¿Es que integración social y radicalización yihadista son compatibles?

¿Es que integración social y radicalización yihadista son compatibles?: una reflexión sobre el caso de Mohamed Jarmoune en Brescia

Tema: El primer ejemplo de homegrown terrorism detectado en Italia refuta una tesis muy extendida en la explicación del fenómeno y advierte una vez más sobre la importancia de Internet tanto en su producción como en su control.

Resumen: A sus 20 años y tras 14 viviendo en una pequeña localidad de la provincia de Brescia, el hijo de inmigrantes marroquíes disfruta de un trabajo cualificado con contrato indefinido y su estilo de vida muestra que está bien integrado en la sociedad italiana. Sin embargo, fue detenido en marzo de 2012 dispuesto a atentar contra una sinagoga de Milán. Sin que nadie de su entorno lo advirtiera, se había adherido al yihadismo a través de Internet, medio que utilizaba para contribuir a divulgar esa ideología y preparar un acto de terrorismo. Detectado a tiempo como resultado de un seguimiento policial sistemático de contenidos yihadistas en Internet, su caso ilustra que integración social y radicalización yihadista son compatibles entre quienes pertenecen a las denominadas segundas generaciones. Hay que repensar el fenómeno y anticiparse a las lecciones que los propios yihadistas extraerán del primer caso de homegrown terrorism en Italia y otros similares.

Análisis: Es casi un lugar común la idea de que, cuando nos referimos a descendientes de inmigrantes musulmanes asentados en países occidentales, su integración social es incompatible con la radicalización yihadista. La aparente lógica del argumento ha permitido que se difunda tanto entre estudiosos académicos y analistas especializados como entre los ciudadanos en general. Pero se trata de un supuesto que cabe poner en entredicho a la vista de casos de homegrown terrorism como el primero detectado recientemente en la provincia italiana de Brescia, y que concluyó con la detención de Mohamed Jarmoune el pasado marzo.[1] Presentar e interpretar algunas peculiaridades de este caso interesa desde una perspectiva española. No en vano, entre Italia y España hay importantes coincidencias en la dinámica de los flujos migratorios procedentes del Norte de África, en la emergencia de lo que se conoce como segunda generación y en la inquietud por los procesos de radicalización yihadista entre quienes pertenecen a ese segmento de la población.

Integrado en la sociedad

Mohamed Jarmoune es un varón nacido el 16 de agosto de 1991 en Marruecos, en el seno de una familia autóctona marroquí. Se estableció en Italia cuando el núcleo familiar en su conjunto emigró desde aquel país norteafricano a este del sur de Europa en 1997. Contaba entonces con seis años de edad. Desde entonces ha residido, junto a sus padres y su hermana, en la pequeña localidad de Niardo, situada en la comarca montañosa de Val Camonica, dentro de la provincia de Brescia, en la región de Lombardía. De acuerdo con datos calculados a partir de la información que proporciona el Instituto Nacional de Estadística italiano (ISTAT), mientras que de los algo menos de 2.000 habitantes con que cuenta en nuestros días Niardo apenas un 6,5% serían extranjeros y de entre ellos únicamente el 14,3% marroquíes, de casi 1.260.000 personas censadas en el conjunto de la provincia de Brescia aproximadamente un 16% son foráneos, de los cuales alrededor de un 12% son originarios de Marruecos.

Aunque Mohamed Jarmoune haya mantenido su nacionalidad marroquí, el hecho de que tuviese seis años cuando se trasladó con su familia en Italia revela que creció en el norte de esta nación, donde fue formalmente escolarizado. Con posterioridad aprovechó la oportunidad de cursar estudios oficiales equivalentes a los de formación profesional. Más aún, poco después de completarlos consiguió un buen empleo. A los 20 años disfrutaba ya de un contrato laboral indefinido en una empresa del sector siderometalúrgico localizada en su misma zona de residencia. La situación ocupacional de Mohamed Jarmoune es mucho mejor que la habitual en estos momentos para muchos italianos que pertenecen a su misma cohorte demográfica. Recientes datos del ya aludido ISTAT revelan en concreto que, entre 2008 y 2011, el porcentaje de jóvenes italianos de entre 15 y 24 años que carecen de empleo ha pasado, en el intervalo de esos tres años, del 21,3% al 32,6%.

Además, tanto los responsables como los compañeros de la empresa donde desempeña un trabajo cualificado destacan sus dotes y buena disposición. Incluso lo consideran un empleado modélico. Mohamed Jarmoune estableció relaciones afectivas con una joven un año menor, estudiante de bachillerato, afincada con su familia en la provincia de Varesse. Como ocurre con tantos otros jóvenes de su edad, la conoció por Internet. Salir con amigos italianos, a menudo para tomar alguna cerveza y también para acudir a discotecas, entre otros usos y costumbres propias de los jóvenes locales de su misma edad, ha sido habitual en su tiempo libre. Es interesante que Mohamed Jarmoune no frecuentaba a miembros de la diáspora marroquí en su región. También dedicaba muchas horas a navegar por Internet. El entorno familiar no destaca por sus prácticas religiosas, pese a proceder de un país cuya sociedad es mayoritariamente islámica. Es más, a Mohamed Jarmoune nunca se le ha visto en lugares de culto.

En suma, todo indica que Mohamed Jarmoune, a sus 20 años de edad en estos momentos, se encuentra bien inserto en la sociedad italiana en el seno de la cual ha sido formalmente socializado y en cuyo sector industrial desarrolla su actividad laboral. Tanto sus relaciones interpersonales en ámbitos como el de su trabajo o el de su grupo de pares, al igual que los rasgos generales que desde hace tiempo definen su estilo de vida sugieren que, pese a descender de inmigrantes marroquíes, con una cultura marcadamente diferente a la propia de la zona del norte de Italia donde reside junto a su familia, se trata de un joven socialmente integrado y sobre el cual no se ciernen los riesgos de exclusión o marginación cuya incidencia es particularmente notable, sobre todo en una coyuntura de grave crisis económica, entre jóvenes de segunda generación, descendientes asimismo de inmigrantes, con parecido perfil sociodemográfico al de Mohamed Jarmoune, en Italia y en otros países del sur de Europa.

Convertido en yihadista

Sin embargo, Mohamed Jarmoune fue detenido por la policía italiana en la madrugada del 15 de marzo de 2012. Planeaba la ejecución de un atentado en la sinagoga de Via Guastalla, en Milán. Adherido con determinación a una visión yihadista de la realidad y al menos verbalmente dispuesto a morir por sus creencias, había seleccionado cuidadosamente el blanco milanés del que iba a ser su primer acto de terrorismo. Disponía de información muy detallada de las medidas de seguridad existentes en las inmediaciones de dicho templo judío, incluyendo los lugares de presencia policial y la localización de cámaras de seguridad. A través de Google Street había igualmente señalado las calles de una sola dirección en torno a la sinagoga. También contaba ya con la información necesaria para fabricar un determinado artefacto explosivo e incluso con un listado de los precios correspondientes a las distintas sustancias químicas de que iba a aprovisionarse.

Su detención por agentes de la DIGOS de Brescia fue decidida por las autoridades italianas tras interceptar una comunicación en la que Mohamed Jarmoune se refería a una “misión de yihad”. Pero la investigación que llevó a su identificación se había iniciado al menos seis meses antes, en el ámbito de la DIGOS de Cagliari, donde un grupo especializado monitoriza contenidos yihadistas en sitios y foros de Internet. La atención se centró en un grupo de discusión cuyos miembros fueron objeto de interceptación telemática y telefónica. Pudo así deducirse que algunos de esos individuos se comunicaban también en sitios reservados de Internet, accesibles únicamente a quienes cuentan con credenciales específicas. Sitios en los que se intercambiaban materiales como, por ejemplo, la Enciclopedia de la Yihad. Se averiguó entonces que uno de los individuos que intercambiaba materiales yihadistas en esos sitios de acceso restringido era un marroquí que vivía en Italia. Resultó tratarse de Mohamed Jarmoune.

Mohamed Jarmoune había hecho suyas las actitudes y creencias propias del salafismo yihadista exclusivamente a través de Internet. A través de Internet fue como entró en contacto e interactuaba regularmente con otros individuos de la misma mentalidad. Mediante Internet planificaba y preparaba la ejecución de un atentado en Milán. Nadie de su entorno, ni siquiera sus padres, sospechaban nada al respecto. En el interior de las comunidades musulmanas del área donde residía y trabajaba era poco conocido porque, en palabras de Said Meghres, presidente de la Federación regional islámica de Lombardía “no era practicante, no iba nunca a la mezquita y no tenía muchas relaciones con sus connacionales en la zona”. Su padre, desconsolado tras la detención de su hijo como sospechoso de delitos relacionados con actividades terroristas, manifestó en público: “siempre me decía que utilizaba Internet para descargarse música. Yo no podía controlarlo, no entiendo nada de eso”.

Empero, Mohamed Jarmoune usaba al menos siete perfiles distintos, todos ellos falsos, en Facebook y había abierto más de 10 direcciones de correo electrónico para llevar a cabo sus tareas y permanecer oculto. A través de Facebook divulgaba ideas yihadistas. Así, por ejemplo, había elaborado un vídeo, en lengua árabe pero con subtítulos en italiano, donde una sucesión de imágenes sobre Afganistán, Cachemira, Irak, Somalia y otras zonas de conflicto transmitía una visión completa de la yihad global. Además, gestionaba un sitio secreto de Internet dedicado a compartir con otras personas de sus mismas convicciones información e instrucciones sobre el manejo de armas y la confección de bombas. Según Claudio Galzerano, dirigente de la división de antiterrorismo de la DIGOS de Brescia, era “un mago del ordenador”. A sus páginas web se accedía “sólo a través de un complicado sistema de controles y códigos que el propio detenido había establecido”. Con sus interlocutores de Internet, entre los que había una mujer residente en el sur de Londres, expresaba la voluntad de llevar a cabo acciones yihadistas. Entre los documentos que manejaba había manuales sobre cómo adoptar medidas de seguridad y afrontar interrogatorios. Del uso dado por Mohamed Jarmoune a los materiales referidos a esto último se percataron fácilmente los funcionarios de la DIGOS que procedieron a interrogarlo tras su detención.

Integrado y radicalizado

Un caso de estudio no permite generalizaciones, es cierto. Pero sí permite refutar tesis ampliamente extendidas sobre la relación entre, por una parte, integración social de los descendientes de inmigrantes de primera generación procedentes de países con poblaciones mayoritariamente musulmanas en las naciones del mundo occidental y, por otra, radicalización yihadista. Además, el caso de Mohamed Jarmoune es el primero, propiamente hablando, de homegrown terrorism en Italia. Por añadidura, tanto el hecho de que este último país y España compartan un mismo escenario en la Europa Meridional o la ribera norte del Mediterráneo occidental, como la evidencia de que el perfil del joven detenido en Brescia por actividades terroristas se corresponde con el de tantas personas adscribibles a la segunda generación, constituida por hijos e hijas de inmigrantes norteafricanos, que está emergiendo en ambos países, hace que una somera reflexión sobre el caso de Mohamed Jarmoune resulte oportuna.

Hasta el momento de su detención, las pautas de comportamiento, el estilo de vida y la inserción en el mercado de trabajo de Mohamed Jarmoune denotaban que se encontraba bien integrado en la sociedad italiana. Tanto el hecho de que haya terminado por adoptar una identidad islámica que durante su adolescencia y juventud temprana no había expresado, sino que además haya asumido las actitudes y creencias propias del salafismo yihadista, difícilmente pueden explicarse en términos de una deficiente integración social. Salvo que la radicalización yihadista en sí misma sea entendida como indicador de un problema de integración social, lo que resultaría tautológico e impediría formular otras hipótesis interpretativas acerca de la relación entre ambos procesos. Como, por ejemplo, que integración social y radicalización yihadista no sean incompatibles, al menos cuando hablamos, si formulamos la hipótesis con un alcance intermedio, de individuos que en la actualidad corresponden a segundas generaciones de inmigrantes procedentes de países musulmanes.

La radicalización yihadista de Mohamed Jarmoune podría desde luego ser entendida en función de una crisis de identidad, a la que son propensos, particularmente en los países europeos, los hijos de inmigrantes que no se ven a sí mismos como pertenecientes al ámbito nacional o cultural de sus padres, pero tampoco en exclusiva al del medio donde viven incluso desde muy niños. Pero esto, que a menudo está relacionado con la incapacidad cognitiva para aceptar una identidad dual o múltiple, se produce en relación con hijos e hijas de inmigrantes cualquiera que sea la procedencia de sus progenitores. Puede por otra parte aducirse que ese tipo de crisis de identidad es frecuente entre adolescentes y jóvenes quinceañeros o veinteañeros en general, sin distinción de antecedentes. Lo significativo del caso detectado en la provincia de Brescia sería que la adopción de una ideología que justifica moral y utilitariamente el terrorismo no viene precedida de un problema de integración social, ni lo revierte. Más bien apunta a que integración y radicalización no son mutuamente excluyentes.

El caso de Mohamed Jarmoune evidencia que, en el segmento de población de sus mismos rasgos sociodemográficos, estar socialmente bien integrado no impide que se adopte una visión del mundo propia de la yihad global. El joven de ascendencia marroquí, socializado en Italia desde niño y sin conductas que suscitaran dudas sobre su acomodo al entorno social en que vivía, lo hizo a través exclusivamente de Internet. El acceso a determinada propaganda ideológica y al marco relacional en que dicha propaganda se difunde a través de la web lo atrajo a un marco cognitivo de referencia distinto y antagónico al común de su sociedad circundante. Internet lo introdujo en una contracultura de la violencia inspirada en una concepción fundamentalista y belicosa del credo islámico. Una vez introducido en ella, en lugar de permanecer aislado, desarrolló relaciones, igualmente utilizando herramientas de Internet, con otros individuos de similar mentalidad. Al igual que otros jóvenes, con similares parámetros de integración social, se adhieren a radicalismos violentos de diferentes orientaciones y se comunican con quienes comparten sus mismas ideas. A este respecto, quizá no sólo se deba a una convergencia con ideas antisemitas de otro signo el hecho de que entre las pertenencias que Mohamed Jarmoune tenía en su domicilio familiar se hallase una bandera con la esvástica nazi.

Conclusión: El primer caso de verdadero homegrown terrorism detectado en Italia, el de Mohamed Jarmoune en la provincia de Brescia, pone en cuestión la relación que tan a menudo y de manera acrítica se da por descontado entre, por una parte, la integración social de los hijos de inmigrantes procedentes de países con poblaciones mayoritariamente musulmanas y, por otra, los procesos de radicalización yihadista. Casos como ese, que por analogía no son impensables en España, sugieren que estar socialmente integrado en un país occidental y adherirse al sistema de creencias del yihadismo global no son mutuamente excluyentes. A su vez, ello invita a interpretar los procesos de radicalización yihadista, tal y como acontecen en las sociedades abiertas en general y en las europeas en particular, en términos similares a los de radicalización asociada con otro tipo de extremismos que asimismo justifican el uso de la violencia y la práctica del terrorismo. También invita a repensar si las estrategias y los programas de prevención deben o no ser específicos, y en qué grado, para determinados segmentos de la población.

Internet fue el único medio de radicalización yihadista de Mohamed Jarmoune, proceso que muy probablemente tuvo lugar a la edad de 19 años. Asumió las actitudes y creencias propias del yihadismo global a través de Internet, contribuía a su divulgación a través de Internet y utilizaba Internet para preparar un atentado en una sinagoga de Milán, el blanco accesible de mayor relevancia simbólica que había seleccionado cerca de su domicilio. La detección y posterior identificación del joven marroquí, que desde los seis años habitaba en una pequeña localidad lombarda fue posible mediante un seguimiento policial sistemático de usos e intercambios en sitios web de signo yihadista. Ello que sugiere la necesidad de continuar y mejorar en los procedimientos de investigación telemática para prevenir el terrorismo, en este caso el homegrown terrorism de cariz yihadista. Sin olvidar que habrá futuros potenciales terroristas, a la sazón auténticos lobos solitarios, que extraigan lecciones de lo ocurrido a Mohamed Jarmoune y, una vez radicalizados, se desenvuelvan sin dejar en Internet los rastros de sus ideas y de sus planes que, pese a todas las precauciones que tomó, permitieron identificar a Mohamed Jarmoune.

Fernando Reinares, Investigador principal de Terrorismo Internacional, Real Instituto Elcano, y catedrático en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Rey Juan Carlos.

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[1] He tenido acceso las peculiaridades y el entorno del caso gracias a la amabilidad de los especialistas de la DIGOS en Brescia y en especial a la atención con que fui recibido en la Questura de esa ciudad, el pasado 4 de abril, por su dirigente, Giovanni de Stavola.

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