Es preciso hacer memoria

Cuando en la economía constatamos lo frágil que es la memoria de algunos que denuncian ahora la ruina (fiscal, del tigre celta irlandés) de aquello que antes alababan (el amparo al negocio financiero y la excelencia de la baja tributación para competir y no coordinar la fiscalidad europea), o de aquellos analistas que corrigen horizontes para intentar no hacer más el ridículo con sus falsas predicciones de catástrofe (la economía mundial vuelve a crecer al 5% en términos reales), me han venido a la memoria unas lecturas casuales.

Así, leía hace poco en un periódico de Madrid el reconocimiento del periodista, ideólogo de la derecha españolista, Luis María Anson de que el café para todos de las autonomías era una error. Proclamaba que La Rioja no era ni sería nunca Catalunya, y que con la estrategia así seguida se ha creado un Estado ingobernable, muy caro de mantener, y sin conseguir encarrilar la reivindicación catalana. Llega ahí quien así piensa por el camino del coste, no de la ortopédica articulación constitucional española, pero al fin llega. En efecto, la que fue una gran coartada política para frenar la legítima y paciente reivindicación nacional catalana, no reconociendo para las comunidades históricas lo que no se podría asignar a todo el artificio creado con el Estado autonómico español, parece haber tocado techo ahora, con la crisis financiera y por el lado de los costes de su mantenimiento. Memoria frágil de algunos, que no recuerdan lo que decían y escribían ellos mismos en su momento sobre diferencias y privilegios entre pueblos y regiones, inoculando a la gente el veneno de la discordia en pro del nacionalismo español, único y excluyente.

Escucho por la radio las declaraciones del político José Bono, presidente del Congreso de los Diputados, clamando por una reforma de la Constitución que reconduzca el desbarajuste del Estado autonómico (17 defensores del pueblo, dice, 17 consejos económicos y sociales, televisiones regionales, etcétera). Y, con tino, salva el caso del País Vasco y Catalunya: «Las únicas verdaderas reivindicaciones autonómicas en el seno del Estado español». Recuerda él que cuando gritaba «libertad, amnistía y estatuto de autonomía», lo hacía pensando en Catalunya y no en Castilla-La Mancha.

Poco han recogido esa parte de la entrevista la mayoría de los medios españoles. Ojalá sea cierta la conversión del controvertido político, que acepta ahora que «diferentes no quiere decir desiguales». Frágil memoria la suya a la vista de lo que ha proclamado desde las tierras que ha presidido con tozudez y demagogia en el pasado. Están bien esos reconocimientos; como el de aceptar de una vez por todas que garantizar igual acceso a servicios públicos cuando es distinta la contribución fiscal a su financiación ya es solidaridad: igual y no más, como ha reivindicado hace unos días el expresidente extremeño Juan Carlos Rodríguez Ibarra.

También quienes tenemos más edad registramos cómo se configuró el mapa autonómico del que algunos ahora reniegan. Cómo el sonsonete de Murcia y Albacete se perdió para incorporar la segunda provincia a una comunidad sin ninguna seña de identidad autonómica anterior. Todavía recordamos cómo Felipe González, ahora adalid de la cordura que supuestamente le proporcionan sus canas, hizo repetir en su día el referendo para salvar la incorporación de la provincia almeriense y poder configurar una supuesta comunidad andaluza a partir del artículo 151 o de vía rápida, al margen de la legalidad vigente. Y todo para apalancar un lastre sobre las naciones históricas que dificultara el avance hacia la recuperación de las soberanías perdidas, al grito de no se puede ser menos que los catalanes. Un poco de memoria, asimismo, sobre lo que decían los partidos nacionalistas españoles sobre el concierto foral y la insolidaridad de la cuota vasca, para comprobar después lo fácilmente que se han acomodado a la situación de privilegio cuando son ellos ahora los que gobiernan con el silencio de sus sedes centrales. Recordemos que fue el nacionalismo catalán (no el vasco, que no votó la Constitución española) el que sacrificó su reivindicación histórica en pro de la paz social española, aceptando los eufemismos de comunidades de vía rápida, nacionalidades y regiones del artículo 151. Y cómo aquella comprensión no se ha visto correspondida cuando, una vez estabilizado el Estado, se han unificado los techos competenciales de un imbebible café para todos, condenando a las comunidades nacionales al gallinero de 17 bajo la mirada complaciente de la Administración central, que se identifica con el poder del Estado, contrariamente al espíritu del federalismo en el que dice inspirarse.

Esta memoria tiene que hacernos más inteligentes en el futuro, a pesar de que no puede ahora sino producirnos incomodidad, dudas y recelos por la poca confianza que inspiran los mencionados conversos.

Guillem López-Casasnovas, catedrático de Economía de la UPF

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