presidente Barack Obama dijo: “El pueblo americano votó por un Estado con los poderes repartidos, pero no por un Estado disfuncional”. Al anunciar el acuerdo definitivo, solo 27 horas antes de que Estados Unidos cayera en bancarrota, habló de “la crisis que Washington ha impuesto al resto del país”. Claro que él también es uno de esos políticos que ocupan cargos electos en Washington.

¿Por qué funciona tan mal el sistema? Los largos años de maniobras políticas han hecho que los políticos tengan que estar más preocupados por su posible derrota ante miembros de su propio partido en las primarias que por convencer a los votantes indecisos en las elecciones. Eso es lo que hizo el Tea Party en las legislativas del año pasado, cuando logró atemorizar a destacados republicanos moderados que se presentaban a la reelección. Es una situación que ha acuñado un verbo: “Le han primarizado”.

La excesiva influencia del dinero también distorsiona la democracia estadounidense. El año pasado, el Tribunal Supremo dictaminó que se puede gastar una cantidad ilimitada de dinero privado en programas audiovisuales de contenido político. Los intereses especiales y los grupos de presión infectan todo el proceso legislativo. Los políticos pasan todo su tiempo en actos para recaudar fondos.

Por otra parte, los procedimientos de votación en el Senado han evolucionado de tal forma que hace falta tener una “supermayoría” de 60 votos para que las leyes no sean víctimas del obstruccionismo parlamentario. Las guerras culturales se remontan a los años sesenta del siglo pasado, y el sectarismo estridente de cadenas como Fox News en la derecha y MSNBC en la izquierda, por no hablar de los presentadores de radio que buscan el escándalo, contribuye a la histeria y la polarización.

Durante la guerra fría, el sentimiento de tener que enfrentarse a la amenaza soviética contribuyó a la cooperación y el compromiso entre uno y otro partido, una tarea facilitada por la presencia de demócratas y de republicanos de corte centrista. Por alguna razón, ni la amenaza de Al Qaeda ni la competencia de China han tenido el mismo efecto.No obstante, sí existe una cosa en la que los dos partidos están de acuerdo. En el gran juego de la política, solo puede haber dos equipos: republicanos y demócratas. Las normas para poder figurar en las papeletas, por ejemplo, perjudican enormemente a los terceros. Es un auténtico cártel político bipartidista, un duopolio. Y eso, a pesar de que dos de cada tres estadounidenses dicen que les gustaría tener otra alternativa en las elecciones, un tercer candidato, de otro partido o de ninguno.

La política local de algunos Estados es todavía más disfuncional. Escribo este artículo desde uno de ellos: California. Hace dos años, el Gobierno californiano se vio forzado a entregar pagarés porque no podía abonar sus facturas. La manipulación de los distritos electorales (gerrymandering) ha sido aquí tan escandalosa que en las elecciones de 2004 ni uno solo de los 153 escaños que se presentaban a reelección, entre la asamblea estatal y la representación en el Congreso, cambió de partido.

Ahora bien, si California encabezó la cuesta abajo, también puede encabezar la recuperación. Gracias a dos referendos celebrados en el Estado, los políticos han perdido el control del sucio negocio de la modificación de los distritos electorales. La semana pasada, una Comisión Ciudadana de Modificación de Distritos presentó los mapas de los nuevos límites de las circunscripciones para las elecciones tanto estatales como nacionales. Si se aprueban, las próximas confrontaciones serán más democráticas. Gracias a otra iniciativa también aprobada en referéndum, las elecciones del próximo año para la asamblea estatal y el Congreso no empezarán con las tradicionales primarias de los dos partidos sino con una sola abierta a todos. Los dos candidatos que más votos obtengan en esa primaria se enfrentarán en una segunda vuelta en noviembre de 2012: pero pueden ser dos republicanos, dos demócratas o, en teoría, incluso dos independientes. Este otoño, varias iniciativas cívicas presentarán otras propuestas para reformar la manera de gobernar California.

Nadie sabe cómo acabará la cosa. Dado que siempre hay consecuencias inesperadas, es posible que tenga efectos muy distintos a los deseados. Pero, por lo menos, este movimiento demuestra que, cuando las cosas empeoran mucho, este sistema político -llamémoslo democracia-, es al final capaz de encontrar suficientes recursos internos para reformarse a sí mismo, a diferencia de otros sistemas, que solo se ceden y pliegan ante una revolución.

Ahora existe un intento muy prometedor de hacer algo parecido a escala nacional: cambiar no solo a los personajes o las políticas, sino el propio funcionamiento del sistema. Se llama Americans Elect (www.americanselect.org). Hace unos días, uno de sus principales impulsores, el inversor, filántropo y activista Peter Ackerman, me explicó el plan en una cafetería del campus de Stanford.

Sus aspiraciones son impresionantes. Americans Elect pretende utilizar el poder de Internet para dar voz a los estadounidenses que se declaran frustrados con el duopolio de Washington y su estrategia de polarización y bloqueo. Su objetivo es, mediante un proceso de debate, selección de candidatos y votación en la red, tener antes del 21 de junio del año próximo un candidato centrista a la presidencia, junto con otro a la vicepresidencia que, según estipulan los promotores, debe ser de otro partido o independiente. Confían en sustituir la polarización actual de la política estadounidense por un polo de atracción irresistible en el centro. De esa forma, tanto demócratas como republicanos tendrán que volver a ese terreno intermedio en el que es posible hallar soluciones pragmáticas y de consenso.

La esperanza es que los candidatos ganadores sean un reflejo del voto electrónico de hasta 30 millones de estadounidenses. Y que puedan figurar en las papeletas en los 50 Estados. Americans Elect se ha propuesto, a pesar del coste considerable, superar los diversos obstáculos que existen para entrar en las listas en cada Estado.

Ya se han inscrito más de 1,7 millones de personas. Ahora, todo depende de lo que suceda a continuación. ¿Habrá suficientes ciudadanos, de los millones de estadounidenses desencantados que dicen que los políticos de Washington se comportan como niños malcriados, que se molesten en inscribirse, participar y votar? ¿Se extenderá este proyecto en la Red? De ser así, ¿habrá candidatos creíbles que acepten las nominaciones el verano que viene? Imagínense, por un momento, una candidatura no partidista, con dos personajes tan de consenso como Michael Bloomberg y David Petraeus, respaldada por decenas de millones de votos emitidos en una convención online.

Es evidente que se trata de un experimento enorme, más aún que el de California. También puede tener consecuencias imprevistas (algunos demócratas temen que quite más votos a Obama que a los republicanos). Pero, en cierto sentido, eso no es lo importante. Lo importante es que aquí, mucho más que en Europa, no dejo de encontrarme a personas que poseen la voluntad, la confianza, la energía y el patriotismo necesarios para afirmar: hay que renovar esto. He aquí cómo. Ese espíritu es un recurso más valioso que el petróleo, el gas y el oro.

Por Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford; su último libro es Facts are subversive: Political writing from a decade without a name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

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